La cama dura

Por fin salimos de Río, parecía que estábamos prisioneros de la ciudad, del Metro, de sus playas y su gente. Fuimos a Arraial do Cabo, un pueblito típico, de paisajes bellos y océano limpio, próximo a Cabo Frío. Ingresamos por pura casualidad a una posada que ofrece lechos de madera o piedra, así que dormimos como japoneses. Más bien, tomando en cuenta que estamos en Brasil, descansamos como jóvenes linyeras sobre la dureza del asfalto callejero. Luego de una panzada de mejillones y papas fritas –salteadas con cerveza- paseamos por la Playa Grande, vasta y blanca. Filosofamos entonces bastante sobre la idiosincracia brasileña, de cómo ligan o pegan cosas desconcertadamente, pasando con demasiada facilidad de la alegría radiante a la melancolía deprimente, de la serenidad de ánimo a la histeria más abyecta; o viceversa. Y esto no es fruto del calor o de la falta de seguridad: se encuentra en estado potencial en la sangre o en la conducta de cualquier brasileño, y sólo bulle libre o explota cuando los hechos de la vida les despiertan emociones intensas.

En nuestro camino sostuvimos diálogos absurdos con lugareños que no comprenden nuestro defectuoso portuñol (el “ta bom” es aquí insuficiente). Para lanzarse a conocer lugares como este campamento (Arraial) se necesita una buena dosis de atrevimiento y caradurismo, atributos de los que carecemos, por lo que nuestras impresiones son las del extranjero tímido. De todos modos, si nos dejamos llevar por sus palabras estamos acompañados por el Todopoderoso, ya que varios nos saludaron con el “Fica con Deus”.

Dentro de la posada miro la luz, las paredes de la habitación, me despliego sobre la cama dura, remuevo mi estómago con la mano, y la verdad es que no lo veo a Dios por ningún lado (ni siquiera en el perpetuo canal de TV evangelista). Cierro los ojos y la dureza del camastro me invita a recordar los martirios de los ascetas y sus búsquedas epifánicas. De esta manera me aproximo a la idea de Dios pero ni mamado podría hacerla tangible. Es un ejercicio espiritual reconfortante que nada tiene que ver con el cristianismo. Se trata de un esfuerzo por dormirse en la incomodidad más absoluta, y su éxito produce sueños preciosos.

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