Los Deformes – Capítulo 32

Al chirriar la alarma del comedor, las unidades de combate se alistaron para recibir los electrodos de refuerzo antes de abordar el naranja y ruginoso omnibus de escolares. Gustavo, molesto por el humo que emanaba Cairolo y escapando de las frases concluyentes de Donelo se acercó al rincón de Laurita, que ya había sido colocada suavemente en su silla por los solícitos brazos de Andrés.

-Ustedes son responsables y libres. Su deserción no menoscabará el aprecio que siempre les depararemos -le dijo Gustavo a los desertores. -Nuestra resistencia y esfuerzos los haremos también para rehabilitar a todos, y nuestros corazones combatirán contentos al rememorar cuánto los queremos -agregó, abrazando en el último pasaje de su honorable prédica al interno historiador que comenzaba a girar las ruedas del vehículo de la líder ya adolescente de los renegados.

Los mancos, sin perder sus puestos en la fila de guerreros, los abrumaron con rechiflas y acusaciones de cobardía. Cairolo los controló y los tornó algo más razonables dándoles descargas superiores a las convenidas con Gustavo.

-Observá, enseguida se mostrarán más dóciles -le dijo el psiquiatra a Florencia, hinchada de mate y los comentarios futbolísticos de don Alberto.

Maximiliano corroboró la capacidad del psiquiatra apenado, dado que lagrimeó bastante al besar las manos retorcidas de ‘la renegada’. Los mancos se acoplaron a su gesto y les desearon buenas noches a los que permanecerían inactivos durante la gesta que estaban por emprender, llegando incluso a arrodillarse ante Roxana y preguntarle qué prenda pretendía que le trajeran de la guarida del armenio, como si el fabricante de sillas fuera un monstruo de alguna leyenda medieval. Después de esta épica y cálida despedida, concentrados y resoplando, escogieron sus armas de una enorme canasta de caña que les señaló Martín. No daban pasos soldadescos, no mordían tensos sus dientes ni sus semblantes parecían rígidos. Se desenvolvían con soltura, callados pero nada solemnes. Mientras desfilaban hacia el transporte con el motor rugiendo, bajo una noche limpia, el negro cielo diáfano como un manto protector y auspicioso revelándoles que sus propósitos no eran oscuros, que la belleza del cosmos, señoreándose, se estaba aliando con sus planes, presagiando su inminente victoria con la iluminación de su luna y sus estrellas, las prótesis de los tullidos crujían con los desmedidos saltos que practicaban para comprobar su arrojo, y si sus músculos se hallaban bien ejercitados para lanzarse sobre los velludos y aguerridos miembros de Gostanián, que podría estar precavido y haber organizado una violenta resistencia. Los escleróticos se inyectaron sus dosis de medicina antes de que arrancara el automotor. Las celadoras, sonriendo como azafatas experimentadas, distribuían los asientos reservados para cada batallón. El psiquiatra fumaba con constancia y preocupación. Se sentó frente al delgado volante de diámetro exagerado, mirando en el espejo cómo se acomodaban sus pasajeros. Gustavo, Martín, Valdemar y Maximiliano, los capitanes de la vengativa expedición, viajarían en un auto robado del abogado, que él debía chocar con demasiado sigilo, tanto para asegurar la cobranza del seguro como para lograr la distracción de los guardias. La embestida no podía ser tremenda ni timorata. Estaba obligado a buscar un punto intermedio que no causara lesionados pero sí el asombro de los vigilantes de la zona, fueran privados o uniformados de azul. Silvia le tocó el cuello y él soltó dos bocinazos. Atravesaron la garita de la salida al sur saludados por el farol de don Alberto. Los parapléjicos aprovecharon el trayecto para dormir: la misión de su escuadrón era espantar con lastimeros alaridos a los ocasionales transeúntes, y para cumplirla precisaban descansar sus gargantas. El resto de los internos se dedicó a cantar durante el camino, estableciéndose un duelo entre las teorías musicales de Guillermo Negro y doña Juana. Rafael y Florencia se hacían mimos apoyados en la puerta trasera del omnibus, acicateados por las románticas canciones de las internas que se imponían sobre los ritmos de rap metálico emitidos por los muchachos. Al bordear la plaza San Martín, Cairolo y Gustavo sincronizaron sus relojes. El impacto debía producirse diez metros delante del edificio, rondando las veintitres horas del día, a una velocidad de cuarenta kilómetros por hora y sobre la parte trasera e izquierda del auto que había conseguido Nuñez. No fallaron en una sola de estas condiciones. Sucesivos estallidos de faros y vidrios antecedieron al chillido de los frenos, el arrastre de la carrocería se prolongó veinte metros y los vehículos quedaron detrás del lujoso departamento del armenio. El repiqueteo de las piezas de hierro arrancadas duró unos breves segundos. Las celadoras concluían de untar con sangre a los supuestos heridos: Hugo, con un corte en la cabeza, contrayendo sus rasgos con un dolor excelsamente simulado; Nicolás, manejado su caso con obviedad, había perdido nuevamente su primera oreja, en un accidente similar a los que había inventado a los dos minutos de aquella primera y fatal ocasión, luego comentada en todo su barrio por sus absurdas derivaciones, cómo una esquirla voladora fue a caer justo en su lóbulo derecho; Nora, la amante de la oscuridad que sería la primera en descender despidiendo llantos desesperados, se desenganchó su muñón y lo envolvió en su cofre afelpado; José, guardando en una bolsa de nylon la rodilla codiciada de Gustavo, bamboleaba su media pierna por el agujero de una ventanilla rota; Silvia, luciendo sus hermosas tetas, los pezones húmedos remarcados bajo su blanca remera de tela raída, se pintaba los labios con urgencia, como si su aspecto fuese un detalle decisivo para el éxito de la operación, y pretendía que su ceguera era un repentino efecto instantáneo del reciente topetazo; y Orlando, que había saltado del omnibus como un kamikaze, ya estaba aparentando su papel de desprevenido caminante, testigo malherido en sus manos que no comprendía aceptablemente el español. En verdad, el único lesionado fue el conductor, cuyos acolchados no alcanzaron a proteger el área lumbar de su espalda, afectada por el golpe que se dio contra el piso del móvil escolar tras quebrar las ásperas hebillas de su cinturón de seguridad. No transcurrieron más de veinte segundos del llamativo contratiempo que habían ideado cuando Gustavo reconoció al guarda que tan mala impresión le había causado cinco horas antes. Su estatura mediana distribuía un rostro inexpresivo, en el cual sólo las cejas y la mirada aportaban un tibio tinte amenazador, el torso, que era sobresaliente mas no por su musculatura sino por los gráficos de negros perros rabiosos sobre fondo amarillo, bajo un engendro nefasto de letras imprentas que procreaban algo parecido a la palabra “seguridad”, a la altura de ambas tetillas, que abominaron a los deformes lastimados y al negrito de ojos grandes que se estaba preparando para acuchillarlo; y cuando Gustavo detuvo su recorrida visual en las piernas del gusano defensor del capitalista armenio, estas se doblaron y temblaron durante un momento, luego cayeron, junto a un grito ahogado menos estridente que lo esperable para Cairolo. Así que su cuerpo, manando sangre los perros de la camisa que pertenecía a un ente merecedor de este final, estaba a punto de fenecer, ya no lo salvaba ni una opoterapia. A la par de esta sangrienta escena, el comando del traumátologo ya había escalado hasta el piso de Gostanián, tras haber despachado a mejor vida al otro guardián perruno la motosierra de Maximiliano, adiestrado en la ‘lucha motora’, causante del vendaje inelegante del pelado.

-Ustedes se quedan aquí hasta que llegue la policía. Ya no necesitamos tanto teatro -dijo Gustavo. -Nora y José, pueden recuperar sus prótesis -agregó, dirigiéndose al boquense y a la tejedora.

Empezaron a sonar dos sirenas lejanas de las ambulancias que les mandaba Nuñez.

-Vamos -le dijo después a Cairolo, masajeado con eficacia y rapidez por Florencia, muy preocupada de la suerte que tendría Rafael.

Pero no tuvo inconvenientes el cajero para abrir la puerta sin siquiera utilizar una de sus pulidas limas mientras Gustavo y el psiquiatra se relamían en el ascensor, orgullosos de la calidad de su acto, de la justicia humana que los estaba guiando. Abajo Cecilia lidiaba con la tuberculosis de Hugo, inyectándole bacilos fuertes y sanadores. La policía, movilizada también por el abogado, arribó antes, y un minuto después las ambulancias. Silvia, Nora y Orlando se encargaron de atenderlos, sin enloquecerlos y contestando a sus escuetas inquisiciones afirmativamente. La actuación de la ciega fue brillante. Los sedujo con sus alaridos y sus senos acogedores. Los agentes pugnaban por consolarla y ayudaron a los enfermeros a constatar su circunstancial ceguera. Si bien sus propósitos eran babosos y coitivos, mostraban modales muy deferentes para su condición policial: apenas la mano del sargento a cargo rozó su escote cuando quiso enfocar con su molesta linterna una herida que ratificara las agudas quejas de la celadora amante del onanismo. Y los tullidos rodearon a los cabos, atosigándolos con sandeces babeantes, tratando de hablar su propio idioma, dando espasmos provocados por los impulsos finales de los electrodos. Entonces ese alboroto callejero, agregado el paseo de un grupo de diez travestidos que se acercaron cordialmente a los internos accidentados para ayudarlos en cuanto ellos pudieran (y ciertamente sus billeteras no estaban vacías, porque a los internos de aspecto virginal les ofrecieron dinero para concretar perversas aventuras sexuales con sus miembos operados, prótesis contra prótesis), y que fueron mal recibidos por los policías que acosaban a la ciega, favoreció el veloz cumplimiento del objetivo de la misión catorce pisos más arriba, considerando además que ya el carpintero había atado al mismo Gostanián a las barandas de su cama turca.

El departamento se hallaba a oscuras, el empresario durmiendo desnudo junto a un compañero de los trabajadores sexuales que los baldados y la policía estaban apaleando en la calle. El living olía a sahumerios dulces y desodorante femenino. Rafael había desbaratado las alarmas antes de buscar el cuadro que ocultaba la caja fuerte, silenciosamente, sin incidir en el sueño del armenio. Al travesti decidieron no liquidarlo. Maximiliano se lo llevó de la oreja al balcón, le ordenó que no cometiera desorden alguno y lo encerró: aparentaba ser una persona confiable que no estorbaría el normal desarrollo de la acción. El pelado se arrepintió de la dosis excesiva de doscientos mililitros de un átomo de carbono por uno de hidrógeno y tres de cloro que le aplicó. “Si no duerme a lo largo de dos días, lo despertarán unos malhumorados inspectores implicándolo en la muerte de su cliente” -pensó el ágil centrodelantero, que yendo hacia la cocina a descubrir los manjares del anfitrión amarrado a su lecho oyó el saludo de los doctores que caminaban por el pasillo cuya desembocadura directa era la fastuosa habitación tomada por su comando. Dos mancos intentaron amordazar al armenio ante los insultos incesantes que disparaban sus labios resecos y semi-dormidos.

-Muéranse, a ustedes los conozco. Son los locos del instituto para paralíticos. Le negué una silla a una mocosa con periostitis y ahora vienen a reprochármelo -llegó a decir mientras lidiaban sus dientes con la servilleta que Maximiliano le ataba en la nuca.

Gustavo ingresó a la placentera pieza y se topó con la ruda y empecinada mirada del explotador fabricante de productos ortopédicos.

-¡Gostanián! ¡Qué sorpresa encontrarnos en una circunstancia tan peculiar! ¿Quien lo ha atado así, como un Adán capturado in fraganti en la mitad de un pecado inexcusable?

Gruñidos sofocados por la presión de la tela rústica sobre su boca respondió el armenio.

-¿Ah, sí? Muy interesante su comentario, pero no le encuentro mucha relación con la dichosa ocasión que nos reúne en su ameno hogar -dijo Gustavo, adelantándose a la cama de su enemigo, con el cuchillo sangrante que acababa de utilizar Valdermar bailando en sus delicadas manos de escritor.

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