Carta Afro-Islámica

Perdón por las herejías que pueda cometer y las blasfemias que pronuncie. Arraigarse aquí es fácil si se conocen los secretos de algún negocio exitoso. La penetración del capitalismo es obtusa y no repara en realizar gastos superfluos. Por ello, el espíritu mercantil del semita se impone y logra combatir contra el tradicionalismo y el canibalismo más rancios. Hasta la poesía local se muestra impotente ante los embates de las empresas y personajes europeizantes. La admiración y el asombro cunden cuando se rompe una regla coránica de modo inercial, cuando se cae por el mero avance de acontecimientos que las superan.

La belleza de los azulejos de las fachadas es demencial, las figuras de los manteles y tapices igualan a los del arte japonés más refinado. Su estilización es formidable. Los peregrinos mendicantes son aleccionadores, sus lloriqueos y lamentos conmovedores, su sufrimiento se pesa en kilates y toneladas. Los tullidos se arrastran humildemente, rogando dirhams y misericordia. La música que surge de casas o disquerías se destaca por su carácter embriagador –sean bailables o simplemente melódicas u oníricas-.

El fondo de las callejuelas parece albergar escenas terribles que no acaban de desencadenarse, hombres-bomba que jamás aparecen o deciden no proceder a último momento. Los almuédanos convocan al rezo con letanías plenas de letargo. Las mujeres embozan sus rostros, recargándose de un misterio inútil y estúpido.

Los jóvenes marroquíes son atléticos y gallardos: encantan y enamoran a sus entrenadores, seducen con sus ágiles movimientos gatunos.

Paisajes bellos bajo lluvias inesperadas. El cielo no se apiada, una nube plomiza lo domina y lanza chaparrón tras chaparrón. En nuestro compartimiento viajan jóvenes marroquíes que parlotean y, a medida que ganan confianza, comentan las vicisitudes del viaje, hablan sobre la economía y la política de su país. Sólo viaja una turista francesa que se hizo amiga de un bereber que conoce la región. El tren a Marrakesch, que venía retrasado, se averió a mitad de camino y tuvieron que reparar la máquina conductora en un páramo que invitaba a los pasajeros a apearse y recorrerlo (ya sea para buscar algún arbusto o hierbajo tras el cual orinar o defecar cómodamente, o para gozar de su frescor y las desoladas vistas).

Las ciudades de Marruecos tienen similitudes sorprendentes y diferencias sustanciales, tanto en su composición social, como en la lengua que prevalece, la arquitectura, el tránsito y los hábitos de la población. Los villorrios pobres y los basurales se desparraman a ambos lados de las vías y ostentan su cruda realidad entre complejos habitacionales sórdidos e inconclusos. De vez en cuando, alternan edificios, mezquitas y construcciones de armonía y belleza impactantes, no sólo por sus colores, diseño y ornamento, sino por cómo se combinan con las zonas más menesterosas y amenazadoras.

Sobre los distintos manjares que conforman la comida marroquí huelgan comentarios: no se pueden describir las deleitosas sensaciones que provocan en el paladar –desde la sopa y el café a la pastelería y distintas especies asadas-. Los cueros y variadas artesanías que producen aquí jamás cansan los ojos ni dejan de maravillar: su encanto es eterno y complejo de analizar. En su conjunto, los cafés incitan a la charla disipada o a la ensoñación permanente, fluye el tiempo liviano, el espacio se abre a la mente y acude Dios en ayuda de los artistas y los creadores.

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