Dolor de vida

por Máximo Redondo

    Esta es la literatura del siglo XXI, que no se atrevan a dudarlo. Es el límite que espantará a advenedizos críticos, pretendidos y pretenciosos escritorzuelos, típicos analistas de pacotilla, hombres que esconden su frivolidad y su carencia de ingenio bajo un montón de palabrerías, como las que despachan Derrida, Habermas, o algún otro aspirante a filósofo moderno.

    Los autos ya han vencido a la velocidad del sonido. Marte está a punto de transformarse en colonia de vacaciones. ¡Qué divertidos se ponen los hombres todos los fines de milenio! El aburrimiento de la tierra los obliga a interesarse en la Vía Láctea. El capitalismo globalizador atrapa a los ciudadanos. Los ciegos engendros que se sienten a gusto en este monótono devenir, cuyo carácter absurdo le confiere un perfil que deja de ser grotesco para tornarse decadente, merecen ser fusilados sin remordimiento alguno.

Son los guardianes uniformados los que más me abruman, las filas más abyectas del ejército y la servidumbre de unas pocas familias, entre ellas la de Bill Gates, que gobiernan el destino de por lo menos mil quinientos millones de individuos de la especie humana.

    Era mentira que las ideas no se mataban. Aquéllos estúpidos se encargaron de demostrar que la filosofía ya se ha quedado, al igual que la religión, sin nada que ofrecerle al hombre. ¡Qué carajo, me voy en una nave espacial a la estación MIR y se me acaban los problemas! -exclamarán los poderosos padres de esas familias que rigen el mundo. No hay revolución a la que no sobrevenga una contrarrevolución. Nuevas eras que nacen derrotadas pronostican los posmodernos, los guías mentales del rebaño.

    El placer y el descanso se usan para mantener sedada a la población, y los hombres que, despreocupados de su vida, se han dedicado a cultivar ambas causas para imponerse una hipócrita certeza interior de que son distintos a los demás hombres (que rechazando su propia cultura, creen engañar al sistema que todo lo corrompe sumergiéndose en sus armas letárgicas, como el alcohol o alguna otra droga, y no están haciendo otra cosa que manifestar su veneración al principal ícono de lo que pueda entenderse como una historia de Occidente, dinero, dinero, dinero, único medio para obtener las dosis de descanso y placer que exige, por ejemplo, Bill Clinton)

    La borrachera debe explotarse. No perder el tiempo con la simple contemplación de imágenes. Elaborarlas y regenerarlas en una historia, con técnicas creativas que no se dediquen a vencer el propio ocio sino a posibilitar que los lectores puedan disfrutar del suyo. Los técnicos del arte literario odian la holgazanería, la escritura no aplicada a una ciencia; postulan en sus papeles y artículos que todas las palabras deben servir a un objetivo inmerso en una estructura. De su experiencia, superficial y profunda, sólo se puede rescatar que la especificidad de esa estructura no responde más que a un conjunto intrincado de conceptos autoreferenciales e inútiles para reflejar cualquiera de las situaciones cotidianas de la vida; no se les puede extraer tampoco ningún provecho, ni siquiera en el supuesto objetivo que ellos mismos se plantean: reformular e interpretar el destino del hombre. Se dedican a condenar la posmodernidad y están más huecos que ella.

    Las máquinas pueden ser torturadas, dándoles un mal uso. Y a los obreros se los castiga del mismo modo. Todo llega del primer mundo para hundirnos aún más. La prosperidad no se relaciona mínimamente con la obtención de dinero, ya que el estado próspero colisiona y resiste a la acción que procura alcanzarlo. Ante panorama tan desolador, alguna gente honrada escoge refugiarse entre las vigas y los ladrillos fríos de una obra en construcción, de esas que, una vez erectas, con fachadas new-age ultra-modernas, representan y consolidan el típico mercantilismo de la época actual. Igualmente, descreo de las determinaciones de este tipo; los catálogos arquitéctonicos requieren la labor de expertos.

    Aún, con nuevas ideas para escribir, no se superaría el cavernoso instinto primario. Tratando de mezclar el viento con el sol se interpone una nube. La indiscreción de los cables ciudadanos y las rejas de la ventana perturban la contemplación. ‘Se debe cuidar la integridad y la salud de los libros’ -repiten los maestros. Sin embargo, todos los sujetos con peinados nazis se agrupan en las plazas. El alineamiento de los ancianos (luchando por una muerte digna, un honesto salario, dejarles un recuerdo agradable a sus seres amados) es débil, propenso a desequilibrarse cuando se ve invadido por espías, supuestamente inteligentes, del Gobierno.

    El mundo es un vientre abierto y mil metáforas más. Se pueden hallar túneles o conductos, conos de silencio, paisajes cíclicos de cemento que trasladan a los individuos, tan vertiginosamente como sumidos en la eternidad vacía, hacia otros túneles más tenebrosos. Y en medio de todo ello se instalan los milagros, los maravillosos hechizos que promueven la esperanza, la derrota del hastío a través de ajustes cerebrales que incitan a ahondar la búsqueda en el túnel elegido. Tal vez se encuentre amor o algunos hombres divertidos, trozos de tiempo encerrados en algún objeto, ocultos en los techos o en las paredes, que simplemente con atraparlos, sueltan sus millones de horas en un segundo, enseñándonos infinitas historias humanas.

    Los delirantes somos hombres templados por el dolor, resistentes a la tragedia e inmunes a la suicida aceleración del mundo actual. Disponemos de nuestro tiempo, en el que un segundo equivale a una hora. Nos tranquiliza esa prolongación; envejecemos igualmente pero en un proceso más lento…¿que cómo lo conseguimos? Eludiendo la desesperación, adaptando nuestros relojes a nuestra particular biología, provista por la propia discapacidad de cada uno: desarrollamos lentamente los instintos sanos hasta alcanzar su máxima potencia; estos explotan, y es entonces cuando ingresamos en esta nueva dimensión temporal. Los que físicamente descuellan, ágiles y atractivos, en lugar de espantar a la muerte, la atraen, porque esta está avida de vida, no desea acoger seres demacrados ni reconstruidos con siliconas. Nosotros lo sabemos porque ella convive con nosotros en nuestro interior. La historia está harta de mentiras y revelaciones. El hombre la necesita simplemente para justificar sus esfuerzos.

    Las capacidades irónicas de los programas y sistemas de computación siempre reflejan el escaso vuelo poético de los técnicos creadores. Ni qué decir acerca de las virtudes intelectuales de los fabricantes. Chatos, constreñidos por la urgente reproducción de sus riquezas, exprimen el oro de los mercados agotados y continúan comprimiendo los cogotes de sus siervos. Dueños de inmensos terrenos, de impolutos paraísos terrestres, bosques, cataratas, grutas calcáreas y selvas frondosas, no tendrán donde refugiarse: caerán abrumados cuando los baldados mentales y los tullidos de toda índole les echemos encima nuestras manos.

    Los sueños gratos están reservados para los espíritus serenos. Es allí, en esa zona donde se detiene la vida pesadillesca, en la que los hombres verdaderamente sabios disfrutan con su imaginación deslumbrante, pletórica de instantes felices; descansan en el lugar de las canciones más bellas y los amores más intensos. La rápida vividez de los sueños, igualmente, se reemplaza con las turbias y brumosas impresiones que capturan de la realidad a la mañana siguiente, con los ojos legañosos y cera acumulada en sus oídos.

Escuchar ‘Déjalo Ser’ en el final de la jornada final de una semana ¿final? vacía de contenido es peor que una aponeurosis. Los valientes nos sentimos más cómodos con trabajos pesados, con mucho para resolver y crear. Los mercaderes que dominan la humanidad, ¿cómo harán para articular frases hermosas? Si la prosperidad comercial es lo único que cuenta, absolutamente todos sus pensamientos e instintos se volcarán a desarticularlas. De eso se trata la retórica económica: reducir al lenguaje a un complejo de conceptos subyugados a la realidad material, palabras al servicio de los explotadores.

En el camino de la inconciencia, todo sea por el bienestar de la salud. Esa búsqueda es proporcional a la ocurrencia de lesiones lumbares en los lugares de trabajo. Se comenta que el viento reconforta el vicio de caminar, que requiere libertad para ser practicado, y fluir libremente en los movimientos de las extremidades. Existe el verbo proponer, lo cual constituye un milagro. Basta recordar la implantación de un elemento químico en el sector más imaginativo del cerebro. Por lo tanto, todos desean acceder a la obra maestra, mas muy pocos lo consiguen; establecer contacto con Dios, con su materia, no rinde buenos frutos.

Los escarabajos soplan los hormigueros, sus tentáculos de queratina saltan sobre las patas cojas de las hormigas. Arrojan extracto de marrubio para curarlas, y juegan a la rayuela juntos, saltando y tragando charcos de barro. Las plumas largas de los halcones caen fláccidas sobre sus vientres. Se asientan y se preparan para el destino, se entrelazan y van a revolotear a los hogares de los hombres.

En algunos barrios de Buenos Aires viven demasiados miembros propincuos del gobierno, además de ex-represores indultados que salen a correr por los parques de Palermo. A mi francamente me provocan terror. Ya alguno caerá en nuestras redes. Los deformes somos más poderosos que ellos, más inteligentes que esos estúpidos asesinos. Sí, caerán en nuestra trampa.

Complementación: Ayer no es más que ayer, una hermosa palabra, una bendición, esta sonora respiración de fauces estentóreas. Cuando la nariz ya no puede más, el gorgoteo del aire resopla por la boca y la vida se transforma en ruido primitivo de fosas pulmonares. La protección de un hombre es la peor de todas las causas, tanto ante los ojos de la ley como en la vida común. Hay una alternativa de amor sin deseo. Aparto el rostro del instante de la muerte, disperso a los soberbios con el pensamiento de mi corazón. La tos es el rasguido de la sierra en el tronco del árbol de la vida, la vida se hace continua y monótona como la respiración efervescente.

El temblor del árbol atrae al hacha. Las cosas siempre andarán mal, a menos que las cambie el tiempo con su constante andar. Los que más gritan son los que primero se entregan. Toda forma de cambio resulta aceptable para la gente que lleva una vida monótona. Los espíritus malignos y errantes están mirando las imágenes que forman las llamas. La ciencia de los cielos significaba para los ignorantes el poder sobre los cielos. Dos palabras que se contradicen, protección y expansión. Israel, y otros países, escriben la historia de la esclavitud y la poesía de la servidumbre. Ningún dominio del espíritu puede prevalecer sobre el del hierro y la piedra.

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