La muerte de Carmen Miranda

Las playas de Río (sobre todo el agua) ayudan a olvidar la tristeza y desazón que fluyen en las calles (algún amor perdido, una muerte ridícula o inesperada, la impotencia que genera la pobreza o la arrogancia de los ricos). Cuando en los atardecerse se plasman paisajes fabulosos en el horizonte, los bañistas aplauden, y entre exclamaciones de agradecimiento a Dios fulminan con sus cámaras digitales la belleza de la naturaleza. Se oye un “ooohh” profundo y admirable.

La sensibilidad de la gente se encuentra a flor de piel, por eso sus mallas son tan escuetas y ajustadas. Río, la ciudad del sexo y del amor, orgía perpetua de los sentidos, recibe a todos los ciudadanos del mundo ofreciendo excitación y oportunidades gloriosas de probar la capacidad amatoria. La excitación obliga a desembolsar tarjetas de crédito o valiosas monedas extranjeras. Es muy frecuente oír la expresión “Valieu”, que quiere decir: “perfecto, tú aportas el dinero y nosotros el entretenimiento garantizado”.

Quise escapar a estas situaciones durante mi estadía en la ciudad, lo que logré gracias a mi mujer, que es tan mezquina como yo para las juergas. Los empleados del hotel eran antipáticos, y eso contribuyó a que no les preguntase a dónde se podía salir por las noches (aunque la oferta de cabarets o boliches nocturnos carioca se halla latente por diferentes vías). Así que lo que prevaleció fue mi desinterés y cierta actitud timorata. De hecho, tanta sensualidad explícita acabó por acobardarme. Queda sí la expectativa de acudir a alguna favela y experimentar allí con lo que encuentre. Incluso estoy dispuesto a sacrificar mi salud y mis días por conocer cómo es la vida allí, los códigos que se comparten, cuáles son los temas que les preocupan, en qué medida percibiré la tensión racial… El problema es que no tengo contactos y tendré que hacerlo todo por instinto.

Termina el día y la corriente de mis pensamientos me mantiene atento en mi cuarto, dispuesto a denunciar las injusticias que acontecen a diario en la ciudad. Una de ellas fue la muerte de Carmen Miranda, sobrecogida, obligada a soportar un ritmo de consumo de drogas y amores infartante.

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