Los Deformes – Capítulo 8

-¿Qué eran esos sonidos tan extraños? -le preguntó la periodista.

-Es Martín, que les está enseñando a los más capaces a manejar la motosierra.

Inés se rió breve y abiertamente, asomándose sus dientes superiores centrales un poco conejunos. Gustavo detuvo su marcha y la observó con una mirada extravagante, algo decepcionada e intranquila. Entonces ella también se frenó, con un par de lágrimas rodando por sus pómulos; y con el lado inútil de su birome, comenzó a golpetearlos. Su defecto dental no era excepcional ni le restaba belleza, hasta le aportaba una agradable gracia que hasta ese instante Gustavo no había descubierto. Luego ella, ante los ojos aún atónitos de él, sostuvo su agenda con una mano y con la otra dio vuelta las páginas para encontrar cuál era su próximo rumbo. Cuando terminó de verificarlo, Gustavo ya había dejado de mirarla y estaba impaciente por continuar el camino.

-No me parece que haya dicho nada chistoso -dijo él.

-Disculpame. Esta entrevista ha sido muy emocionante para mí, y ahora descargo mis sentimientos a destiempo. Me fluyen recuerdos muy distintos entre sí, tristes algunos, jocosos los otros… y sucede que debo visitar a una persona que me causa mucha gracia.

-Te entiendo. A casi todos les sucede cuando acaban de enfrentar a seres lisiados. Las calamidades más terribles pueden olvidarse con un chiste, y es absolutamente normal que así ocurra.

-Pero ese probablemente no es mi caso. Yo necesito conmoverme regularmente una vez por día. Me siento cómoda en la tristeza y a veces no dejo que ningún chiste me saque del desconsuelo -protestó ella.

Llegaron al patio y él abrió la puerta de roble. Doña Juana estaba desbloqueando las cadenas del portón principal para que don Alberto pudiera ingresar la camioneta. Florencia, con las bolsas de medicamentos apoyadas sobre su regazo, se toqueteaba sus perfiles frente a su espejito redondo de marco rojo. El cajero la había halagado otra vez (“Me gusta tocar tu mano cuando me das el dinero. Me gustaría acariciarla más tiernamente, frente al mar o en la cima de alguna montaña. Espero que vuelvas pronto” -le dijo). En la antesala de la dirección, el jardinero platicaba con Nora. Apenas ingresaron a la sala, Gustavo colocó los estimuladores en sus correspondientes estuches. Inés se sentó pesadamente en el primer sillón que encontró e hizo retroceder la última cinta que había utilizado. Luego la hizo andar a bajo volumen y al oir su propia voz la apagó inmediatamente. No le gustaba escucharse. Gustavo le pidió a la periodista que lo aguardase y fue hasta la cocina a inspeccionar qué había para almorzar. Retornó entusiasmado, se sentó junto a Inés y la invitó a comer los bollos de verdura preparados por la vecina.

-No, pero muchas gracias. Yo voy a volver. Te llamaré antes de la publicación de la nota -le dijo ella, acomodándose ambos bordes de la estrecha minifalda.

El siguió con la vista cómo, junto a la senda verde y soleada, las mariposas revoloteaban sobre las flores de los jardines.

-Mientras veníamos de la carpintería se oían demasiadas cosas. ¿Es posible que tengan un gallinero? -le preguntó ella

-Sí, lo compartimos con los vecinos del ala oriental, los Murúa. Ellos criaban también patos y otras aves. Despúes de veinticinco años se hartaron de despellejarlas y contrataron a Orlando como matarife. Ahora sólo venden huevos y ofrecen cursos de yoga. Su negocio estaba prosperando cuando nosotros nos instalamos; supongo que todavía les deben sobrar algunos ahorros de aquella época. Son muy solícitos, encantadores; Juana, la mujer, además de enseñarles a amasar el pan, es excelente guitarrista, y les da a las internas clases de música (en general basadas en melodías pacifistas de la decada del sesenta). Se acoplaron maravillosamente a nuestro espíritu comunitario. A Julián, el esposo, le gusta fabricar muebles de caños, tiene sobrados conocimientos de digitopuntura y sus terapias han recuperado a muchos de nuestros baldados. Asimismo, es un vitivinicultor avezado y les está enseñando a algunos interesados diversas técnicas que se emplean para la fermentación de las uvas. Sus hijos, Fernando y Margarita, ayudan a mantener limpia la cocina y el parque. Bueno, ya en diez minutos sonará el timbre para el almuerzo. Juana cocinó cinco tartas pascualinas y croquetas de acelga. ¿Qué más querés preguntarme?

-Nada, todo ha sido impactante. Solamente tu modo de hablar me resulta demasiado armonioso, casi lírico. Ese rasgo deberé transformarlo cuando haga la transcripción.

En esta oportunidad fue Gustavo el que se echó a reir. Lo hizo francamente, tanto que se vio obligado a toser para recobrar la seriedad. Inés se levantó y le preguntó dónde quedaba el baño. Para llegar tuvo que atravesar el comedor. Allí saludó a los ayudantes de cocina, los hijos de los vecinos. Se metió en un pequeño cuartucho y trabó la puerta. Entretanto, el rugido de una camioneta se extinguió junto a la puerta de la cocina. Fernando y Margarita colaboraban descargando los alimentos y distribuyendo los cubiertos en las mesas del comedor, limpiándolos previamente con un trapo un poco sucio y aceitoso (con esos cuidados podían otorgarle un sabor más delicado a las tartas de su madre). En la oficina del fondo, Orlando, sentado en el sillón giratorio de Gustavo, entrelazaba sus dedos y apoyaba los pies en el escritorio con un cigarrillo humeante entre sus labios. Nora le estaba regañando algo, su muñón se movía de arriba a abajo, y viceversa, frente a la nariz del jardinero. En aquel instante Florencia ingresó a la sala y dejó en la mesa el largo ticket del supermercado. Sus ojos vivos y esperanzados giraban en sus órbitas con gran autonomía, como si no pertenecieran a una cara marchita de piel muerta, recubierta de sustancias cosméticas que no podían disimular la gravedad de sus quemaduras.

-Conseguimos todo. Lo único que no encontramos fueron las tuercas, los garfios y los alambres de cinco milímetros -le dijo a Gustavo.

Sus muletas estaban más sedosas y brillantes, el lustrabotas había aplicado su pomada marrón sobre ellas. Ella giró y comenzó a movilizarse con notable dinamismo hacia la dirección, donde Nora, luego de golpear con su prótesis los tobillos de Orlando, había logrado que sacara los pies del escritorio. En un sector opuesto de la coqueta mansión, Inés jaló levemente una cadena y cayó agua de todos los bordes del inodoro esférico. Revisó atentamente cómo se disipaba su materia excrementicia, mezclada en remolinos con el papel higiénico. Se retocó frente al espejo las pestañas y los labios. Al emerger del baño, Fernando y Margarita batallaban, acusando cada uno al otro de servirse coca cola desmedidamente. Cuando ingresó otra vez a la sala, Inés podía escuchar la dulce voz de su madre tratando de serenarlos. Gustavo había ido hasta la secretaría, convocado por los nerviosos gritos de Florencia, que le reprochaba a Orlando haberle desordenado los papeles. El jardinero le decía que el cajero era un botarate, que ella estaba inflamada y hostigosa, y que los papeles eran documentos que sólo le importaban a Gustavo y a él.

-¡Basta! -dijo Gustavo.

Orlando se corrió de su silla y le hizo una seña a Florencia para que se sentase pero ella se retiró refunfuñando.

-Tomá. Firma aquí y andá a limpiar el sótano. Esta noche nos reunimos ahí.

Orlando recogió su salario y se aprestó a salir de la oficina.

-Tratá de no enojar a las chicas -le dijo Gustavo antes de que desapareciera.

Inés, con la cartera cruzada diagonalmente sobre su vientre, se aproximó a la puerta. Gustavo le estaba extendiendo unos recibos a Nora para que los encarpetara.

-Todavía no te vayas -le dijo él.

Gustavo agrupó los papeles apresuradamente y los guardó en el segundo cajón. Luego puso una birome en el portalápiz.

-La señorita Inés se va -dijo.

Entonces Nora se levantó y la abrazó con su mano ortopédica apoyada en su blusa. El chillido característico del timbre invadió el espacio.

-Vamos, voy contigo a la salida -le dijo Gustavo a Inés.

Salieron de la casa y rodearon el comedor invadido por la bulla que metían los tullidos. Cantaban coplas referentes a la dudosa calidad de las hortalizas y golpeaban los mangos de sus cuchillos contra la mesa. Gustavo e Inés se cruzaron con las mujeres rezagadas, que se limpiaban sus manos y sus rodillas embarradas con una manguera que sostenía Cecilia.

-Esta vez los tomates crecerán -aseguró la celadora.

Continuaron por el sendero de piedras que conducía a la cabina de don Alberto.

-Espero ser más recatado y cauto con mi léxico en nuestro próximo encuentro -le dijo Gustavo, al acercarse ambos al moderno auto turquesa de Inés, estacionado debajo de un alto sauce que no llegaba a darle sombra.

-Estuvo perfecto, no te preocupés. En verdad era un elogio aquello de tu manera de conversar. No abundan en la actualidad buenos oradores.

Ella sacó la llave de su monedero y la encajó en la ranura acerada de la puertezuela, que reverberaba destellos refulgentes de sol perpendiculares, oblicuos y horizontales, como los que aparecen durante la visión de una lamparita a través de espesas lágrimas. Su mano recibió el calor del auto y quedó petrificada. Por alguna fuerza inmaterial no giraba, se negaba a abrir el coche o a abandonar su sitio. Sus ojos pasearon por las copas de los altos ombúes removidos por el leve viento meridional, por sus flacas y flexibles ramas entrelazadas que ocultaban finas nubes lejanas. Con su otra mano, más independiente, extrajo de su cartera un control remoto con el que desconectó la alarma.

-¿Qué te sucede? ¿Algo te ha encandilado? Tu mirada se extravió por unos segundos. ¿No estás mareada?

-No -dijo ella, ladeando la cabeza a uno y otro lado, con la mano trémula tratando de gobernar la llave, como si acabara de recibir una estimulación eléctrica.

-Tranquilizate. Es una crisis nimia. ¿Querés recostarte en la enfermería? -le preguntó él tomándola del brazo.

-No, no, no -repitió ella. -Son unos nervios pasajeros. Enseguida desaparecerán.

Respiraba agitadamente y su corazón palpitaba con dolor, con un compás irregular, muy fuerte o demasiado lento. De pronto, un súbito alivio le recorrió la piel. Inés percibió que su mano había dejado de temblar pero la sentía débil, liviana como una hoja caída de aquellos ombúes. Pero igualmente sus dedos pudieron rotar y por fin la puerta se abrió.

-Yo te llamaré la semana entrante -le dijo ella antes de subirse.

-¿Te sentís firme? ¿Segura?

-Sí, ya lo ves -dijo ella, encendiendo ahora el motor con otra llave.

Gustavo mantenía la puerta abierta con su brazo derecho. Acercó su rostro al hombro de ella, oliendo su delicado desodorante francés.

-¿No se le habrá caído a la tejedora alguna de sus pastillas en mi bebida? -le preguntó Inés, pensativa, viendo a través del vidrio moteado por cagaditas de palomas y redondas huellas de gotas secas y polvorientas la coja figura de don Alberto, que destrababa la manija de hierro anclada en la tierra para abrir el portón doble de salida.

El viejo, con el torso encorvado, el gris pantalón superando la línea de su ombligo y un auricular pendiente de su oreja derecha y peluda, caminó despacio hacia su casilla, saludando a Inés y a Gustavo con su mano parkinsoniana.

-Parece un buen hombre. Me gustó cómo lo defendiste -dijo ella, con el pie oprimiendo el freno.

-Es honesto y fiel. Suele ser severo con los más pequeños; les agrada atemorizarlos (él es el encargado de leerles cuentos de terror) y maltratarlos intempestivamente para después pedirles perdón y regalarles chicharras u otros trástulos. Cuando hace alguna maldad, se nota que está sustentada con un enorme cariño. Así los niños pasan de aborrecerlo a adorarlo sin medias tintas, y ambos se sienten cómodos con esa relación.

Inés desplegó nuevamente una sonrisa. Había colocado su mano en el apoyadero de brazos y empujaba hacia adentro la puerta. Gustavo tomó esa mano y se la llevó a los labios. Estos rozaron suavemente la mano quieta, libre de anillos. Entonces ella se elevó un poco del asiento para saludarlo con un beso en la mejilla.

-Hasta pronto, Gustavo

-Hasta pronto.

El cerró la puerta y ella dio marcha atrás. Tocó su chillona bocina al cruzar la casilla, giró a la derecha y se desvaneció en la amplia calle arbolada.

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