El amauta hace el viaje inverso de Colón

La inmensidad del océano le sirvió a Fausto para catalizar su creatividad. Se llevó varios cuadernos de mil hojas donde plasmó sus impresiones de la navegación, imaginando ser un indio del siglo XV, dispuesto a conocer otros continentes con hombres de pensamiento distinto y dioses caprichosos, anhelante de historias asombrosas. Su mente se adelantaba tanto a su destino que escribía todas de antemano. También dedicaba varias horas a la disquisición política y geoestrategia mundial. Compartía camarote con Choque, Huañapaco y Pacsi, hombres llanos que sólo hablaban quechua y cuidaban a su líder como si fuera un importante comandante. Todos tenían el aspecto de cholos desgarbados. En el buque iban varios grupos de intelectuales y políticos argentinos, uruguayos, paraguayos y brasileños. Escaseaban las mujeres y eso contribuía a que el viaje fuera silencioso y sin inquinas. No los molestaron submarinos nucleares ni naves petroleras. Si bien se trataba de un barco carguero Fausto había decidido viajar como pasajero común, pudiendo los demás optar por realizar trabajos de limpieza y/o cocina. De hecho, la mayoría fregaba pisos, descargaba barriles y se ponían a disposición del capitán para tareas especialmente pesadas. Reinaga no era de esos, no necesitaba demostrar que era un auténtico obrero o un hombre de pueblo. Casi no hablaba con sus colegas sudamericanos, algunos de ellos interesados en su obra y en su comportamiento. Sus compañeros de camarote vigilaban que nadie se acercara a su cuchitril. Ese carácter arisco le iba a generar varios enemigos, que se quejaban de su egocentrismo y su orgullo desbocado. Sin embargo, el capitán se encariñó con él, y lo recibía en su oficina casi todas las noches para que le informara cómo avanzaba el itinerario que él llamaba “anticolonista”, que además era anticolonialista. Fausto se explayaba y ya le planteaba ciertas reticencias al marino, confesándole que su marxismo estaba cada vez más flaco a medida que se enteraba de los desastres que se estaban haciendo en honor al pensador alemán.

-Siendo burgués y europeo se entiende que sus postulados se hayan prostituido fácilmente, sus herederos son iguales a los gobernantes que él cuestionaba.

Fausto no titubeaba al hablar, fantaseaba y vertía las palabras como un profeta vetusto:

-… Pero volviendo a nuestro viajero, puedes llamarlo Amauta, él presintió que iban a venir los españoles a América y se propuso investigar qué había más allá de los mares. Se fabricó una balsa flexible y resistente y partió del puerto de Barranquilla con una brújula y una carta de navegación caseras. En todo caso, Pachacama, Tunupa y Viracocha lo guiarían en su periplo. Estos dioses geniales también fueron adorados en la hundida Atlántida, y dieron felicidad a pueblos heroicos y guerreros. En los primeros días, Amauta construyó una guara con sus propias manos, las agujas y unos hilos que le había regalado su madre, para controlar la dirección de la balsa. También hizo una vela triangular que le permitía manejar el viento a las mil maravillas.”

El relato fascinaba al capitán, la voz de Fausto tenía una ronquera cautivante. Cuando Reinaga soltaba la lengua era capaz de narrar mil historias y leyendas. Tenía una gran inventiva. Además, paraba cada veinte minutos para beber un trago de chicha, y entonces aprovechaba para comentar pasajes del relato o adentrarse en algún detalle. El capitán brindaba con él saboreando un vino argentino. Ya el barco había cruzado la mitad del Atlántico y se estaba enderezando hacia las Islas Canarias.

Los cronistas de mi pueblo cuentan que Amauta demoró tres meses en llegar a Palos de la Frontera, y eso porque se detuvo varios días a pescar porque a las dos semanas se le habían terminado las provisiones. Su viaje no tuvo ni un contratiempo, las aves y las estrellas también le sirvieron de guía, así como el calor y el fragor del mar. Al no tener tripulación, no temía a motín alguno y calculaba fácilmente sus raciones de agua y alimento. Decidía a su antojo los quehaceres y rutinas de la nave, manejaba a placer las velas y el timón. Su cabeza no descansaba y su imaginación estaba exultante. Con unos cáñamos elaboró sogas resistentes y con una piedra de sílice y filamentos de cobre creó una pequeña linterna que funcionaba recargándola con un amuleto de cuarzo que le había regalado su shamán”.

El capitán perdió levemente la concentración, un ligero sopor lo estaba invadiendo. El barco estaba oscilando dulcemente y la intemperie nocturna estaba hermosa. El vino estaba calando su ánimo y esto lo hizo eyectarse de su asiento para dirigirse al ojo de buey de su despacho, desde donde podía observar el cielo negro con una luna radiante que destacaba la figura de los marineros disfrutando del frescor de la cubierta.

-¿Por qué no salimos, Fausto? Lo veo a usted muy encerrado, trabajando sin cesar, debe despejarse un poco, hombre… -lo invitó el capitán.

Reinaga se había quedado enganchado con el relato. De la oralidad a la escritura no podían pasar más de diez minutos, para él un día flojo era aquel en que escribía cinco nuevas historias o leyendas, y cinco ensayos sobre política y el futuro de la revolución boliviana. Por el contrario, en un día bueno podía llegar a escribir más de diez historias, excediéndose también de los diez ensayos. Sobre todo las abyectas conductas de los yanquis y los europeos lo enervaban, viendo con malos ojos algunos comportamientos de latinoamericanos sumisos al imperialismo. El capitán lo pellizcó para que reaccionara:

-Venga, asómese a ver la belleza de la noche, las fuerzas cósmicas de la naturaleza… -lo incitó, señalándole el ojo de buey.

Reinaga estaba apostado en su escritorio, con sus gruesas gafas cubriéndole la mirada que se dirigía al mapa y a la botella de vino, en actitud de niño distraído. Ahí el capitán notó que había un abismo cultural en el medio, que el indio intelectual aquel no respondería a su petición. Entonces alguien golpeó suavemente la puerta del despacho, solicitando permiso.

-Adelante –dijo el capitán.

Apareció la figura de estirpe aymará de Choque, que solicitó su anuencia para llevarse a Fausto a su camarote. El capitán contestó:

-Lléveselo, me parece que hoy la chicha le hizo mal, de todos modos, me estaba contando una buena historia, de un indio que hizo que un viaje como el de Colón, pero de América a España…

-Sí, y usted no sabe lo que sucede luego, la historia se da vueltas como una tortilla, y somos nosotros, los indios, quienes terminaremos conquistando y sometiendo a Europa, eso se va a poder apreciar en el próximo siglo, en un mundo sin clases sociales ni países imperialistas, donde todos abrevarán del “buen vivir” del indio americano.

Los conceptos de Choque aturdieron al capitán. No sabía a qué diablos se refería pero sí que le sacaría a Reinaga de encima. En efecto, el lugarteniente se acercó al líder, lo codeó y le dijo:

-Hermano, es hora de ir a descansar, mañana pisaremos tierra y nos espera mucho trabajo y emociones.

Fausto hizo chirriar su silla y se levantó como si le picara el trasero. Saludó amablemente al capitán y le agradeció su atención.

-Ha sido muy bueno conmigo. Lo recordaré cuando escriba mis memorias…

El capitán sonrió y respondió con un gesto de grandeza:

-No es necesario, Reinaga, yo sólo soy un hombre que conoce de barcos transatlánticos, y al que le gustan las historias de pueblos y reinos remotos. Mañana me termina de contar las aventuras en Europa de este Amauta.

-Seguramente le encantará. Yo me siento heredero del Amauta, al escribir su historia también estoy dejando parte de la mía en el papel. Lo más importante es que descubrió las raíces del mal europeo: el sistema capitalista que legó el Renacimiento y el Iluminismo de fines de la Edad Media. A partir de ello, decidió reencarnarse en Tupac Amaru, Tupac Katari y Tupac Rumanu, nuestro mesías que nos liberará del yugo estadounidense, más o menos para el año 2020. Si uno ve la humanidad en perspectiva, el período de hegemonía de Europa no representa más que un suspiro. Y…

En aquel instante Choque lo interrumpió y le estiró el brazo para que detuviera su lengua.

-Vamos, Fausto, el capitán tiene que salir a cubierta a reunirse con los oficiales y corroborar el rumbo seguro de la nave.

Reinaga alzó sus manos, se agachó y salió del despacho con su característico paso de indio retobado. Choque lo condujo velozmente a su camarote, debiendo atravesar el salón principal ante las miradas interrogadoras de los intelectuales y políticos de otros países que fumaban y departían amistosamente. Aquella noche durmió en paz, sabiendo que a la travesía le faltaba un día menos. Aquel barco lo mareaba y temía enloquecer sin la presencia de una mujer. Eso era lo que más lo atormentaba, y lo que comentaba con mayor frecuencia con sus compañeros, que extrañaban en demasía a sus familias e hijos.

En Las Canarias permanecieron sólo cuatro horas, donde se abastecieron de víveres y tuvieron tiempo de amancebarse con mujeres de diferentes etnias. Muchos comunistas de la delegación no se cuidaron en tal distracción y contrajeron fuertes enfermedades venéreas. Sus aparatos reproductores quedaron hechos un colgajo macilento. Eso lo descubrieron al día siguiente, cuando se aprestaban a desembarcar en el puerto de Palos de la Frontera. El capitán invitó a Fausto al castillo de popa para contemplar la costa española con un catalejos. Desde allí se apreciaba el alineamiento de unas casas blancuzcas que rodeaban la factoría, viejas carabelas abandonadas en astilleros decadentes, y un grupo de hombres acarreando bolsas bajo una bruma caliente.

-Esto se parece bastante a América, igual se me eriza la piel… -dijo Reinaga..

La emoción del fin de viaje lo embargó profundamente. Pensó en el Amauta y en el proceso de evangelización que tanto mal le había hecho a los pueblos americanos. La mitad de la tripulación había acabado descompuesta, y muchos intelectuales fueron llevados de inmediato al hospital del pueblo. La delegación boliviana fue recibido por el alcalde, quien los llevó de paseo por los atractivos del lugar, que llenaron de rencor y odio a Reinaga. Además, el alcalde era un franquista ferviente que hacía comentarios que irritaban a nuestro héroe. Su condición de indio, manifestada orgullosamente por Fausto, le confería cierto carácter sagrado que el funcionario no se animó a profanar, abordando sólo temas superficiales:

-¿Usted sabe que a los nativos de Palos les llaman palermos?

-No, eso en Bolivia se desconoce por completo.

En un momento lo encaró personalmente:

-Yo soy un hombre franco, no sé si me entiende…

Fausto lo miró ceñudo y no le respondió.

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