Los Deformes – Capítulo 27

El hall se fue vaciando con paulatina velocidad, incrementada al final cuando los altos parlantes anunciaron el inicio del acto de inauguración del evento. El piso de baldosas marmóreas recalentadas con losa radiante no había sufrido más que el derrame de una cocacola y un fernet, más pegajosas huellas de sanwiches y cremas caídas. La alfombra roja que conducía al auditorio estaba prácticamente impecable, salvo por los pisotones embarrados de Florencia y unas servilletas de papel llenas de mucosidades de Cecilia. Concluidos sus terceros whiskys, Cairolo convenció a Gustavo de que jamás la rubia se dejaría seducir por su facha.

-Vamos, seremos los últimos en entrar -le dijo.

Durante el reencuentro con sus ayudantes, les exigieron un poco de compostura, y que tratasen de emular a las bellas recepcionistas del hotel.

-Deben repartir estos panfletos. Esbocen sus más seductoras sonrisas y no les muestren la lengua. Este sitio está plagado de depravados -les dijo Cairolo, entregándoles varias copias de las obras de Gustavo editadas por su instituto.

Ellos se anonadaron progresivamente a causa de las tormentosas clases de imbéciles que desfilaron antes de su turno; y todavía faltaba que hablara un “especialista en cortes romboidales” gruñón, afirmando que el cemento de su compañía era el más sólido del planeta. Pero los anteriores eran realmente deleznables plagiocéfalos incapaces de musitar un enunciado coherente. Nadie les rogaba que hicieran quijotescos malabarismos verbales para imponer sus bastardos y deficientes productos mediante ominosas estrategias. Los viles usureros disfrazados de disciplinados médicos, con un sometimiento repulsivo, satisfacían los caprichos de sus símiles foráneos como si fuesen dioses carnales. Veneraban su sucia dadivosidad, le mostraban a la audiencia pizarrones con estadísticas de sus intervenciones quirúrgicas prodigiosas y relataban testimonios de pacientes terminales que habían logrado recuperar. Gustavo y Cairolo arrostraron estoicamente las diatribas de los simiescos vendedores. Con este epíteto, coincidieron en definir a los oradores. A su turno, cuando Salvatori, el esforzado y tragicómico animador del congreso, nombró sus apellidos, ambos se adelantaron al estrado casi trotando, deseosos de recorrer los quince minutos que les habían asignado con medidas palabras y la máxima rapidez posible que puede caber en ese plazo, sin contarlo con el tiempo humano. Complaciendo los anhelos de los protagonistas de este episodio, sólo se reproducirán los fragmentos finales de sus intervenciones.

-…Miles de tornillos mal lubricados han provocado cantidades de infecciones insalvables, degeneraciones extrañas, con síntomas misteriosos y simples desacoples que arruinaron prótesis de aspecto incólume. No lo olviden y registren a nuestro acetabular entre sus piezas de cirugía. Ahora, los cánceres de próstata y mamarios constituyen el tema al que se referirá el doctor Cairolo.

-….La reacción de los anticuerpos generados por las toxinas liberadoras promete alcanzar para diagnosticarlos con sencillas pruebas de neovastat. Esta droga posee propiedades fantásticas e inescrupulosas. Anula los dolores surgidos de las glándulas mamarias y del tejido testicular. Allí se concentran los pesados instintos sexuales que sirven de soporte a las vidas de nuestros pacientes. Si no lo creen, pueden visitar nuestro Instituto cuando les plazca, concertando previamente una entrevista con nuestras amables y bellas secretarias. La extensión de sus cánceres se redujo en el cien por ciento en los dos casos. Y más informes obtendremos en abril, ya que consideramos proseguir los estudios de laboratorio con nuestra neovastat. Adiós, y nos veremos pronto en las salas quirúrgicas.

-Gracias -dijo Salvatori.

Pocos aplausos se mezclaron con el indiferente murmullo que les había servido de base sonora. Pasó el plazo tal como ellos lo pretendían, inadvertido y breve, ni siquiera tuvieron ánimos de suspirar. No usufructuaron el pizarrón con propagativos afiches ni ofrecieron videos de sus virtuosas innovaciones medicinales. Le dieron la mano a su anfitrión y descendieron del escenario, oyendo el anuncio del siguiente disertante, un mequetrefe de la empresa de Gostanian. Gustavo rotó su cabeza para mirarlo y apreció la estampa morruda y peluda del miserable negador de la silla que requería Laurita. Su mente viajó hacia la noche, como si el tiempo fuese un rollo milimétrico que pudiera desenrollar con sus sesos. Y lo vio al mismo Gostanián observándolo de reojo, sonriendo con extrema falsedad a sus oyentes y carraspeando frente al micrófono; pero luego de una suave y extensa pestañeada, sus ojos escogieron otra imagen del armenio cretino que no lo favorecía demasiado: aparecía recostado en su cama, temblando y dando estertores arrítmicos. Valdemar sentado encima de su vientre le aprisionaba las manos, y Laurita, que se negaba a manifestar su rencor, le cedía una navaja a Maximiliano. La escena repentinamente quedó salpicada de sangre, su cara machacada y cubierta de tajos para extinguirse luego con la visión de su cadáver frío y brilloso, rodeado de amistosos tullidos que querían engullirlo. Su tono impertinente y nauseabundo se difundió a través del salón, rompiendo la violenta semblanza que se amoldaba en su mente. Y además, Cecilia le estaba jalando el brazo derecho.

-Vamos, nuestra víctima apesta. ¿Cómo los organizadores permiten que se explaye ese energúmeno, ensalzando sus propias plantillas como si fuesen aerodinámicas? -le dijo ella.

Gustavo recorrió la platea con ojos apaciguados.

-¿Y el doctor? -le preguntó a Cecilia.

-Ya salió con Florencia. Iban a acomodar la mesa del Instituto con pequeñas muestras de la droga y prototipos de tu rodilla. Repartimos todos los folletos pero ya percibo que algunos los descartarán en los primeros tachos que encuentren. Somos los únicos que venderemos nuestros inventos sin la autorización de Salvatori.

-A él ya le comenté nuestros traspiés financieros, no te inquietes. Vamos, debemos movernos. Ya cumplimos con nuestra palabra. Este hotel es una suntuosa porquería.

Se retiraron del salón sin detenerse a escuchar los consejos y avisos de los promotores que se agitaban para acercárseles y ofrecerles las bondades de un tronzador de hígados y un escalpelo de titanio para peritos necroscópicos. Las recepcionistas no interrumpieron su deambular, procurando aplacar sus menorragias unas, metidas en intríngulis con apuestos cirujanos otras, para mirarlos y sorprenderse de su tempranero abandono del congreso. Florencia los vio emerger con paso decidido. Hubieran rumbeado a la salida si no les hubiese gritado desde el improvisado puesto de venta.

-¡Gustavo, Cecilia! ¿Les gusta?

Estaba sentada tras un pequeño y patituerto escritorio de madera en una silla rodante. Cairolo, detrás de la tostada secretaria de Gustavo, echaba largas fumaradas con su cuarto vaso en la mano mientras dispersaba las fotografías que Silvia le había sacado a los enfermos. Colocaba en el extremo inferior de una tabla sinuosa y carcomida las poses más demacradas y truculentas de los modelos seleccionados (Maximiliano, Hugo, Orlando, José, Valdemar, Florencia en su peor estado y una reciente de Pimienta) y en el linde superior, al alcance de las esbeltas y minuciosas manos de los congresistas, la mutación de esos pacientes reflejada en el manejo de la lente fotográfica de la ciega: los mencionados internos, en momentos posteriores a su maravillosa intervención, rozagantes y de apariencia cuerda (aunque en los casos de Florencia y Pimienta, tuvo que apelar a ciertos retoques para sombrear sus inocultables defectos).

-Es pintoresco, pero será mejor sacar la del borracho; su narizota desencajada quiebra la armónica impresión de sinceridad y clarividencia que irradian sus compañeros -les recomendó Gustavo.

-¿Por qué retacear un tanto de autenticidad? La espontaneidad es un atributo que la publicidad valora como una gema, una potencial fuente de divisas. El triunfo de muchos cirujanos depende de su capacidad de espontanearse -meditó Cecilia.

-De acuerdo, pero jamás deben soslayarse los aspectos estéticos de una presentación de estas características. Las rodillas y las cápsulas de neovastat deben ser resaltadas con lámparas fosforescentes; además, es imprescindible destacar los engranajes de la rótula y la composición de las pastillas. Los baldados tienen que permanecer en segundo plano, tercero tal vez, si le concedemos espacio a los pergaminos de Cairolo. Tal vez tengas razón, y aún más lejos, quizás Pimienta atraiga a unos cuantos especialistas en operar narices -reflexionó Gustavo.

-Déjense de especular y vayan a espiar el departamento de Gostanián -les dijo Florencia.

-Muy bien. Poné la de Pimienta un poco más adelantada que el resto -le dijo Gustavo a su secretaria.

-Nos vemos a las seis en el Instituto -les dijo Cecilia.

Cairolo apagó su cigarrillo, apoyó su vaso sobre una servilleta de papel y se ajustó el nudo de su corbata.

-Adiós -dijo luego.

    Gustavo y Cecilia se tomaron las manos al unísono al dejar las explanadas convergentes al hotel, pobladas de fastuosos micros y choferes uniformados que paseaban ufanos, bebiendo los cafés y las cocacolas que habían rescatado del banquete. Cruzaron la avenida Libertador y desembocaron en la barranca de la plaza San Martín. Ahí se recostaron en el rociado pasto, miraron las oblongas nubes y se besaron. Toqueteáronse un interesante rato hasta que el calor de la tierra los abrumó.

-Es un día pesado -dijo él, sacudiéndose la hierba de su pantalón.

-Levantándote al mediodía podrías sentirlo más liviano. Te deshiciste de esos médicos con gran facilidad -comentó Cecilia, limpiando con su remera los empañados vidrios de sus anteojos.

-Dale. Vamos a El Tripero. A esta hora doña Perla lo atiende, y si no acude algún cadete hambriento o un portero aburrido, mira telenovelas cuatro horas seguidas sin hartarse. Es una mujer honrada que podríamos adoptar. La necia sensiblería de los canales y artistas televisivos la está perjudicando. ¿Cómo de otro modo hubiese confiado en la historia que inventó la ciega? Si se mantuviera alejada de tan nocivas imágenes su credulidad se reduciría notablemente, y este hecho beneficiaría a su salud mental, y por ende, a su dicha. No creo posible dar otra respuesta sensata -analizó Gustavo, caminando bajo gorriones y picaflores que saltaban entre las ramas de los ombúes.

Cecilia reflexionaba, oía los pareceres de su amado y trataba de organizar su discurso como una académica analista de teorías literarias. ‘¿Qué decís? No podés arrastrar a todas las personas que conocés, invitarlas a sumarse a tus planes oscuros y ocultos. Hay demasiados individuos perfectos en este país como para que otro más se sume a la lista’. ¡Cuan pulcros y delicados son los resortes de la lengua, en su acepción orgánica, al filtrar la información proveniente del cerebro! Véase como ejemplo, si aún quedaran dudas de su absoluta independencia y autarquía respecto de los impulsos encefálicos, la lingüística observación que brotó de sus labios, en nada coincidente con las afirmaciones de su introspección.

-Ya llegamos.

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