El descenso de Brown

Brown vivía en una granja tan elevada

que todos podían ver su farol a millas de distancia

cuando hacía sus faenas en el invierno,

luego de las tres y media.

Y muchos lo habrán visto hacer

su salvaje descensi desde allí una noche,

“atravesando los lotes, atravesando las paredes, atravesándolo todo”,

describiendo anillos de la luz del farol.

 

Entre la casa y el granero la tormenta

lo atrapó haciendo algo

y lo arrastró sobre la corteza helada
que envolvía al mundo, ¡y desapareció!

Las paredes quedaron todas enterradas, los árboles eran pocos:
vio que nada había quedado en pie excepto el horno,

un agujero en algún lado con su talón.

pero repetidamente se esforzó.
Y se estampó y se dijo cosas a sí mismo,

y a veces algo parecía inclinarse,
no ganaba ni un pie pero insistía,

en su periplo de campo a campo.

A veces venía con los brazos extendidos como alas,

revolcándose en la escena sobre su eje mayor,

y sin la menor dignidad de semblante.

Más rápido o lento de lo que podía,

sentado o parado mientas elegía,

de acuerdo al temor que tenía de arriesgar su cuello,

o pensaba en esparcir sus ropas,

nunca dejó que el farol cayera.

Y algunos exclamaron que vieron desde lejos

las figuras que describía con él.

“¡Me pregunto qué serán aquellas señales

que Brown hacía a esa hora de la noche!
Estaba celebrando algo extraño.

Me pregunto si vendió su granja,

o si se hizo Maestro de Granjas”.

 

Se tambaleó, se sacudió, se balanceó, trastabilló;

cayó e hizo traquetear el farol

(pero evitó que la luz se desvaneciera)
así que a medias peleó la batalla
incrédulo de su mala suerte.
Y luego reconciliándose con todo,

abandonó y descendió como un niño de cabotaje.
“Bueno, yo soy” –eso fue todo lo que dijo,
mientras se paró en el sendero del río,

Miró hacia arriba, la ladera resbalosa

(a dos millas) de su morada.

A veces como una autoridad en automotores,

me preguntan si debería decir que nuestro almacén se agotó
y ésta es mi sincera respuesta:
los yanquis son lo que siempre fueron.
No piensen que Brown alguna vez abandonó su esperanza

de volver a casa otra vez

porque no podría trepar esa ladera resbalosa;

ni siquiera pensar en estar parado allí

hasta que el deshielo de enero
tome el lustre de la corteza.

Saludó con gracia a la ley natural,

y luego giró sobre sus pies,
detrás de la clase de nuestro almacén;

sin percibir a aquellos para quienes,

a esa particular hora del reloj,

podrían estar mirándolo como si el curso

por el que se dirigía estuviera realmente derecho,
de aquel por el que se conducía,

no demasiado preocupado por ellos, digo:

No más así que convertirse en un hombre,

y político en temporadas extrañas.

Conservo a Brown parado en el frío

mientras lo investía con razones;
pero entonces rompió sus ojos tres veces,

luego sacudió su farol diciendo “¡Es cosa de salir afuera!”

y tomó el largo camino a casa por la carretera,

una cuestión de varias millas.

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