Los Deformes – Capítulo 18

-Yo quiero un choripan y una coca -pidió Silvia.

-¿Y ustedes? -les preguntó a sus compañeras.

Cecilia, luego de secar sus anteojos y su libro con servilletas de papel, contestó:

-Uno de milanesa completo y…¿querés compartir una cerveza? -le preguntó a la periodista.

-Bueno, y si tiene maníes, mejor -contestó esta.

Entonces Gustavo salió con el rostro aliviado, saludó a doña Perla y solicitó una hamburguesa con papas fritas y una seven-up. La dueña resumió el pedido general con una audible cantinela, agitó sus dos manos demostrando su ansiedad y además, atisbando el paquete de cigarrillos de Inés, les preguntó:

-¿Quieren un cenicero?

-Por favor -contestó la aludida, que torcía el cuello para distraerse con el televisor, a fin de olvidar el olor y también, que su conciencia se disipase en otras cosas.

En un comienzo, platicaron de obviedades y generalidades intrascendentes (el mal tiempo, cuestionamientos morales sobre el oficio de Inés, de qué signo del zodíaco era cada uno, etc). Doña Perla trajo las bebidas y su mirada ya le enviaba ráfagas de fastidio e impaciencia al grupo. Se dirigió a ellos con tonos altisonantes, buscando atraer de algún modo la atención del bolsista. Como Pimienta se mostraba renuente a percibir el ingreso de los nuevos clientes, Gustavo, luego de ablandarse con un par de sorbos de cerveza que le sirvió Inés, soltó provocativas frases en portugués. Mas fueron en vano; todos sus esfuerzos los bloqueaban el alto volumen del noticiero televisivo y las orejas con tapones de cera de Pimienta, que muy escaso alcance auditivo tenían, casi tan nimio como el que tenía su supuesta víctima. No quedó por consiguiente otro método más que el de acercarse al hombre e intentar contactarlo físicamente. Doña Perla, despreocupada por ofrecer un ejemplar servicio, dejó que la comida se calcinase bastante. Para contribuir a descomprimir la empecinada desatención de su querido José, tomó el control remoto y buscó un canal donde aparecieran pulposas damiselas con poca ropa. Esta táctica no produjo un inmediato efecto, pero cuando el olor a quemado y el humo se esparcieron por el local, Pimienta comenzó a toser, y por fin su cabeza se sacudió. Saltó de su tabuerete para rascarse la espalda contra el borde del mostrador y espantar la humareda con su mano libre (ya que con la otra aún tenía asido su vaso). Gustavo y las chicas se levantaron alarmados pero doña Perla les rogó que no se preocuparan. Con una pala de hierro removió las brasas y les arrojó un balde de agua.

-¡Es un accidente sin importancia! -les gritó.

Pinchó la comida con un tenedor de tres dientes y se la enseñó a sus clientes.

-¿Se atreven a comer esto así o prefieren que lo prepare otra vez?

-Mejor cocine de nuevo, más tranquila -le respondió Gustavo, aventando todavía con pedazos de cartón de un cajón de frutas que había recogido en el baño el humo que se había concentrado.

Entretanto, Pimienta había divisado la extraña presencia en el tugurio de una ciega, una joven que se ajustaba con temor unos anteojos sobre su recta nariz, y otra muy bonita y bien vestida (toda de negro) que contenía la respiración y tenía los ojos llorosos debajo de las imágenes de la pantalla, modelos en ropa interior que desfilaban en una playa paradisíaca. A Gustavo, al registrar su cara, no le prestó tanta atención. Despacio se frotó los ojos para darle crédito a sus visiones. Las vaporosas imágenes de los habitantes del Tripero se esclarecieron. Lavadas por sus alcohólicas lágrimas, se mantenían inmóviles aquellas extrañas figuras femeninas, detenidas como si el principio de incendio las hubiese petrificado. Seguramente esperaban alguna reacción suya, así que Pimienta inclinó su cabeza hacia su hombro derecho y les sonrió. La primera en descongelarse en el cuadro que tenía ante sus ojos enrojecidos fue Inés, que comenzó a toser con ahínco, carraspeando como si quisiera escupir alguna sustancia venenosa. Cecilia le dio varias palmadas en la espalda y le habló al borracho, que avanzaba hacia ellas alarmado, hipnotizado y embebido:

-Es alérgica, y tanto humo la ha afectado.

La ciega le sirvió un vaso de cerveza y la ayudó a beberla, sosteniéndole el rostro. Gustavo observó que los vasos de Pimienta se habían vaciado. Movió su silla rechinando sus patas y se dirigió al cercenador de orejas.

-Sí, una copa -dijo Pimienta, empleando el puño de su camisa para limpiarse un poco de baba.

Doña Perla, satisfecha del contacto establecido entre sus clientes, se concentró para sacar a tiempo del fuego (renacido con un chorro que lanzó desde una damajuana a las brasas indemnes, luego removidas ágilmente con un tridente tiznado que empuñó con sus gruesas y talentosas manos) el jugoso choripan y atender a la alarma del microondas que anunciaba el cocimiento de la milanesa, cuyo pan rallado brotaba provocando el alzamiento de la delgada carne que cubría, explotando con ruidos semejantes a los de los pedos humanos. Sirvió los sandwiches y retornó a la barra, donde Gustavo había comenzado su trabajo de engatusamiento. Cecilia e Inés le solicitaron que pusiera un canal más ameno y menos chancho. Doña Perla corría ansiosa de un lado a otro sin encontrar el control remoto. Soñaba con recibir una suculenta donación de su protegido, no ensuciarse más con humo y grasa, disponer de fondos para que asfalten las calles de su barrio, acudir a los programas femeninos de televisión y contar sus enredos con los lunáticos bebedores de Retiro, visitar los mejores restaurants y despacharse a su gusto. Las clientas, serenamente, limpiaban sus bocas enchastradas con servilletas de papel. Pimienta le balbuceó algo a doña Perla. Su voz patinaba, articulando su lengua las consonantes velares con terribles dificultades, asemejándose sus palabras a un destemplado gorjeo de bebé. La robusta mujer se reía y le tocaba los duros y densos cabellos de su cabeza, como una mamá calmando alguna pena de su hijo. Cuando vio que Gustavo acercaba su boca al oído de su protegido, despegó su mano de la maraña hirsuta y fue a llevar el ticket a la mesa donde Inés y Cecilia bebían su cerveza con lentitud, hablando atropelladamente de imposibles romances y elogiando la sutil decadencia del tugurio.

-Se lo dejo, abogado; hoy está insoportable, bastante mamado -le dijo doña Perla a Gustavo, que le ofrecía a Pimienta una nueva copa.

Mientras la chupaba, tragando el líquido con enérgicos movimientos de su nuez, el borracho le hablaba a su nuevo benefactor del origen de la ginebra, atisbándolo con confianza. Doña Perla trataba de escuchar la necia perorata del bolsista pero no lograba descifrar más que barruntos de alabanzas e insultos alternados, desordenados y pronunciados con una lengua patinadora. La historia la entrelazaba ella: debe estar maldiciendo a su hermana y agradeciéndole al abogado. La nariz de Pimienta ya se había tornado morada y grumosa, del color de un vino aguachento. Hilos de bilis recorrían sus bigotes y daba estornudos desaforados. Cuando Gustavo procuraba insertar alguna inspirada frase moderadora de los dislates del bolsista, el borracho tragaba más caña o se descolgaba los mocarros, se tocaba el cuello con ambas manos y alzaba sus ojos brillosos en pos de las parroquianas sentadas. Jamás daba señales de haber registrado el tortuoso discurso de su amigable donante de bebidas, sólo atendía a sus movimientos cuando le proponía un brindis. Inés, advirtiendo que la situación estaba estancada, y que sólo cabía esperar el desfallecimiento del bebedor, se levantó, le abonó la cuenta a doña Perla y se acercó graciosamente a los dos hombres. Le arrebató el vaso con delicadeza a Pimienta y lo apoyó en el mostrador, bajo el entremedio de los pechos de la matrona.

-Señor, ya va siendo hora de darle un respiro a doña Perla y a este señor que lo ha convidado. Ella quiere cerrar -miró a la aludida guiñándole un ojo- y me pidió que lo ayudara a tomar el colectivo. Me dijo que usted siempre mira mal los números, confunde las luces y suele mezclarse en problemas de policías. Salgamos ahora, yo lo acompañaré hasta la avenida -le dijo ofreciéndole el codo.

Pimienta se colgó de él y con una ancha sonrisa de dientes verdinegros despidió a Gustavo. Andaba sin tambalearse ni demostrando mareos, sólo con cierta oscilación hacia la derecha, convocando o espantando con voces exaltadas a ángeles y diablos imaginarios. Cecilia y Nora limpiaron las migajas de su mesa con un trapo que les dio la asombrada doña Perla.

-No se perocupe, lo cuidaremos y recompensaremos su ayuda. Cuando cobre la herencia usted tendrá su parte -le dijo Gustavo a la morruda dueña de “El Tripero”, dejándole una suculenta propina.

Las chicas le agradecieron la atención y salieron a la calle. Afuera lloviznaba. Inés se había adelantado y con el borracho ya abrazado a su hombro, doblaba la esquina a paso acelerado, notablemente vital, como Roxana, la parapléjica interna alborotadora, o la movediza profesora de dibujo, que todo lo resolvían rápido, sin gemidos ni titubeos. Su visita al Centro de Rehabilitación había impactado gravemente en sus costumbres de mujer profesional y remilgada, y empezaba a escatimarle asco a varias y desagradables actividades humanas (como cargar un beodo a horcajadas, acudir a bares cuya población de cucarachas y ratas excede veinte veces lo recomendado por los Institutos de Salud Pública, engullir comida pegajosa y casi cruda, además de familiarizarse con toda clase de entes deformes) que antes de atravesar la barrera y las verjas que vigilaba don Alberto, le hubieran causado espanto. Y encima, ya distinguía un cierto deleite en transportar el cuerpo casi inerme del bolsista bajo las gotas que descendían impalpables, pellizcándole sutilmente el rostro dichoso. El agua lavaba el vaho a alcohol de su carga rápidamente, el paisaje circundante a la plaza San Martín cobraba una hermosura sobrecogedora en la penumbra estival, levemente húmeda, que estaba atravesando, y si bien los guardias del estacionamiento la contemplaron con desprecio, su esfuerzo la había gratificado ampliamente, dándole una felicidad instintiva e inexplicable: el mero hecho de llevar un hombre inconciente, rotoso y presuntamente cruel a sus espaldas. Cada segundo del trayecto hacia el auto se imprimía en su memoria con alfileres perennes, contenían en sí más emoción que el mejor acto sexual de su vida, si le resultaba posible determinarlo como ella creía… Cecilia y Silvia venían pavoneándose detrás de Gustavo, quien le advertía a la ciega dónde se habían formado charcos para que los esquivase. Los transeúntes entrechocaban sus paraguas, algunos rotaban sus cabezas para espiar sus movimientos. Gustavo inició un trote al divisar que, con toda la satisfacción y agilidad que le estaban brindando sus aventuras con los paralíticos, Inés no tenía dónde ni sabía cómo apoyar a Pimienta para poder abrir cómodamente la puerta de su auto, y mucho menos, desconectar la alarma que había comenzado a sonar fastidiosa. Arribó a auxiliarla, justo para atajar las llaves que se le caían a la periodista durante su forcejeo con el bolsista desmayado. El abrió una puerta trasera y entre los dos lograron acomodarlo, inclinado sobre el suave asiento afelpado. Gustavo le dio dinero a Cecilia para que cazara un taxi con Silvia.

-No entramos -les dijo.

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