XXVIII. La celulitis como antítesis de la desocupación

En la carrera de Ocio de varias universidades europeas, impulsados por el estado de crisis que gozan y preocupados por un problema que aqueja a un gran porcentaje de la población femenina, han nacido corrientes y movimientos que propiciaron la instauración de la Celulitis como disciplina perteneciente al mundo del Ocio contemporáneo. Desde la perspectiva de la Desocupación en el ámbito latinoamericano, esta inquietud forma parte de la decadencia de las clases opulentas. La Celulitis ataca y se obstina con mujeres que han comido mucha grasa, que abrazan el culto al físico como si éste fuese imperecedero, y a grandes consumidores de aros y tatuajes. Si bien en nuestro continente abundan este tipo de mujeres –siendo la incidencia de la Celulitis muy similar a la que hay en las principales capitales de Europa-, en el Ocio latinoamericano hay otros ingredientes que prevalecen: desigualdad básica, muchos millones de indigentes, situaciones sociales explosivas.

La Celulitis es una cosa espantosa que intimida y expone la mezquindad de los individuos, hundiendo a las mujeres en un escepticismo atroz (los hombres atacados por el mal lo suelen asumir con una resignación pudorosa). Estas reacciones lamentables no son afines al espíritu y sentido de la Desocupación, a la materia vivificante que producen disciplinas como la Cirrosis, la Locura y el Ocio químicamente puro. Se pretende plantear que la Celulitis condensa y refleja todos los males contra los cuales se debate el desocupado clásico, póngase por ejemplo y modelo el de Pepe Santillán. A él no le importa que su mujer tenga celulitis, tiene otras preocupaciones en su cabeza. Además, cuando se pone en cuatro patas, esa posición animal y sensual a la vez, sus nalgas se expanden y se alisan, se redondean e hinchan, desapareciendo los pozos y orificios típicos de la enfermedad –con lo que Pepe puede saciar con gusto sus apetencias sexuales-. Así se aboca luego plenamente a sus múltiples actividades como descoupado: acampar en rutas, organización y reclutamiento en villas de fuerzas de choque, reuniones con autoridades ministeriales, etc.

Como contrapartida a la conducta y las vivencias de Pepe, conviene exponer una historia simple que puede producirse en cualquier lugar del planeta, y que ilustra lo degradante que llegan a ser los sentimientos humanos respecto de la Celulitis. Aunque el hombre no le dé relevancia a su propia Celulitis, sí lo enajena la que padecen su mujer o sus amantes, especialmente cuando se exhibe en el verano con toda su fealdad y apariencia cavernosa. Condicionado por esta premisa vivía Ernesto, un creativo de agencia de publicidad cuya novia drogadicta, Marcela, tenía una Celulitis severa. El mal se desarrolló y potenció malamente en un año, al punto de provocarle arcadas y no animarse a tocarle el culo ni siquiera con los pantalones puestos.

-Tenemos que hacer algo –le dijo Ernesto a su novia, quien se ponía cremas y ungüentos que atrofiaban y empeoraban sus venas y su piel.

-Sí, tengo que operarme y rellenar los pozos con una sustancia parecida al colágeno, mi culo va a ser como una gelatina –dijo Marcela.

-Yo te voy a conseguir un buen especialista –aseveró Ernesto.

Como tenía una excelente posición en el mercado laboral, el publicista podía acceder a una obra social completa que abarcaba varios aspectos de la Salud y el Ocio no tradicionales, siendo uno de ellos la Flebología. Su jefe le recomendó al doctor Goldemberg.

-A mi mujer la dejo como una seda, y eso que ya tiene cincuenta años. Te juro que es un mago el tipo. Además, lo consultan expertos de Estados Unidos.

Para olvidarse de la Celulitis de su mujer Ernesto quiso conocer otros culos femeninos, pero se sentía muy apenado y daba una imagen tan patética que ninguna mujer se le acercaba. Tenía que resolver entonces el problema específico del culo de su mujer. La Celulitis lo estaba asfixiando y absorbía sus pensamientos. Fueron juntos al consultorio de Goldemberg. Una secretaria bella y servicial apuntó sus datos y les pidió que esperaran.

-El doctor está muy ocupado hoy –dijo.

A la media hora los llamaron e ingresaron a la sala de atención. Goldemberg era un hombre calvo. Su rostro tenía una pequeña barba pelirroja, usaba unos anteojos finos y redondos delante de sus ojos de un celeste pálido. Era bastante panzón y hablaba de manera lenta y segura, con una sonrisa fija expresada en sus labios delgados y sus dientes amarillos. Lo primero que hizo fue pedirle a Marcela que se desnudara.

-Usted se puede retirar –le dijo a Ernesto.

-Pero…

-No hay peros que valgan, su presencia puede molestar y para este tipo de análisis y estudio de la Celulitis se necesita mucha serenidad. Por ejemplo, el culo se lo tengo que revisar detenidamente, así que por favor vaya a la sala de espera y pídale un café a mi secretaria que en un rato lo llamo.

Más allá de su éxito como profesional de la medicina, Goldemberg era un hombre reservado y tímido, no era ostentoso como los demás médicos de su raza, no tenía la soberbia propia de quienes se dan el lujo de especular y jugar con vidas ajenas.

-Reclinada sobre el escritorio –le ordenó a Marcela.

-¿Así? –preguntó ella, sacándose el corpiño.

-Así, agachate un poco más, incliná el torso.

El doctor la puso en diversas posiciones, tomando fotografías de cada una con una cámara digital.

-Es para apreciar la evolución del cambio. Al principio te voy a aplicar un tratamiento con sal, aceite de almendra y de sándalo, vas a tomar avena sativa, una droga que ataca la enfermedad desde adentro, y por afuera vamos a hacer un pulido trabajo de relleno de pozos con una pasta hecha a base de cebolla y raíces de jengibre.

-Las tetas no las tengo tan mal –dijo Marcela con un tono de autoconmiseración.

-Sí, la derecha zafa pero la izquierda está medio jodida, vamos a ver si la levantamos con unas siliconas nuevas que producen los japoneses. Ya te podés vestir –dijo el doctor.

El café le pareció agrio a Ernesto, la belleza de la secretaria lo amordazaba y no podía dejar de mover sus piernas. Las revistas que había a su disposición referían todas al problema de la Celulitis. Había tres mujeres que aguardaban: una escuchaba música con auriculares, otra leía chismes y la tercera hablaba por teléfono con su novio. Esta última observaba a Ernesto avergozándolo, lo escrutaba como sabiendo que era un hombre amilanado. A todo esto, sonó el conmutador de la secretaria.

-Puede decirle que pase –avisó Goldemberg.

Ernesto le echó una mirada perversa a la mujer que telefoneaba, se levantó y avanzó a la sala de atención con paso precipitado. Adentro se sentó junto a Marcela y le tomó la mano, esperanzado en la capacidad del doctor, quien completaba una ficha con su inmutable gesto risueño. Enseguida su boca se movió.

-Mirá, Ernesto, tu cobertura social sólo cubre la mitad del tratamiento, la parte del suministro de la droga. Luego, las aplicaciones de nuestra pasta básica, las que efectivamente maquillan desde una perspectiva quirúrgica, y regeneran de veras la piel dañada, cuestan treinta mil dólares. Yo creo que vos, como creativo publicitario, me podés dar una mano. Resulta que estoy cobrando renombre en el exterior, ya me propusieron un contrato en el Hospital Tecnológico Celulítico de Massachussets pero les dije que soy argentino de ley, que amo vivir en mi país, y no lo dije con un sentido patriotero. A mí no me interesan las nacionalidades, simplemente tengo mucho trabajo aquí y lo hago con felicidad porque la gente me lo agradece hasta las lágrimas. En fin, preciso a alguien que me haga un sitio de Internet desde donde armar un negocio de consultas que podría cobrar en dólares. Con que vos o alguien de tu confianza diseñe y opere el sitio quedaríamos arreglados, y la semana que viene empezaríamos con las aplicaciones de la pasta básica. ¿Qué me decís?

-Perfecto, es un trato justo.

Goldemberg extendió su mano y aferró la de Ernesto. Marcela los miraba dichosa.

-¿Alguna duda? –preguntó el doctor a la pareja.

-¿Hay alguna técnica alternativa que recomiende?

-Sí, te voy a enseñar a hacer masajes anticelulíticos. La presión de las manos debe ser leve, ascendente y circular. Debés usar un perfume con tiroxina y yodo que elimina el líquido atrapado entre las células grasas. Hay que cuidar que las moléculas sean más pequeñas que el pozo para que pueda penetrar a los niveles más profundos de la piel. Masajeála suave, con la yema de los dedos y fijándote en que la reconstitución del culo sea gradual, al final te limpiás con agua caliente y jabón de glicerina –se explayó Goldemberg.

-¿Qué ingredientes tiene la pasta? –preguntó Marcela.

-Vos sabés que las fórmulas de los herboristas son secretas pero te confiesto que tiene aloe vera, papaya, albahaca, ginseng de la India, ashwagandra o urithania somnífera. A veces, para que tenga más viscosidad, se le añade gel de pepino o una cucharadita de leche o miel. Después les voy a dar además una manta eléctrica sobre la cual ella se tiene que sentar. Esta manta emite unas ondas que mejorarán la microcirculación del tejido y fortalecen la piel.

Pasó una semana en la cual Ernesto se ocupó de armar un website impactante, como buen publicitario que era. Reunió a sus colegas y les pidió que le tiraran ideas originales, invitándolos con cocaína para que aceitaran su inventiva. El doctor se elevaría a la categoría de eminencia mundial, él y su equipo estaban dispuestos a construir una plataforma resistente, un sistema de cobro dinámico y unas fuentes de material bibliográfico de primera línea, con autores como Rabelais, Freud, Galeno y otros. La cuestión es que en la siguiente sesión, cuando Ernesto le presentó el sitio a Goldemberg, éste lo miró de una manera extraña y le dijo que no servía para cubrir los costos de la pasta.

-Esto no es lo que yo quiero, y ya le apliqué a tu mujer dos unturas de pasta básica, ¿no se puede cambiar?

-¿Pero por qué?

-Porque me parece muy pretencioso, un revoltijo hecho por drogadictos, no le veo una creatividad auténtica y modesta, como corresponde. ¡Me siento engañado! Le voy a pedir a mi sobrina de doce años que haga el sitio.

Marcela se puso a llorar. Las primeras sesiones de masajes y pasta básica no habían alterado la gravedad de su Celulitis (si bien el doctor les había anticipado que los primeros resultados y efectos positivos se advertían en la tercera semana del tratamiento). Erneto permaneció atónito un rato y luego dijo:

-Vamos, Marcela, este tipo es un hijo de puta.

La mala experiencia con Goldemberg mortificó agudamente al creativo, era la primera vez que fallaba un trabajo recomendado por el personal jerárquico de la agencia. El doctor era muy rebuscado pero era el mejor. Miles de mujeres de Belgrano, Barrio Norte y Recoleta lo garantizaban con la calidad y esbeltez de sus culos, alabando a la vez la eficiencia y los aparatos y productos patentados por Goldemberg. De pronto se acordó del doctor y se encontró con la sorpresa de que en su sitio habían publicado una foto que era un primer plano del culo agujereado de Marcela. Estaba debajo del título “Antes”, al lado de la foto de un culo redondo, de sensual curvatura y piel lisa y radiante, bajo el título “Después”. Inmediatamente Ernesto cogió el teléfono y llamó a Goldemberg.

-Hola.

-Sos una rata asquerosa, si no sacás la foto de mi mujer de tu sitio voy a hasta tu casa y te rompo la cara a trompadas, ¿me entendés?

-Perfectamente, mañana le digo a mi sobrina que la saque.

-Más te vale si querés seguir mirando culos.

La bajeza de Ernesto, el oprobio de Marcela y el ruin espíritu mercantil de Goldemberg demuestran que la Celulitis es la Antítesis de la Desocupación, esa ciencia sagrada que va ganando adeptos en las partes del mundo más explotadas y humilladas.

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