El tratado de Cupido

“¿No me dices tu fortuna?” –se lamentó ella;

y luego, de un modo más lento,

y con aire rudo se puso a mi lado —

“Y recuerda que no hay resentimiento”.

Las cosas que dije eran tan verdaderas como

las que nunca te dijeron a ti

un vidente dotado o la turba de gitanos —

No pienses que estoy inventando.

“Primero haz tu deseo pero no me digas”,

(oh, sí, ella conocía mi anhelo)

Desde entonces no puedo decir la verdad, verás;

algunos cosas aún se están discerniendo.

¿Pero qué es esto? Una simple dama,

De semblante vivaz y elegante —-

Los próximos Cinco de los Bastos, “¡lo que significa, cuidado!”

(Oh dios, mis oídos se están quemando)

“Y luego tú, Bribón de Corazones,

en peligrosa conjunción

con la espada de Cupido,

que apunta sus dardos hacía ti sin compunción.

Entre tú y ella dobló su arco,

¿y mi consejo? Sucedió que fuiste

a la Corte de Cupido, e inclinándote bajo

rogaste por un mandato”.

“No vi más los cuentos de tu fortuna;

las cartas se contradicen;

pero espera, ¿qué es esto, dentro de un Cuatro?,

¿esperando a un nombramiento? —-

Hasta que se hizo a su modo, “vendrá a tí

una esquela amorosa dulcemente perfumada,

una muy encantadora carta de amor,

y muy decepcionante”.

“Tu deseo está en blanco; pero para el resto,

recuerda lo que te han vaticinado,

y —- no, no deberías protestar,

ni decir que te he engatusado.

Ven señor, confiesa; no puedes negar

las verdades que te he dado —- porque

las cartas decían eso”. Y yo contesté

“quisiera saber quién te lo dijo”.

Y así fue como todo comenzó,

y porque ella me llamó “Señor,

porque ella estaba en el parque cuando

fui a encontrarme con mi hermana.

Porque ella no la conocía,

pensó lo peor de mí —-

Eso es —- Yo —- bien, la besé.

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