Escritos doloridos II

A veces, el peso de nuestras palabras es inversamente proporcional al esfuerzo de la lengua para pronunciarlas. Algunas hieren con frialdad el orgullo y la vanidad de nuestros oyentes, cuando nos decidimos a no ser amables; otras caen abruptamente desde sus orejas, tocan sus corazones e inflaman un deseo indefinible de contestarlas, pero estas precisamente, las más punzantes, utilizadas para inmovilizar a nuestos semejantes, tienen muy pocas posibilidades de ser replicadas con algo más que impotentes insultos. Las halagüeñas resbalan por nuestra boca. Al ser livianas como migajas de pan mojadas en leche, pueden ablandar el pecho mejor templado por la miserabilidad. Muy pocas se instalan en la memoria de nuestros destinatarios, sólo las que clandestinamente les convencen de que la muerte es necesaria.

Los objetos modernos se rompen con más frecuencia que los antiguos. En las fábricas se moldean aparatos cuya caducidad está calculada minuciosamente. Las vertiginosas ansias de los compradores por consumir lo novedoso a ultranza, fomentadas por los estrategas de los gobiernos que imperan cual virreyes en nombre de unas cuantas empresas -especialmente las dedicadas al tráfico de armas y drogas-, se expanden de un ciudadano acomodado a otro. Moldean sueños materiales y corrompen la imaginación tornándola ruin. Esas son sus consecuencias menos perjudiciales. Si un frenólogo avezado estudiara las facultades instintivas de estos sujetos detenidamente, se arrepentiría de sumarse a la secta de Gall, puesto que encontraría tantas desproporciones a favor de la capacidad recolectora de dinero y tamañas averías en los sectores de desarrollo espiritual e intelectual, que abandonaría la fisiología y dejaría de manipular mapas cerebrales. Además, los satélites conectados a las antenas obligan a mantener un perverso mecanismo de comunicación perpetuo, ya que siempre tendrán equipamientos para reemplazar hasta la eternidad. Ellos mismos lo reconocen sin tapujos.

Tienen asegurada una presencia infinita. Son los creadores de las tecnologías que imperarán en el tercer milenio. Tienen departamentos propios y rigen las tendencias de la moda. En su mayoría son muy jóvenes, pero ronda entre ellos algún que otro viejo. Han abrevado de los libros más sabios y las películas más sutiles e inteligentes. Son muy unidos el uno con el otro, y aprecian sus mutuas ocurrencias para manifestar su desprecio por los necesitados y miserables. Están pendientes de los fracasos ajenos y los contabilizan mejor que los cumpleaños de sus íntimos amigos. Están advertidos de los vaivenes de los mercados internacionales y aprenden a comportarse como excéntricas personalidades. Pueden ser actores de televisión o novelistas exitosos, redactores publicitarios y especialistas en algún arte extraño o disciplina relacionada con el bienestar del cuerpo y la mente. ¡Aj! ¡Qué odiosos son!

El tortuoso camino de la infelicidad no puede ser sobrellevado por personas blandengues o histéricas. Quienes lo afrontan con temor y retahílas de cobardes lamentaciones autoindulgentes perecerán como mustias hojas otoñales.

Protesto, escribir es mi forma de protestar, aunque sea en un cuaderno roto y con mala letra. La sociedad quiere hechos y cosas prácticas que no le puedo dar: sólo cometer un crimen o alcanzar mi propia muerte me reconciliarán con ella. Llevo un karma, un lastre que no puedo arrancar de mi corazón, pesado y pomposo, sólo escribiendo logro desambarazarme de él.

Enfermo, no pierdo la fe en que conquistaré momentos gloriosos, épicos y dignos. Ahora contemplo dulces cuerpos de mujeres ambiciosas, constato que no lograré conmoverlas con mi poesía. La genialidad me ha abandonado, estoy huérfano de ingenio y mis ideas no logran enlazarse con la realidad. Hace años que estoy así, tal vez desde mi nacimiento.

¡Qué fácil es la tontería! Ahora entiendo por qué me abrazo a ella. Encima es barata y hasta puede provocar sonrisas. Cuando me entontezco accedo a estados de felicidad y calma que ni la droga me provee. Seduzco a la mayoría de las mujeres (tontas) para llevarlas a la cama. En esos instantes no soy consciente de que actúo como un tonto y por ello suelo fracasar. Las mujeres (las tontas) se escapan ante el primer asomo de seriedad o solemnidad. A todas luces, es preferible la soledad, el quietismo, la contemplación, que andar persiguiendo mujeres. Cultivando estas tres virtudes es posible alcanzar la eternidad, una eternidad pasajera y bienhechora.

Artista y revolucionario: conjugación que hoy es imposible, y que en el siglo pasado, sobre todo en su primera mitad, era bastante frecuente. En verdad, en el siglo XXI es una extravagancia encontrar un auténtico artista, y todo aquel que amaga con ser revolucionario enseguida es cooptado por el sistema, y se torna dócil o burgués. Nadie valora la hidalguía y se ridiculiza el amor abstracto por la humanidad. Es considerado un ingenuo todo aquel que propone la abolición de la propiedad privada, como si fuera un sinsentido y no una necesidad primaria para revertir el rumbo horripilante y cruel que viene tomando el mundo, o si se quiere, la historia del hombre. Si se analizan las consecuencias inmediatas de esta medida, que no es compleja de implementar, como plantean los ideólogos e intelectuales de las elites dominantes, la anterior premisa se corrobora. Es decir, quien conoce un poco de teoría del Estado lo sabe, y no hay en mis palabras añoranzas de comunismo. Me declaro bakuniano hasta los tuétanos, y creo ques es una misión de los escritores adiestrar a los hombres sobre cómo se los manipula en la aldea global y en la sociedad de consumo.Ahora ya no es la iglesia, en connivencia con los grandes capitalistas, la que veja y oprime a los pueblos. Los shoppings y la TV se encargan de todo.

En este contexto, mi brújula es Miguel Prieto, hoy olvidado e ignorado por las mayorías a pesar del desliz de haber sido amigo de Neruda. En mi país hay suficiente pobreza y campesinos para rescatar sus ideales. Abandonaré todo y me sumergiré en “El Impenetrable”, allí hallaré inspiración para revivir.

Ver cómo la gente disfruta de pasear, del tiempo sereno o de la noche estrellada me causa náuseas. Vomito ante la felicidad ajena: siempre me parece espuria, sustentada en la explotación o en la injusticia.

Otra medida a adoptar en mi hipotético gobierno sería la prohibición del juego de loterías, aunque esto sería una decantación de la medidas descripta anteriormente –abolición de la propiedad privada-.

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