Los Deformes – Capítulo 26

Cairolo tomó la autopista para descontar el leve retraso que llevaban. En el asiento trasero, Florencia y Cecilia miraban pasar raudas frías barandas de acero, bloques de espigados edificios, cimientos y montacargas abandonados, carteles promocionando viajes y premios con sólo acertar estupideces, diferentes planos de la moderna y sofocante ciudad. El psiquiatra conducía su auto con calculada negligencia. Reclinaba su pie sobre el acelerador y con tres dedos de una mano controlaba el volante. Su otra mano y los dos dedos restantes le servían para mantener extendido el folleto que había diseñado Gustavo para presentar un nuevo tornillo acetabular. El escritor le advertía serenamente las indicaciones del tránsito, reservando parte de su atención a los esquemas de las tácticas a emplear contra Gostanian y a intercambiar frases con el doctor.

-¡Cómo se está nublando por ahí!

-Sí, pero el viento proviene del sur. Esas nubes deben ser inofensivas, le aportan un tinte melancólico al asfalto.

-A doscientos metros nos detendrán las cabinas cobradoras. ¿Tenés cambio?

-Sí, tomá -contestó Gustavo dándole cinco pesos.

El coche frenó y volvió a arrancar con el motor asedado. Muy pronto, avenidas congestionadas de colectivos exigieron mayores reflejos y respeto al doctor.

-Déjelos ahora y los examinaremos en el bar del hotel -le dijo Gustavo.

-No tendremos tiempo. Estamos entre los primeros en la lista de presentaciones -aseveró Cairolo.

-Si eludimos los saludos, las sonrisas de compromiso y las pavadas ocasionales que se entrecruzarán los empresarios en el hall de recepción, podremos revisarlos hasta el hartazgo -dijo Gustavo.

Las chicas estuvieron silenciosas durante el resto del viaje. Florencia palpándose la cara, retocándose la nariz y la boca frente al vidrio espejado de la ventanilla. Cecilia leyendo ‘Temor y temblor’ de Kierkegaard, incansablemente pensando, recuperando ideas de capítulos anteriores al que estaba analizando, confrontándolas con las de autores ya absorbidos, alzando su cara plena de cándida lucidez con la humilde intención de constatar que los otros habitantes del vehículo estaban tan distraídos como ella. Arribaron a las fronteras de Retiro. Y enseguida, la rubicunda silueta de doña Perla surcó las mentes de Gustavo y Cecilia. Aún le debían una explicación y otros cuentos. La herencia de Pimienta no era algo precisamente suculento sino menesterosa por donde se la abordara: material y espiritualmente. Al ver “El Tripero” desde una esquina, ambos quedaron suspendidos intensamente en los siguientes ensueños mentales:

‘La gorda cantinera estaría preocupada por su ausencia. Se creería traicionada y cometería locuras para reconquistarlo. Las mujeres de su clase tienen sentimientos puros y nobles. Y sería una desconsideración no visitarla de regreso al Instituto’.

Estas especulaciones de Gustavo se oponían a las de Cecilia, más aplomadas y menos bucólicas.

‘Siempre los intelectuales han engañado a los obreros, les han enseñado utopías bíblicas y empalagosas. Les prometen libertad haciendo gestos grandilocuentes con una mano y en la otra tienen aferrado el puño de un látigo o el hierro de una cadena’.

Aumentando el anticlímax de sus divergentes pensamientos, ya habían cruzado la avenida Libertador y la trompa del auto traspasaba la barrera de las lujosas cocheras del hotel.

-Por aquí -les dijo un chofer de librea gris (dependiente inferior a los violetas, quienes portaban insignias diplomáticas).

Gustavo y Cairolo bajaron ágilmente del auto e incitaron a sus acompañantes a hacerlo.

-Vamos chicas, no se atrasen…¿No percibieron que deben salir para que ellos estacionen el auto? -les preguntó Gustavo.

Pues entonces, Cecilia guardó el libro del paranoico danés en su cartera y Florencia metió su lápiz labial en el bolsillo trasero de su estrecho pantalón. Eran realmente gratas sus curvas, y Cairolo las apuntaba con lascivia evidente. Apenas ingresaron a la recepción un sinnúmero de pinches se abalanzaron para ofrecerles sandwiches, masitas y gaseosas, tan lujosos de apariencia como repugnantes de sabor. Atildados cirujanos y célebres ortopedistas circulaban de un elegante panel a otro bebiendo y regurgitando alegremente, cerrando negocios millonarios, manejando presupuestos descomunales, jugando con la vida y la salud de la población. La música ambiental acorde a las circunstancias, una especie de letanía new age-étnica molestaba a los oídos de los representantes del Instituto. La voz impostora de una locutora abyecta y abominable los zahirió más profundamente. Gustavo y Cairolo, luego de rechazar unos mariscos tostados, fueron interceptados por unos colegas de firmas competidoras.

-Por aquí doctores, bienvenidos. ¿Cómo andan Cairolo esas tabletas sensoras para regular la temperatura de la sangre? -los acogió un joven bronceado y risueño de traje azul refinado, enjoyadas sus manos y muñecas con gusto espantoso.

Una respuesta monosilábica salió de los labios del psiquiatra, buscando sus ojos algún sillón apartado donde rememorar su futura intervención en el simposio. Gustavo directamente replicó con las cejas a una pregunta del organizador sobre la nueva rodilla Villamayor que había patentado. Las levantó suavemente, impulsando su cuello hacia adelante, despegando con asco su mano de la grasosa y perfumada de Bruno Salvatori, tal como lo revelaba un prendedor en la solapa de su costoso saco a la altura de la tetilla izquierda.

-Cairolo siempre elogia su creatividad. ¿En qué está trabajando ahora?

-Estoy haciendo hincapié en las hemiplejías. Discúlpenos, no le hemos presentado a nuestras ayudantes, Florencia y Cecilia -dijo Gustavo, corriéndose con caballerosidad para que su secretaria y la celadora se adelantasen.

-Arregle con ellas el precio de nuestros productos. No se olvide de los proyectos filantrópicos que perseguimos -agregó Cairolo, avanzando ya sus pies en dirección a una barra atendida por esculturales señoritas, y conminándolo a Gustavo a imitar su resolución.

No era cuestión de desperdiciar unas beldades como aquellas sino la posibilidad de escapar a los tontos y petulantes diálogos que comenzaban a establecerse entre los médicos extranjeros y los dueños de las principales clínicas locales, con malas interpretaciones y observaciones paupérrimas. Se arrimaron al acogedor y ancho mostrador de madera, acolchonados sus bordes con forros rojos. Ambos estaban convencidos de que el congreso constituía un forraje, y preferían rehuir la amistad de sus anfitriones profesionales. Por el momento, a la estupenda rubia que atendía la caja, Cairolo la encaró con integridad y sangre fría.

-Dos whiskys, y de los mejores que tengas -le dijo.

Una pelirroja, menos despampanante aunque de pechos atractivos, los sirvió con una pacata sobriedad, y luego les sonrió cuando les alcanzó los vasos transparentes.

-Mostrame los bocetos de las motocicletas destinadas a los parapléjicos -le pidió Cairolo a Gustavo, quien no podía escucharlo porque le estaba abonando a la cajera con aires galanes.

-No encuentro en tu cuerpo algo que pueda ser alterado, ningún criterio estético osaría retocar tus formas divinas -le declamaba.

Ella no cesaba de coquetear con prolongadas miradas y delicados movimientos de sus labios. Creciendo sus ojos y moviendo sus pestañas hermosamente, le avisó que su compañero le estaba pidiendo atención, inmediatamente rió y le cobró tres bloodymarys al siguiente cliente, huésped del hotel o asistente a la feria de cirujanos.

-¿Qué? -preguntó Gustavo.

-¿Qué le decías? -dijo Cairolo.

-Nada

-Que quería ver las motos.

-Pero si de eso no tenemos que hablar.

-Ya lo sé, pero seré el responsable de su fabricación y aún no ví los dibujos de la enana.

-No te desahogues con Mariana. Mañana tiene una entrevista crucial en La Nación. Tomálos, aquí están -se los ofreció Gustavo.

-Gracias -dijo Cairolo, tomando los diseños de las motos, fijándose en la seguridad del modelo, capaz de ser aprovechado por Silvia, ya que su motor estaba cargado con demasiada inteligencia artificial.

Entre tanta historia científica especializada en progresos inútiles, el motivo de lograr una fácil y pacífica movilidad de los tullidos representaba para el psiquiatra una sublime razón rodeada de millones de intenciones siniestras que no podían penetrarla. Los dedos de Gustavo trabajaron dentro de su carpeta hasta encontrar los artículos indicados: “El anillo acetabular de la rodilla Villamayor” y “Ultimos experimentos contra el cáncer”. En un tercer manojo de papeles sueltos que atrapó, halló un recuadro que había escrito antes de la redacción de sus discursos. Lo leyó intrigado: “¿Quién podía hallarle una explicación a los incentivos que demostraban las células benignas ante tantos tumores amenazantes? Nadie. Ese es el problema fundamental. Todos los descubrimientos eran fortuitos, irrelevantes en sí mismos. Concentrándose en este punto se llegará a la solución, cortar los focos malignos en sus orígenes respectivos”. Tanto le impresionaron sus palabras, que se olvidó de las exposiciones orales específicas que pronto presentaría ante una prolija y malévola audiencia.

-Parecés en estado de coma, me parece que el Chivas te volteó -le espetó Cairolo luego de suspender la revisación de su proyecto para contemplar su semblante confundido.

-A veces uno permanece absorto ante sus propias anotaciones, y no distingue su estilo, o los impulsos que lo llevaron a elaborar un pensamiento. Suelo perderme descifrando enigmas infinitos.

El psiquiatra lo miró con el famoso ademán que representa una chifladura (el dedo índice girando sobre la sien), y le pidió otros dos tragos a la pelirroja. Desde los lujosos taburetes divisaron a Cecilia y Florencia extraviadas en el salón. Se habían arrinconado cerca del toilette, y allí se dedicaron a criticar a los emperifollados asistentes. Cierto es que no les interesaban los circunloquios de la jerga cirujana y tampoco los radiollamados o los parloteos de las promotoras, proponiendo más la sensualidad de sus cuerpos que las últimas novedades ventajosas para los clientes de sus espurias y criminales empresas. Entonces podían bromear a destajo, omitiendo las miradas asombradas de quienes las advertían -que no eran muchos, porque la mitad ya había ingresado a la Sala de Conferencias-, que hacían esfuerzos considerables por aplacar su desprecio hacia una joven de figura respetable, pero cuyo rostro se parecía al de un espantapájaros reconstruido con aserrín, y su resquemor a la otra muchacha, del tipo intelectual-rebelde-espiritualizada por una veta artística determinada.

-Mirá como se divierten -dijo Cairolo.

-¿Quiénes? ¿Los hombres como yo, que perciben terribles abismos, o esas dos marmotas? -preguntó Gustavo.

-No, con tus abstracciones filosóficas seguro que no te divertís; a ellas me refería. Y ahora concentrate en los cuadros -respondió el psiquiatra, codeándolo con comedimiento.

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