El sueño del socialista

La habitación era estrecha, y fría y adusta;

él reinaba como un supremo, el rey de la suciedad;

debajo de la sombreada ala desgarbada de su sombrero,

vió el mundo que se ceñía a su alrededor:

pero sus pensamientos tenían formas más suaves

que el hedor y la suciedad expandidos por el recinto.

Desaparecida la presión de la miseria,

la estampa del vicio y la cara de la pobreza,

las escenas que estaba acostumbrado a ver,

las cosas tan bajas, tan viles, tan ruines:

entre sueños, tuvo una larga observación,

donde la verdad era reverenciada como lo antiguo.

Una tierra de honestidad y frugalidad,

donde el trabajo tenía su debida recompensa;

donde cada uno aplicaba su don especial;

no convertía la reja del arado en espada

para robar el oro de su vecino,

sino que lo ayudaba en vez de codiciar vorazmente sus bienes.

Vio la tierra enriquecida por los hombres,

que gloriosos en tal vida honesta,

a la par de los más conocidos,

cuyos placeres se hallaban en lucha mental;

pero quienes, como auténticos y valiosos camaradas,

estaban enrolados en la hermandad del hombre.

Escuchó elevarse el rumor de la alegría,

desde los corazones contentos y las luces brillantes del hogar;

una alegría que, trepando, llegó hasta los cielos,

y gritaba “¡Festeja, no existe la noche!”

No era otra cosa que una melodía que envolvía

a las almas para que se aseguraran dentro del redil.

La verdad y el honor eran valorados,

Y la pureza de pensamientos y la hazaña.

Las multitudes, adoradoras, contemplaban,

y en sus corazones recibían la semilla;

y la justicia, con firme convicción,

varias dulces verdades les dijeron.

La visión ideal brilló delante de él;

su corazón entró en éxtasis;

se despertó – ya no estaba solo,

porque alguien había golpeado bastante fuerte:

la puerta se abrió e ingresó

una mujer con fría actitud.

“Me debe el alquiler” dijo la mujer.

“Fue debido a estos varios, varios días:

alimenté tu cuerpo haragán –

¡díme!, ¿cuánto puedes ganar?

No, no nada se ve tan feroz y audaz

como el brillo de la plata o el oro duro”.

El socialista, con acentos suaves,

le dijo una mentira sobre el lugar,

y su suave alma fue engañada con facilidad,

por el maravilloso tesoro que él tenía:

su tía había muerto; las campanas habían sonado;

suyo era el dinero, de ella el molde.

Entonces lo contrató como un trabajador –

olvidada fue su visión pura –

quien tenía la mano lastimada y la cara pálida,

e hizo el mayor conjuro de mentira.

El hombre de su escasa pitanza repartía

el precio por el cual la mentira fue vendida.

Las visiones pasan placenteramente,

más allá de su sueño tan brillante,

el dinero que le había prestado su amigo;

contemplando en el medio de una luz mágica,

la querida Utopía desplegada,

aquella a la cual se refirieron tanto los videntes.

Desvanecido todo pecado y deseo alocado;

olvidados estaban los hechos ruines y bajos;

ni pensando en su ira vengativa,

caminó entre otra raza,

de hombres que nunca habían halagado a sus amigos,

pero la verdad y la virtud eran valoradas.

Sucede lo mismo con todos los pobres mortales aquí,

cuyas naturalezas duales luchan por el salario;

quien por desgracia deja caer una lágrima,

entonces envuelto en la lucha por la vida,

y con sus pasiones descontroladas,

desataron su rabia en salvaje persecución del oro.

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