Los Deformes – Capítulo 16

Gustavo abrió la puerta, esparció un poco de desodorante y se sentó al escritorio, pretendiendo estar concentrado en un prospecto de un congreso de cirujanos. Ella ingresó, con una primorosa remera negra cortita que le remarcaba las erguidas tetas, resaltado su tostado ombligo por un arete dorado. El se levantó, le dio un ligero beso en la mejilla y la invitó a sentarse en su silla giratoria. Ella colocó su grabador arriba del escritorio mientras él se arrimó con otra silla más incómoda, de plástico marrón y finas patas negras de hierro.

-¿Estás listo? -le preguntó ella.

-Todavía no. Quería preguntarte si le mostraste al jefe de Artes la carpeta de Mariana.

-Sí, se la dejé. Me dijo que la semana que viene me daría su opinión, que a primera vista le parecían dibujos muy seductores y que era muy probable que la contrataran. ¿Ahora sí puedo grabar?

-Sí, comenzaré por lo práctico. Si no alcanza con destacar mi natural inclinación por ayudar a los necesitados e impedidos físicamente, o mis ganas de fundar con ellos una comunidad, forjándoles un carácter campechano, voluntarioso y, por supuesto, combativo; me remontaré a mis primeros años de vida. Seré escueto: te diré algo que cabrá en unos pocos renglones, porque no es interesante mi historia sino las de ellos, puedo asegurártelo.

-Es exactamente lo que preciso, lo único que me falta para cerrar la nota: un resumen de tu infancia y tu adolescencia.

-Podés poner que no tuve hermanos, que mi padre era un changador en el puerto, que abandonó a mi madre cuando yo tenía ocho años al irse tras las faldas de una prostituta polaca, a la que intentó llevar de vuelta a su país para fundar una nueva familia, proyecto que fracasó al descubrir el capitán del barco griego en el cual lograron alistarse que él era un bebedor inútil para las duras faenas de un barco mercante y ella una pésima cocinera que exaltaba y distraía a su tripulación. Decidió entonces abandonarlos en un puerto de Costa de Marfil; y eso fue todo, en la oficina de la compañía naviera no supieron decirle nada más a mi madre. De ella tengo mejores recuerdos. Era una devota cristiana, educada en un convento, que había sido violada y ultrajada por un cura una semana antes de conocer a mi padre. Decidió abortar su vástago, creyendo siempre en la dadivosidad y la bondad del Señor. Un deslumbramiento engañoso la llevó a elegirlo como esposo pero él no era muy distinto al párroco cruel. Me cuidó y protegió en un minúsculo departamento de un bravo arrabal de Dock Sud que le concedió su hermana, una activa dirigente peronista, hasta que (teniendo yo ya catorce años y habiendo conseguido mi primer medio para ganar dinero, repartir los periódicos vespertinos por el barrio) se enfermó de una leucemia que la fulminó en menos de una semana. Me tuve que formar forzosamente como un autodidacta. Leyendo la biblia y las confesiones de los santos adquirí esa preocupación por los débiles y los desamparados. Y además tenía bronca por la muerte de mi madre y por el carácter incurable de algunas enfermedades. En el barrio, los chicos de mi edad me respetaban porque pude conquistar (apelando a mis nacientes recursos poéticos) a la mina más atractiva del Doque. Me dejaban pasar sin robarme. Y seguí trabajando. Ya entonces me interesaban mucho las artes medicinales y conseguí un puesto de enfermero en un asilo de ancianos. Vos dirás si encajan estos hechos con mi posición actual. Esta es la verdad, y su única mancha es la época, al final de la dictadura, en la que me entregué a una pasión bohemia como la simple escritura de cuentos, a recorrer tugurios y recopilar declaraciones de torturadores que estimularan mi imaginación, a experimentar con drogas como un vulgar estudiante universitario, a catar el sabor de la mayor cantidad de vaginas a mi alcance, al desenfreno y a toda clase de sinrazones que me contactaron con los subyugantes movimientos culturales vanguardistas. Pero eso es posible sintetizarlo refiriendo: “y además de velar por sus pacientes, escribe poesía”. ¿Grabó? -le preguntó él.

-Sí, perfecto -dijo ella. -Ya pasó la mitad del tiempo que me prometiste. ¿Alcanzará el resto para que me transmitas la horrible historia que te tenía sobresaltado? Podés confiar en mí.

Gustavo se quedó pensativo, sacándose unas legañas, sumergido en un abismo de melancolía, preguntándose si en aquellos bochornosos años de principios de los ochenta había sido dichoso. No, no tenía de qué avergonzarse.

-Esos quince minutos pueden transformarse en horas, todo dependerá si luego deseás sumarte a la continuación de la historia.

-No te entiendo.

-Entonces escuchame atentamente. A uno de mis pacientes, uno de los más pequeños, le cortaron una oreja; supongo que fue por maldad aunque pudo haber sido azarosamente. Esto es: un borracho inconsciente que lo abruma y se aprovecha de su inocencia, lo escupe y desea ver fluir sangre, además de sentarse en un colectivo atestado. El niño lo contó de otra manera. Si bien es proclive a idear mentiras fabulosas, es un chico con una elevadísima capacidad intelectual; percibe la realidad mejor que cualquier otro de este instituto. No le costó embaucar a su familia asegurándoles que todo había sido producto de la casualidad, un piedrazo que hizo añicos el centro de la ventanilla próxima a su perfil, aunque a simple vista, el corte reflejaba un calculado golpe, la certera caída de un filo, sangre y carne coaguladas por el efecto de un sólo navajazo; sin otros focos que hubieran provocado las esquirlas de un vidrio derribado sobre su carita. Los médicos que lo atendieron no le creyeron ni una palabra pero él persistió en negar que se trataba de algo más que un accidente. Si lo hizo por resignación o piedad aún no lo sabemos. Dentro de un rato iré a hablar con él y nos enteraremos. Toda esta versión y la de la agresión del borracho me las contó Cecilia. Cuando yo lo conocí tenía una prótesis provisoria que me impedía sospechar la verdad. El niño se lo confesó a la ciega en un rapto de sinceridad, y juro por Dios que la historia me ha impactado. ¿Vos qué creés?

-Que sigo sin comprender. Es todo muy terrible pero las dos posibilidades me resultan absurdas. ¿Cuál vendría a ser la continuación de la historia? ¿Querés que esté presente cuando hables con él? ¿Qué otra cosa puede realizarse ahora más que ayudar al niño a recuperar su audición? Vamos, explicame -le suplicó Inés.

Gustavo no reaccionó, sólo atinó a rascarse la pera y entrecerrar los ojos. Ella se cruzó de brazos y luego chasqueó los dedos para sacarlo de sus reconcentradas cavilaciones. El entonces se pasó la palma de la mano por la frente y dijo:

-¿Qué es lo que te parece absurdo? ¿Acaso me expresé atolondradamente?

-No, por supuesto que no. Me refiero a que hoy no sirve para nada averiguar la causa de su desgracia. El niño se está rehabilitando y no necesita revolver viejas y feas historias.

-¿Y qué le dirías al hombre que le cortó la oreja si lo tuvieras enfrente? “No creo que su acción agresiva haya sido sensata. Verdaderamente, considero que usted no se comportó como un caballero; pero no se preocupe, el chico lo ha olvidado todo”. Pues seguro que no le dirías esto…-le insinuó Gustavo.

-¿Pero por qué te obsesiona tanto? ¿Y qué seguridad tenés acerca de lo sucedido? ¿Sus parientes mostraron resquemores alguna vez? ¿Por qué estimás que a él se le ocurrió no decir la verdad?

-Estas cuestiones ya no importan tanto: ubicamos al borracho y en un rato iremos a conocerlo. Si aguardás un momento; él podrá responder a tus preguntas.

Gustavo levantó el tubo de su teléfono y le pidió a Florencia que fuera a buscar a Nicolás. Tres minutos más tarde, el niño, agarrado de la mano de Silvia, ingresó a la oficina-laboratorio-habitación con sus meneos de cabeza huidizos y sus pasitos tímidos.

-Hola Nicolás -le dijo la periodista con una amplia sonrisa.

El pequeño sordo frunció la nariz y guiñó alternadamente uno y otro ojo; y después, con voz suavemente ronca y profunda, con el seductor dejo de excitación e inseguridad que poseen todos los medio sordos, respondió al saludo.

-“Hola”. ¿Por qué me sacaron de la clase de inglés? ¿Qué pasa? Yo no lo hice. Fue Maximiliano el que dejó la rata en la pieza de don Alberto.

Gustavo soltó una carcajada e Inés se puso seria repentinamente.

-¡Ya tenías que decir barbaridades! ¡Si te dije que no era para retarte! -le reprochó la ciega.

-Está bien, Silvia, dejalo. Podés volver a la secretaría -le dijo Gustavo a la celadora.

Esta soltó al niño, dio media vuelta, y con extraordinaria soltura salió por la puerta sin siquiera tantear su marco. Se escucharon sus rápidos pasos bajando la escalera sin tropiezo alguno, y el comienzo de su rápida carrera hacia el parque, ya que estaba apurada por juntarse otra vez con Cecilia para proseguir su interesante charla sobre sueños eróticos y recetas afrodisíacas.

-Vení, acercate -le dijo Gustavo a Nicolás. -No tengas miedo, y si tu audífono llega a descomponerse, no confundas los movimientos de mis labios.

-Bueno -dijo el niño con un mohín tierno, cuidadosamente dirigido a Inés.

Se aproximó entonces a ella y le dio un delicado beso en la mejilla. Nicolás era gordito para su edad, usaba el pelo corto y parado; su cara sólo podía inspirar simpatía o respeto (ojos negros, nariz chata, boca redonda y cejas finas).

-Queríamos conversar un poco con vos -le dijo Inés.

-Tenés que ser franco con nosotros -siguió Gustavo.

-Pregúntenme lo que quieran -dijo el niño.

-¿Te acordás cómo eras cuando llegaste aquí? -le preguntó Gustavo.

El niño retrocedió un tanto, subió el volumen de su audífono y contestó:

-Sí.

-Casi no abrías la boca y nos mirabas con desconfianza -le recordó Gustavo.

-Sí, me parecía que estabas medio loco -dijo el niño.

-Bueno, todos lo somos un poco, hasta la señorita Inés hace de vez en cuando alguna locura.

-Sí, pero no hay que comportarse todo el tiempo como lunáticos -acotó Nicolás.

-Me enteré de tu confesión, de la historia que le contaste a Silvia -dijo Gustavo pausadamente, tomando un brazo del niño con ternura.

Nicolás se sonrojó y dio dos pasos hacia atrás. La señorita Inés le extendió una mano afectuosa pero el niño no la miró.

-Vos sabés que en la comunidad no tenemos pautas rígidas. Si en un comienzo te comprometiste a ser sincero con nosotros, eso no nos importa: podés mentir mil y una veces y nadie te lo reprochará. Pero ocultar las cosas no ayuda en este caso. Es una rara ilusión querer que todo funcione dulce y armónicamente. No voy a dar más rodeos ni te voy a pedir que me lo cuentes. Queremos que estés tranquilo, que llegues a ser un buen hombre, que no te conviertas en uno de esos pasajeros indiferentes, fríos como máquinas desenchufadas y abstraídos por disputas miserables, que viajaban contigo aquel día.

-¿Y cómo lo van a lograr? -preguntó tímidamente el niño.

-Principalmente, reconstruyendo tu oreja y recuperando tu audición, objetivo al cual nos estamos acercando. El resto depende de vos: en la comunidad no obligamos a nadie a comportarse de tal o cual manera; todo es dicutible.

Nicolás volvió a acercarse y abrazó a Gustavo, que estaba perdiendo un par de lágrimas, al igual que Inés. Después recogió la mano de la periodista y la aprovechó para secarse los costados de sus ojitos.

-¿Ya está? ¿Puedo retornar a la clase de inglés? -preguntó.

-¿Y te vas así, lo más campante, sin decirnos nada? -le preguntó Inés.

-Y si ustedes no me preguntaron nada especial…

-¿Es verdad entonces? ¿Fue un borracho, un tipo que tenía mal olor? -le inquirió Gustavo.

-Sí, pero recordarlo me pone nervioso, y ustedes querían que estuviese tranquilo. Se lo dije a Silvia cuando estábamos juntando las botellas con uvas fermentadas que preparamos con don Julián. Una tenía un olor a podredumbre que me trajo a la memoria el episodio; ya ven que lo había olvidado con facilidad. Pero todo lo vivido ese día regresa de alguna forma a mi mente. Los manifestantes estaban furiosos y sin dificultades pudieron haber lanzado un fatal cascote. Cuando me estaban trasladando al hospital lo imaginé todo, y muchas posibilidades más (que me mordió una piraña durante mis vacaciones, que los policías balearon el colectivo y una bala me perforó la oreja o que un mono me la arrancó en el jardín zoológico). Con mi creatividad, las facciones del canalla se desdibujaron por completo de mi vista y a la semana ya no lo hubiera podido reconocer -se desahogó Nicolás, expresándose con fogosidad.

-No sabés cuánto me alegra oírte hablar de esta manera -le dijo Gustavo.

-Son un chico muy valiente, sabés enfrentar muy bien las contrariedades -lo animó Inés.

El niño ya estaba girando sobre sus talones para marcharse cuando un fuerte carraspeo de Gustavo lo detuvo.

-Todavía debo decirte algo. Después de escucharte estoy más sereno. En estos días estuve recorriendo las comisarías de todos los barrios para hallar al borracho. Cuando me enteré de lo sucedido, la rabia me obnubiló y mi único propósito era realizar una cruel venganza.

Nicolás abrió su boca formando un agujero perfectamente redondo. Con la mano bien abierta se palpó su oreja artificial y le dio pequeños e incrédulos golpecitos. Le pidió a Gustavo que hablara despacio para leer de su labios las palabras que iban saliendo. El relato sincero de su protector lo había enojado, molestándole hasta los huesos.

-¿Y vos qué evidencia tenés de que se trata del hombre que me arrancó la oreja si ni yo mismo podría distinguirlo aunque se plantara enfrente de mis ojos? -le preguntó, y en seguida agregó:-¡Pasó hace tanto tiempo!

-Ninguna palmaria. Hice una investigación por cuenta propia, y dí con un hombre que reúne todas las características: borracho, pestilente, con una navaja colgada de su bolsillo e hilos de baba surcando su mentón.

-¡Pero hay muchos así! -exclamó el niño.

-Es verdad, son tipos resistentes; nada puede dañar su temple y sus hígados son más sanos cuanto más alcohol ingieren. Esta noche pensaba ir a buscarlo para traerlo acá, pero antes quería conocer tu opinión: ¿estás dispuesto a perdonarlo?

Nicolás movió la cabeza como un robot, con una mano agarró su cuello que estaba rígido. Cerró los ojos, apretándolos como si le hubiese entrado una basurita o como si una sierra eléctrica estuviese chirriando dentro de su cerebro.

-¿Qué? ¿También le prepararás una cama en mi habitación? No, no aceptaría sus disculpas. Además, le pediría a Valdemar, a Martín y a Maximiliano que lo muelan a coscorrones.

El niño se largó a llorar en los brazos de Inés, limpiándose los mocos en sus ajustados pantalones negros. Su llanto era entrecortado por accesos de tos y sus pernetas pataleaban el aire.

-Vamos, ¿no te da vergüenza? -le preguntó la periodista, más preocupada por la humedad que sentía en sus esbeltas piernas que por la virilidad y la compostura del niño. -¿Por qué no nos olvidamos de todo este lío? -le preguntó luego a Gustavo, sin poder sacarse todavía al pequeño de encima.

-¡No! -gritó Nicolás, demostrando su inconstancia y su vulnerabilidad, tanto como sus ojos negros encendidos de furia. -Ahora no podés recular. Traélo, dale una oportunidad a que se reconcilie conmigo. Recién estallé como un idiota pero a esta altura, lo más sensato será recibirlo como si nada hubiera pasado. Yo estoy satisfecho con mis nuevas orejas y pronto, según tus propios pronósticos, recuperaré toda mi capacidad auditiva. No tengo rencores y además, me interesa observar cómo se cura a un borracho. Puede servirle de ejemplo a Maximiliano.

-¡Así habla un hombre! -exclamó Gustavo, y chocó su mano con fuerza viril contra la del niño. -Sólo te pido que no le hagas comentarios a ningún compañero sobre el asunto que hemos conversado. Ahora andá a la clase, que el inglés es muy importante para tu educación. Y procurá relajarte: te aseguro que el hombre puede cambiar, y casi diría que, después de nuestro tratamiento, será incapaz de matar siquiera a una de las tantas cucarachas que circulan por los bares que suele merodear.

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