Los Deformes – Capítulo 29

El Tripero resultó pequeño para los cadetes y empleados decadentes que tomaron por asalto el lugar. Llegaron junto a Perlita, la hija de la dueña que estudiaba marketing, la palabra más ambigua del mundo. La pequeña saludó a su madre y puso manos a la obra. Gustavo le dio cinco pesos y le tocó la cabeza a Cecilia.

-Mirá cómo se llenó -dijo la celadora. -¿Y, te sinceraste con doña Perla? -le preguntó.

-No pude, estamos parados en el punto álgido de la tarde. Me agrada cómo funciona este local a esta hora.

-¿Tomaste whisky en la recepción? -le preguntó ella.

-No, sólo café tras café. E intentá entenderme más palabras que ella. Las ambiciones y sueños de quienes construimos el instituto se asemejan a los que demuestra doña Perla. Adolecemos de un exceso de bondad, es cierto -reconoció Gustavo, sosteniendo la puerta para que Cecilia saliera. -¿Y vos, tan silenciosa y calma, leyendo proezas de pensadores solitarios, indiferente al febril ajetreo del bar y a la sociedad marchando hacia su suicidio finisecular, qué positivas consecuencias extraés de nuestra visita a El Tripero? Noté que hacías buenas migas con doña Perla -prosiguió hablándole, retornando a la plaza San Martín.

-Yo le recomendé que fuera dura contigo, que no se ilusione por las bellas palabras que pudieras expresarle. Ella agradeció mi consejo pero opinó que no tenés aspecto de farsante, como el malvado de la telenovela o los inspectores de policía que concurren a fastidiarla. Entonces le confesé que eras un apacible luchador. Un hombre inteligente y porfiado, un bribón del Siglo de Oro, porque no llegás a la categoría de un quijote. Pero se lo dije con otros vocablos.

-¿Cuáles? Me encantaría oírlos -dijo Gustavo, abrazándola y apretando sus senos contra su pecho.

-Que la pasión por los indefensos y discapacitados te seduce hasta quitarte el amor que debieras concederle a las personas sin impedimentos físicos -le dijo Cecilia antes de darle un beso en la mejilla.

-No te comprendo -dijo él.

-Y que igualmente te quiero -le dijo ella.

Sus bocas no se besaron, continuaron hablando reclinados en un banco naranja, observando a engorrosos monstruitos descendiendo por un verde declive asoleado dispuestos a atacar a unas extranjeras transeúntes con bombitas de agua.

-¿Ya no volvemos al hotel? -preguntó Cecilia.

-De ningún modo. Estamos a seis cuadras del departamento de Gostanían. Si nos apuramos, quizás tengamos oportunidad de ir a otra clase de hotel antes de regresar al instituto -replicó él.

-Excelente -aceptó ella encantada.

Así que se levantaron y anduvieron apurados por retorcidas diagonales hasta dar con la calle Topacio.

-Ese es el edificio que están construyendo los parroquianos de El Tripero. Será moderno e imponente -dijo Gustavo, señalándole un espigado esqueleto de cemento.

-¿Y el instituto? ¿Podrás hacer de él un lugar digno después de lo que sucederá esta noche? -le preguntó ella..

-Por supuesto, si de ello depende su existencia.

Las últimas dos cuadras las trotaron esquivando a desprevenidos caminantes.

-Ahí es. El piso catorce. Pimienta es quinielero y sabe lo que significa, muchas bisabuelas de Recoleta lo entenderían, hasta su cruel hermana ficticia también.

-Pues yo no, y no intentes sorprenderme con trucos verbales y enigmas numéricos. Los horóscopos de esa calaña no gozan de mi admiración -dijo ella.

-Vos quedate en esta esquina. Yo voy a ver el sistema de guardias, las complejas estrategias de las empresas de seguridad contratadas. No tardo -le dijo Gustavo, besándole el cuello.

Hacía calor en aquella ochava poco ventilada. La mitad de los negocios de la cuadra estaban cerrados. Los escasos ciudadanos que la transitaban eran vagabundos y prostitutas que estaban prestando algún servicio en los departamentos privados de jueces, diplomáticos y políticos. En un barrio donde se practicaban chanchadas y desaguisados, esos moradores de las primeras y lentas horas de la tarde, paseaban tranquilos, alejados de sus jefes que estaban en una de sus millonarias vacaciones. Y no les asombró la presencia de una filósofa mundanesca en ese reducto tan librepensador protegido por policías privados. A ellos les pagaban; se divertían y podían entregarse a sus vicios sin sujeción conocida que pudiera detenerlos excepto la muerte. Encima, estaban convencidos de que los cementerios eran una de las imbecilidades más colosales de la cultura humana. Todos concordaban en que la incineración era el mejor método para pasar a la Nada teológica y occidental . Cecilia no se impacientó ante el amenazante cruce de una patrulla compuesta por cuatro vigilantes que recorrían los negocios ofreciendo protección contra sus propios robos. Además, decidió leer un párrafo de su libro hasta que regresase Gustavo. No pudo completar ni la primera oración: él, cuya figura se adaptaba maravillosamente al escenario barrial, por la dejadez de sus movimientos, que no lo diferenciaban de los personajes que había atisbado, se plantó frente a ella y le dijo:

-Ya está, sólo serán dos a la noche. Uno en la azotea y el otro en la recepción. El ejército de Martín se encargará del matón arribista que estará controlando el techo. El doctor Cairolo me proveyó fotos de los últimos viajes de Gostanián a Miami con su última puta. Se las enrostra a sus veteranos camaradas de trabajo y compradores de viagra. El bastardo tuvo la precaución de divorciarse, y la suerte de que se ex-compañera muriera de un anormal caso de fiebre reumática galopante; sus últimos síntomas fueron semejantes a los de una tisis aguda. Sé que los pormenores de la vida del armenio no te inflaman ni suscitan tu interés. Pero todas sus acciones reprobables contribuyen a acrecentar mi desprecio, y es consecuente que te las comente, a fin de justificar nuestro crimen sin remordimientos.

-Ante mí podés confesar cualquier pecado. Estar de acuerdo con la pena de muerte no es ser retrógado. ¿Vamos? -le preguntó ella, metiendo el libro en su mochila, indicándole con la cabeza una calle de albergues transitorios.

-Bueno. Tampoco creo que sea progresista -dijo Gustavo, tomándola de la cintura, llegando su mano a rozarle el ombligo.

-Las aberraciones cometidas por ciertos sujetos perversos y demoníacos escapan a los argumentos de la misericordia más sabia que pueda concebirse, a los lloriqueos y las advertencias de los ilusos defensores de la dignidad humana -dijo ella, casi dando saltos de felicidad.

-Yo soy iluso entonces -le dijo Gustavo al arribar a la puerta de “El recodo del amor”.

Largas escenas de sexo ardiente vivieron allí. En los intervalos entre una eyaculación de él y un eretismo de ella no cesaron de exponer sus opiniones sobre el tema tan controvertido que tenía ocupadas sus mentes desde la partida del edificio de Gostanián.

-La calidad de lo digno varía en muchísimos grados de una persona a otra. Yo me remito a los que anteponen una bondad ridícula a las agresiones más ignominiosas que reciben de humanos fabricados en el mismo telar empíreo, cuya sobrevida sólo redundaría en más peligros y padecimientos para otros humanos menos abyectos que ellos -analizó Cecilia, bebiendo del whisky que había solicitado Gustavo por teléfono.

-A veces sos muy aguda o muy profunda otras. Tu piel necesita distintos tipos de estimulación. Por ahí es una cuestión de sentido común. La muerte, considerada desde varias posturas, puede resultar una recompensa y hasta un alivio. ¿Por qué los defensores de la vida no contemplan su costado benéfico? -soliloquió Gustavo, penetrándola ágilmente.

-Eso es, estás muy suspicaz. La ejecución de esos entes no tiene que ser contemplada como una pena desmedida o propia de individuos primitivos. La propensión a olvidar los tremendos dislates de los imperios vigentes, ese puñado de compañías que rigen el mundo, lleva a la confusión, a la creencia de que es factible enmendar sus despiadadas políticas de expansión con sermones sobre una hipotética paz -dijo ella, mordisqueando la almohada y retorciendo las sábanas.

Ambos coincidieron en que convenía adoptar un enfoque cualitativo de la crueldades cometidas por los normales malignos que estorbaban a los inválidos, y que el examen de los antecedentes del armenio le proporcionaba nulas posibilidades de perdón.

-Cuando se vea acometido por nuestras fuerzas dejará de sonreír, y en ese instante, confiando en nuestro espíritu justiciero, decidiremos qué hacer con su cuerpo. Naturalmente, los internos propondrán vejarlo según diferentes estilos, pero será imprescindible dormirlo antes de exterminarlo, evitarle tormentos; así practicaremos la legendaria filantropía que ha descripto la señorita Inés en su nota, si bien será preferible no difundir nuestros golpes y preservar cuanto podamos el misterio alrededor de nuestras maniobras -dijo Gustavo, lanzando una viscosa goma profiláctica a una perfumada caja de residuos.

    Tres timbres graves y resonantes marcaron el final del turno. Una erótica resaca impelió a Gustavo a lamerle una vez más la vagina a su compañera. Enseguida, un chirrido telefónico les alertó el traspaso de los diez minutos adicionales que toleraban los encargados de “El recodo”, los videos alusivos a la ocasión se apagaron automáticamente y las baladas cursis que oíanse lejanamente a través de las paredes empapeladas de rosa incrementaron su sonido, conminándolos a recoger sus ropas y vestirse despavoridos. Abonaron sus consumiciones en la ventanilla de la oscura cabina de control y se largaron. El resplandor solar había amainado y el vecindario había variado su fisonomía. Más negocios habían abierto sus puertas y abundaban paseantes más coquetos y tradicionales de una mega-ciudad contaminada en un período estival. Las meretrices y los reos vanguardistas, mantenidos económicamente por los ricachones de la zona, estaban en sus orgías particulares. Bajaron nuevamente a la plaza. Enfrente circulaba el colectivo que los acercaba al instituto. Ya subidos, en un vehículo análogo al que sirvió de escenario al entrevero entre Nicolás y Pimienta, aspirando el cálido, pesado y asfixiante polvo atmosférico de Retiro, aunque divisando a aislados veraneantes satisfechos en sus patines y sus bicicletas, se sentaron en el fondo, ella apoyando su cabeza sobre el hombro de él, descansando, mansamente entregada a sus indecisas palabras.

-Estoy inseguro. Las ambivalencias me enervan. Replanteo en exceso todos los inconvenientes que pueden surgir y una parte de mi corazón se inclina por renunciar a la pelea. Entonces se esbozan en mis ojos odiosas caricaturas de oligarcas y traidores, y mis manos se tensan, mis dedos se vuelven elásticos y busco ahorcar a alguien. Ese impulso guía durante un maduro lapso al resto de las órdenes corporales que emite mi sistema nervioso, y únicamente puede ser disipado con la presentación de un cuello tierno, y cuanto más malvado sea su poseedor mejor, o con apremiantes aplicaciones de electricidad. Hasta hoy, la dicotomía siempre se resolvió pacíficamente. Cuando tengo un cogote al alcance de mis uñas, Cairolo, que a menudo acarrea medicamentos de emergencia, me convida con una píldora relajante. En este momento disfruto de estar sin él. Contigo tengo continuas y gratas experiencias. Aquí arriba es insignificante el peligro de que se desborden mis sentidos y se produzca la vibración previa a la ansiedad de matar. Ahora la tengo dormida, como si supiera que hoy a la noche tendrá mucho trabajo, y que muchos tullidos amigos, como Roxana, se opondrán a su liberación.

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