XV. Un gobierno decente

La relación tensa con el gobierno se distendió rápido. La presidente se acercó a la carpa piquetera, platicó con Emilio y Pepe y les concedió veinte mil pesos –a distribuir entre sus huestes- a cada uno: asunto arreglado.

Las políticas del nuevo gobierno eran increíblemente buenas e impulsaban de verdad el crecimiento económico del país. Se habían logrado reducir los índices de delincuencia, con lo cual se alcanzaba un grado de perfección que había hecho de la población un montón de chupamedias y cagatintas. Esto implicaba una amenaza de desastre para la Universidad. Al bajar también la Desocupación le estaban quitando campos y mercados fundamentales, sólo quedaba el Ocio, y restringido bastante porque la cultura andaba de parabienes. Emergían artistas de un talento descomunal, cineastas y dramaturgos brillantes, florecían los institutos de pintura. A todo este estallido de creatividad vivificante se sumaba la notoria influencia que estaban ejerciendo encumbrados juristas para despenalizar el consumo de drogas y abrir varios laboratorios parecidos al de Fernando.

Pero cuando todo marcha exageradamente bien se avecina algo catastrófico que va a indicar que se trataba de un sueño, que la explotación y la injusticia continúan y los piqueteros son perseguidos y masacrados por las fuerzas policiales y militares que obedecen al dinero de los ricos y acomodados.

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