Los Deformes – Capítulo 14

Ya lo tenía cercado al borracho. Se había enterado de su nombre, José Pimienta, por el rápido e inteligente acceso de su buscador computacional al banco de detenidos por la policía a causa de ebriedad; y de su apodo, debido a que el miércoles, el día posterior al de la proyección de la película de los locos, fue hasta la parada terminal a hablar con el inspector de turno de la línea que había tomado Nicolás el día fatal en que perdió su primera oreja, y el hombre, un cincuentón pelado de anteojos verdes con aspecto de esbirro decadente, reconoció inmediatamente la descripción que él le hizo de las costumbres groseras y criminales de un pasajero (-“Ah, ese siempre tiene una treta a mano para no pagar el boleto; la policía se ha agotado de registrar sus andanzas y ya no lo encierran porque ni siquiera sirve para fregarles los pisos de las comisarías. Los cantineros le dicen el ‘bolsista’; debe ser por su apego a la ginebra. Merodea por ahí, en la plaza de los Ingleses” -comentó el tipejo).

Un poco más tarde, cerca del mediodía, recorrió junto a Cecilia y Silvia las fondas de más baja estofa de Retiro hasta parar en una atendida por una cincuentona, morena y rolliza mujer que simpatizó con la ciega. Confesó ser la dueña del lugar mientras servía a sus dos clientes con sobrios y lentos modales. Había sido despedida once años atrás de su trabajo en el stud La Quebrada por llegar a una edad inconveniente para entenderse con los potrillos. Y con la exangüe indemnización concedida por sus dueños, había puesto el bar que atendía en diferentes turnos de acuerdo a los horarios escolares de su hija Perlita. Los invitó con media copa de vino blanco que no pudieron rehusar y les dijo:

-Sí, al bolsista yo lo protejo. Hace más de diez años que fielmente viene todos los jueves a la noche a tomarse su botella de ginebra y a despotricar sobre las injusticias de la vida. ¡Es un tremendo machacón pero yo lo aprecio! Cuando falta se que tengo que ir a buscarlo al día siguiente a la cuarenta y seis. Ese es un destacamento de malditos. Los agentes andan acosando a los que tienen cara aindiada, les piden coima de aquí y de allá (y si se niegan les dan capirotazos). Aquí también vienen a pedir sus buenos tragos y sus choripanes.

La vieja, a la que no le gustaba ahorrar explicaciones para todas sus frases pero sí divagar de tema en tema, los invitó a otra ronda que ellos aceptaron, aunque abonándola.

-Y díganme pues, ¿ustedes para qué lo buscan? -sin esperar la respuesta la gorda les siguió hablando mientras recibía un rotoso billete de dos pesos de uno de los parroquianos. -Como no tienen pinta de vigilantes ni se parecen a esos perros que vienen con ganas de clausurarme el local, les conté todo.

El cliente, un hombre mayor ataviado con un traje descolorido y desharrapado, descendió vacilante de su taburete y saludó con la mano levantada, mostrando un agujero en el saco a la altura de la axila derecha y un único y verdoso diente superior bailando cerca de la comisura izquerda de sus labios.

-Hasta luego -le gritó la doña, mientras el viejo se alejaba con pasos cortos y sesgados, marchando con una extraña dignidad a pesar de que parecía estar a punto de desplomarse, saludando de la misma alegre y ebria manera al otro cliente, otro hombre mayor mal rasurado y que no paraba de fumar cigarrillos de un tabaco pestilente.

-¿Y, no me lo van a decir? -les preguntó la dueña, alisando con sus macizos dedos el rugoso billete. -El no se enreda en asuntos ajenos -sentenció luego.

-Es por algo que pasó hace mucho tiempo, como cinco años -le dijo Gustavo.

-Dejame que yo se lo cuente -le pidió Silvia.

La gorda les dedicó una mirada atenta a los tres. Bajó el volumen del televisor donde unas cantantes tetonas sacudían sus traseros, y apoyó su ancho mentón sobre los puños de sus brazos. La ciega, haciendo gala de una creatividad que no le conocían, excepto en sus ensueños eróticos y sus dibujos, le relató a la atenta doña un cuento falso, aunque absolutamente verosímil.

-Usted debe saber las vueltas que da la vida, regenteando un bar como éste, en el que deben caer hombres con una gran cultura alcohólica -le dijo, a modo de introducción, con su voz plena y dulce, guiñando sus ojos ciejos y sonriendo delicadamente.

La gorda alzó sus espesas cejas y se río francamente.

-Son muchas, y todo se mueve como esa arma que vuelve al punto de partida de donde salió -filosofó la doña.

-¿Un bumerán? -preguntó Cecilia.

-Eso -afirmó la gorda morocha, -pero aún no me han dicho sus nombres. El mío es Perla -agregó.

Cada uno dijo el suyo, luego Silvia prosiguió su patraña.

-Así entonces, aunque el hombre fluya hacia el molde de la perfección, siempre caerá en la cuenta de que no es más que un bípedo débil y ridículo, un torpe aspirante a la felicidad, preocupado por fornicar, comer y dormir conforme a las medidas que sus gurúes recomiendan razonables y saludables. Somos animales, doña Perla, las mujeres menos que los hombres, pero aún seguimos siendo brutas e ilusas.

Gustavo arqueó las cejas e hizo un gesto de disgusto.

-Vos no pongas esa cara -le dijo la ciega, retándolo con el dedo como una maestra de jardín de infantes. -Ya lo ve, siempre se burlan pero están íntimamente convencidos de que somos las mejores de la especie. Con todas estas ideas quería que viera y comprendiera qué frágiles son las más afianzadas creencias de los hombres: todo puede volarse y explotar en menos de un segundo. Así perdí la vista, repentinamente. Mis ojos ni siquiera languidecieron. Sólo me desperté, y percibí que mi visión no era distinta a la que podía rescatar de mis sueños, con los ojos cerrados. ¿No le saltaron alguna vez chorros de aceite hirviendo?

Doña Perla afirmó con la cabeza. El cliente fumador la llamó y le pidió más cerveza que ella le acercó con amabilidad. Después Cecilia continuó con su historia, que aún estaba en su prólogo.

-Bueno, el ácido sulfúrico es mucho peor, y por querer ser meticulosa con mi trabajo en un laboratorio químico, levanté un burbujeante tubito de vidrio a contraluz para comprobar la densidad de su contenido, y en ese instante estalló para quemarme ambas retinas. No me ardió ni me dolió. Recuerdo que grité, y hasta que llegaron mis compañeros y mi jefe todo se fue nublando, y luego licuando en una densa y gigantesca bola negra. Con los años comencé a distinguir mapas de la realidad cuyos colores tornadizos se mutan, se agrandan o se achican deformando todos los contornos. Y la ceguera me ayudó a detener mi embrutecimiento. Acostumbrada como estaba a leer, privada de diarios, revistas, libros y enciclopedias, aprendí a pensar, a dejarme guiar por la infalible maraña de olores y sonidos que me envuelven todo el tiempo. Ya no me engaño con palabras escritas sin ton ni son. Si quiere vea la televisión, pero tampoco confíe demasiado en sus truculentas imágenes, que en su mayoría son truhanadas, y ponga el volumen bien bajito para que no moleste, para que esté en el fondo como un viejo mueble inútil. Estar enterada de lo que sucede en el mundo no reditúa beneficios, sólo nos trae sufrimientos y preocupaciones por dioses y países inventados. Recuerde que la salida y la llegada, el nacer y el morir, se reúnen en un mismo punto; el no ser. El ser comido por gusanos, si no tenemos la inteligencia para ordenar que nos incineren, no modifica la cuestión: nuestra alma siempre estará en otra parte; aún cuando vivimos, jamás podemos asirla, y miramos el cielo pensando que allí vivirá para siempre. ¡Tonterías! No les crea, son unos farsantes. Y esta historia se trata de un alma más, una señora acaudalada, heredera de una fortuna impresionante, que fraguó un testamento para acaparar los millones de su padre, en su mismo lecho de muerte. Para ello, primero se deshizo de un pequeño hermanastro suyo (de diferente madre) de dos añitos, a quien entregó a una pareja compradora de bebés de origen brasileño. Ella, que por aquel entonces tenía diecisiete años y un alto perfil comercial (como se dice ahora), llorando como una magdalena les explicó a sus padres y a los detectives de la policía que unos gitanos de la zona donde vivía, allá en Misiones, se lo habían quitado de sus manos al retornar ella a su mansión por una calle vacía y oscura del paseo habitual que hacía para ver el reflejo del crepúsculo en el río. Ella supuestamente adoraba al niño y nadie sospechó de su vil maniobra. El chico, habiendo adoptado un nuevo nombre, creció sano y fuerte hasta que, cuando había llegado a los ocho años, unos asaltantes acribillaron a sus padres. El se salvó porque estaba en la terraza arrojando cohetes a la luna. Sus explosiones se confundieron con las balas asesinas. Al descender y ver los dos cadáveres, decidió salir corriendo a ningún lado en especial, sólo quería alejarse de esa casa, olvidarla para siempre.

-No me diga que…-dijo doña Perla.

-Sí, se lo diré. El señor es abogado e investigador privado -dijo señalándolo a Gustavo, que asentía con la mirada humedecida por el alcohol y el humo barato a los que no podía acostumbrarse. -Una sobrina del potentado finado, rival de la cruel hermana y renuente a aceptar la historia del niño robado, como tampoco la autenticidad del testamento que le legaba a la malvada un montón de millones, lo contrató para que rastreara cualquier pista que pudiera desairarla. El se encargó de descubrir la trapaza. Se fijó en los desmedidos gastos de la adolescente, que no eran compatibles con la mezquina mensualidad de veinte pesos que le pasaba el viejo amarrete (según las cuentas de la prima), con esa tacañería retrógrada que distingue a los que padecieron terribles tormentos hasta acumular una fortuna, nacida de la envidia y la imbecilidad. (“Recuerdo que el viejo, con su reuma y su lumbago, no torcía el brazo ni exploraba demasiado en su bolsillo. Le daba sólo veinte pesos y amenazaba a mi tía, su madrastra y segunda esposa, que murió de cirrosis, con que le iba a romper la cabeza con sus botellas de whisky si se enteraba de que alguien le hubiera regalado a la niña siquiera un centavo. La muy hipócrita se compró en aquel entonces, una semana después de la desaparación de su hermanito, carísimos vestidos de luto y collares de perlas que ocultó en el arcón de su habitación. Sus padres estaban cerca de la muerte, y entonces, con la complicidad del abogado, a quien entregó su virginidad, suplieron el testamento verdadero por otro que ella misma redactó la noche siguiente al día en que se desprendió del niño. Yo sé que lo vendió a alquien y a buen precio. Se que muchos magnates vienen a la frontera a buscarlos” -narró la sobrina, que también anhelaba un poco de herencia). El fue a la oficina de migraciones y allí se enteró de los nombres de las personas que ingresaron desde Brasil en la fecha que le dio la mujer. En ese país, luego de un año de severas pesquisas, averiguó la historia de sus padres y le contaron que la criatura se había fugado a nuestro país. Volvió acá desesperanzado, creyendo que jamás daría con el heredero porque nadie había podido indicarle qué se hizo de él luego de tantos años. Y casualmente, la semana pasada, luego de hacer un trámite en el banco que está a la vuelta de este mismo local, le cedió una moneda a un borracho simpático cuya cara le resultó asombrosa por su parecido (especialmente la nariz violácea y con forma de horquilla) con la del padre de la malvada (su hermanastra) que lo había vendido. ¿Usted nunca le preguntó al bolsista cuántas lenguas conoce?

-Jamás -respondió doña Perla.

-Pues no importa. Cierto es que él se quedó atónito observándolo y el bolsista, cuyo apellido verdadero podría ser Anchorena, le preguntó por qué lo miraba de ese modo tan extraño. Sin calcular sus palabras, él balbuceó algo en portugués y continuó soltando frases chapuceras ante la intrigada mirada del bolsista, que al fin le replicó con simpatía en el mismo idioma. Así fue rescatando detalles que lo condujeron a concluir que él es el hombre que ha buscado durante más de cinco años, el dueño de un platal y de cientos de pinacotecas formidables. Para eso lo estamos buscando. Queremos restituirle su identidad original, hacer girar el búmeran y que el hombre abandone su paupérrima pensión y sus noches en los calabozos de la ciudad para pasar a ocupar las suites más lujosas de los mejores hoteles, o las mansiones que son actualmente usurpadas por su hermana. ¿Le parece una buena razón para buscarlo? -remató su relato la ciega. -Pareciera una historia digna de una farotona, una telenovela pensada a la ligera, pero le aseguro que así sucedieron las cosas. ¡No la estoy engaitando! -subrayó ante la mudez de doña Perla.

-¡Ay, santa madre de Dios! Yo sabía que era un angelito pero nunca creí que pudiera ser millonario. Habrá que darle un calmante antes de decírselo, el pobre puede sufrir un colapso -se preocupó la cantinera.

-Ya no podemos derrochar más tiempo. Ahora díganos cuándo podremos ubicarlo. ¿Este jueves tal vez? -le preguntó Gustavo.

-Seguro, si antes no lo agarran los polis.

-Pues estaremos aquí -dijo Gustavo. -Usted disimule y atiéndalo como siempre, sonríale y converse de cualquier tema. Nosotros vendremos a las nueve y se lo diremos -agregó.

En aquel momento entraron al tugurio un hombre veterano y apuesto junto a una joven muy bien atildada y de sensuales formas. El señor pidió tres empanadas de carne, un vaso de vino y un café cortado para la señorita. Cecilia giró su asiento y le guiño el ojo al cliente que echaba humo constantemente. Tocó con su mano la espalda de Silvia y la ayudó a descender de su taburete. Gustavo extendió su mano y sacudió levemente la carnosa, y untuosa en su superficie, de doña Perla.

-Los espero entonces ansiosa. ¡Uy, cuando se entere, virgencita! Espero que le sobre algo para hacerme un regalo; él, que me quiere tanto, no se va a olvidar de mi ayuda. ¡Ay, diosito, siempre te apiadarás de tus súbditos más abnegados y benévolos! -cantaba, más que decía, al despedirse de sus visitantes, mientras espiaba si las empanadas ya estaban suficientemente recalentadas.

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