V. Pura cirrosis

La aventura con la rubia le dejó una sensación rara a Francisco. La asistencia al laboratorio no logró borrar una huella que se había prendido de su corazón. No era que desplazaba a la negra del centro de sus pensamientos y deseos sexuales, lo molestaba con un cosquilleo inquietante, hurgando en su memoria momentos felices que le inspiraban una melancolía cargosa y paralizante. Entró en un bar con su colega y le confesó cómo se había enganchado con ella.

-Fue algo tan natural que me terminó dando una sensación de vacío mental. No tuve que versearle ni pensar estrategias para seducirla. Creo que fue un flechazo casual, basado en falsos sentimientos.

-Yo prefiero no inmiscuirme con las alumnas: están ávidas por conseguir hombres expertos en Ocio y Desocupación como nosotros. Ya no se buscan más intelectuales, los ven pálidos, ojerosos, afeminados, carentes del encanto que despierta un estilo de vida embrutecedor –dijo Ariel.

Ambos profesores se contemplaron en el espejo que reflejaba su mesa, la jarra de vino y los vasos vaciándose. Sus rostros habían cobrado un elevado tono rojizo. La calefacción del lugar y el tinto contribuían a calentar sus corazones. El ambiente del bar olía a fritanga, una densa y olorosa humareda provenía de la cocina.

-¿Vas a comer? –preguntó Francisco.

-No tengo hambre. La visita al laboratorio me la quitó: no sé por qué.

-¿Será que tragaste mucho alimento espiritual? Ideas, hipótesis sobre distintas cosas que suceden en la realidad, iluminaciones y ocurrencias poéticas…

-Sí, tenés razón, y todavía no asimilo todo lo que vi aplicando los principios y paradigmas de la Cirrosis –contestó Ariel.

-Yo me voy a pedir un bife o algo parecido.

-Adelante.

Vino el mozo, cambió la jarra y registró el pedido de Francisco.

-Estoy metido en un trance muy extraño. La vida me sonríe, he alcanzado una armonía perfecta, y sin embargo tengo adentro del pecho unas ganas tremendas de suicidarme o matar al primer enemigo de la Cirrosis que se me cruce –dijo Francisco.

-Es normal, las paradojas de la existencia nunca se vencen –dijo Ariel.

-Eso me preocupa: abandonar la vagancia que siempre me caracterizó. No lo quiero defraudar a Carlos pero tampoco disfruto esta especie de transformación que estoy atravesando.

-Si necesitás el dinero, aguantá los inconvenientes. Al fin y al cabo, ser docente en nuestra Universidad no requiere esfuerzos especiales.

-Sí, es lo más liviano que me tocó en la vida. Un trabajo verdadero es acarrear bolsas de arena.

-O tomar mucho whisky en los bares de los puertos, visto desde una perspectiva cirrótica.

-Perderse en los tiempos muertos de atardeceres trascendentes.

-Viajar de ciudad en ciudad sin objetivo alguno organizando concursos docentes.

El mozo trajo la comida y Francisco la devoró enseguida. Mientras bebían la cuarta jarra continuaron su plática. Ariel dijo:

-A mi pesar, después de varias investigaciones que he realizado, y de seguir las máximas de grandes maestros de los Licores, acabo pensando que nuestra disciplina conduce a un estado de tristeza que postra y pudre.

-Pero hay momentos divertidos.

-Sí, eso jode, siempre el placer se mezcla con el sufrimiento.

-De vuelta las putas paradojas de la realidad. Para mí, la Cirrosis no se relaciona con la tristeza, sólo predispone y sensibiliza para captar profundamente el desgarramiento del ser –dijo Francisco.

-¿No estaremos filosofando demasiado? –preguntó Ariel.

-Creo que sí, no te olvides que este vino es muy metafísico.

Así se sometían ambos profesores a los rigores y metodologías de su ciencia. Su objeto de estudio exigía mucho aguante de hígado. La charla era rápida, se desarrollaba a un ritmo vivaz. A veces, intervenía el mozo:

-Muchachos, ¿otra jarra? –les inquiría.

-Por ahora voy a parar un poco –dijo Francisco.

.-Voy a mear –dijo Ariel, apoyando ambas manos en la mesa pegajosa para levantarse.

-¿Por qué será que la vida no se detiene? –preguntó el mozo a nuestro héroe.

-Yo no lo sé, los grandes significados siempre permanecerán ocultos para cualquier modelo semántico, por más refinado que sea –contestó el titular de Cirrosis.

La negra estaba copulando salvajemente con un cliente ricachón. La conmovía de una manera diferente a la de Francisco, la trataba con más dureza y desprecio, y eso la excitaba, haciéndola sentir rara: se veía envuelta en una rareza embriagadora. El tipo le pegaba en los cachetes del culo, se los pellizacaba fuerte y llegaba a arrancarle algunos mechones de su negro y ensortijado cabello.

-¡Pará, animal! –tenía que gritarle cuando el dolor la hacía explotar.

Entonces le daba un par de patadas en el estómago y lo inmovilizaba con otra dirigida a los testículos. El tipo se agachaba y le salía un torrente de lágrimas que mojaban sus piernas. Con voz aguda llegaba a chillar.

-Sos una negra hija de puta, traicionera y conchuda: no tenés nada en el cerebro.

-No seas ridículo, amorcito. Yo te quiero mucho –decía Felicia, acomodándolo suavemente sobre la cama, ayudándolo a darse vuelta para hacerle los masajes finales.

Cuando Ariel retornó del baño Francisco se paró y bamboleándose lentamente se dirigió a la barra para pagar la cuenta. Una niña de trece años estaba a cargo de la caja y sin mirarlo le dijo:

-Son doscientos cuarenta pesos.

-Es razonable –dijo Francisco entregándole un billete.

La nena, con modales de veterana, le dio el vuelto y continuó con lo suyo: revisar una revista de modas. Era la hija de la dueña y no se la podía criticar.

-Es maleducada esa mocosa –le comentó al mozo mientras volvía a la mesa.

-¡Que la parta un rayo! –dijo el profesor.

Ariel se había puesto a escribir. La resaca de lo que había vivido en el laboratorio le parecía infinita, y se dispuso a vomitarla en el papel.

“Fernando no engaña a sus visitantes. Es cortés y sereno por naturaleza. No se trata de despertar locuras mansas: la gente tiene que ver la farsa y la miseria humanas en primer plano para aprender a ser feliz. En la terraza descubrí varios secretos, diferentes verdades se hicieron palpables, mis ojos recibieron ráfagas de entendimiento, durante el paseo por el jardín mi inteligencia brilló. El sinsentido del mundo me abrumó y me puse a charlar con unos cirujas simpáticos. Ellos me ayudaron a interpretar la experiencia, me mostraron la rebeldía que anida en mi corazón, me revelaron que la locura y el arte son dos ramas del conocimiento completamente separadas, que cuando se juntan producen milagros. El problema es que su unión sucede con la frecuencia en que aparecen los cometas: más o menos una vez cada cien años. Todavía estoy esperando al sucesor de Nietzsche, en ese sentido. La Cirrosis surge a partir de que los problemas esenciales de la existencia no tienen solución. Entonces el individuo se desespera y busca construir saberes sobre cimientos endebles. Ninguno de estos saberes tiene la consistencia de la Cirrosis.”

-¿Qué escribís, loco? –lo interrumpió Francisco.

-Algo que tiene cierta vaguedad encantadora. Recordé el laboratorio de Fernando y me inspiré mágicamente. Estaba superconcentrado…

-Se nota por tu mirada perdida y llorosa.

-El viento cambió afuera. Ya no llueve –dijo el mozo.

-¿Salió el sol? –preguntó Ariel.

-Son las cinco y media, hombre, todavía no.

-¡Uy, me olvidé de llamar a mi negra! –dijo Francisco.

Los proyectos académicos de los profesores avanzaron bastante aquella noche. La joven cajera aplaudió y les ordenó a sus empleados que comenzaran a limpiar el bar. El traqueteo y la bocina de un tren sonó a lo lejos. Ariel le prestó el teléfono celular a su colega.

-Negra, voy para allá –dijo Francisco por el aparato.

Se despidieron en la calle oscura y silenciosa. La ciudad estaba fría y vacía, carente de esperanzas.

Felicia recoge dos preservativos usados de la alfombra raída. Les hace un nudo y los va a tirar a la basura. El cuartucho está bastante desaseado. “Ahora que Francisco trabaja nos vamos a mudar a un lugar mejor. La vida en Buenos Aires viene muy bien. Me voy a comprar un carro y con el viejito saldremos a recorrer todo el país. Iremos al Caribe un par de veces al año y todo okey. Hasta puedo incubar unos críos en el vientre, formar una familia y dejar el oficio”.

La negra divagaba en la cocina, calentando agua para hacer café. Por la ventana veía el sol brillando en el cielo de manera opulenta: era uno de esos días magníficos que reconcilian al ser más acorralado por la miseria con los pequeños encantos y bellezas que ofrece el universo.

“Adelante. Siempre hay que pensar para adelante –decía la abuela”. La pava silba y echa un humo que se eleva hasta el techo. La negra atisba un futuro hermoso, la enternece tener a su amante planchado por la Cirrosis. “Cuando mi familia conozca a Francisco se van a quedar shoqueados: no es el príncipe que siempre imaginé ni el chicano varonil que sabe cómo tratar a las mujeres. Ni siquiera es machista. Lo bueno son sus piernas resistentes, sus ocurrencias, su manera de acariciarme… Está más allá de cualquier sueño”.

La puta necesitaba espacio, darse un baño en el mar, sumergirse en una felicidad abstracta. Francisco roncaba con vehemencia. Angeles y fantasmas sondeaban la habitación protegiendo la suerte de la dispar pareja. La negra apagó la hornalla y volcó el agua sobre la media marrón, detenidamente para que se formara una espuma cremosa y parda sobre el café caliente. Desayunó en forma suculenta, contemplando alegre el aire prístino de la calle. Recibió dos llamados de potenciales clientes que se mostraron timoratos.

-Son ochocientos pesos, cariño, los masajes aparte, y si quieres sólo masajes entonces te saldrá quinientos pesos. Aunque todo se puede conversar, mi amor.

-Bueno, entonces te vuelvo a llamar y arreglamos.

-Como tu quieras, papito.

Felicia limpió un poco y salió a hacer algunas compras. Caminó contenta, contoneando su belleza con absoluta naturalidad. Tenía un culo exhuberante que robaba miradas, destacándose entre las fláccidas y magras carnes de las amas de casa que se amontonaban en la feria del barrio. Todos los dueños de los puestos intentaban enamorarla con distintos piropos y elogios a su escultural cuerpo. Se respiraba en el ambiente un buen humor vivificante. Felicia eligió cuidadosamente fruta y verdura, le dio consejos a una amiga para conservarse joven y participó de dos corrillos donde unas madres entusiastas proponían políticas para embellecer el paisaje del barrio.

Ariel se revolvía entre las sábanas. Estaba atacado por un insomnio pertinaz. El laboratorio de la locura seguía funcionando en su mente. Temía que algo se hubiera desenganchado en su cerebro: sus pensamientos se deslizaban en una dirección opuesta a la que su conciencia deseaba. Quería dormirse y no lo lograba, la eternidad le parecía ridícula en aquel momento. El vino gorgoteaba en su estómago, hacía bailar a sus intestinos. Sentía rabia hacia el mundo, impotencia frente a la estupidez y la violencia de los acontecimientos humanos. Se levantó y corrió la cortina de la habitación. En la Universidad tenía fama de científico loco, y muy pocas estudiantes se atrevían a abordarlo como lo había hecho la rubia con Francisco. De vez en cuando llamaba a una puta pero no lograba satisfacerlo, quedándose con una sensación horrible impresa en el alma. El día lindo le resultó una pesada broma de Dios. Fue hasta el baño y se liberó de bastante líquido urinario. No halló alivio espiritual en ninguna actividad doméstica. Salió entonces, quizá con un paseo se le iba a despejar la locura y el cansancio que le hacía agachar la cabeza. Ya afuera decidió ir a un parque alejado. Se tomó un subte y un colectivo, reflexionando durante el viaje sin que se asentara una idea decente en su memoria. Cabeceaba y bostezaba, aburriéndose mortalmente. El tráfico fluía armonioso, la gente andaba despreocupada y animosa, se saludaban como si vivieran en una sociedad próspera. Ya eran las seis de la mañana, y vio agrupaciones de desocupados, piqueteros y toda clase de marginados que reclamaban al Estado asistencia social. No querían trabajar: sólo limosnas o sinecuras, algún puesto de patotero en las filas de un político corrupto. La Universidad tenía que terminar con esos lamentables espectáculos. La Desocupación no podía propiciar actitudes tan viles como mezquinas. Había otros caminos para explotarla: armar una revolución para cambiar el modelo económico era uno de ellos. Pero no se podía demorar, las circunstancias requerían una urgente transformación a nivel nacional. El Ocio también era desaprovechado por la población, nadie sabía entretenerse en forma sana. O incurrían en excesos mortificantes o no lograban gozar de la inmensa oportunidad que brinda no tener nada para hacer en la vida. “Es precisamente de la nada que se parte a un todo” –caviló Ariel descendiendo del colectivo. Caminó un tanto reanimado hasta el parque y se tiró en el pasto. El cielo estaba impoluto, el césped le insufló un rico olor a su nariz. Ariel se fue calmando y logró dormirse bajo el sol brillante. De vez en cuando pasaba algún paseante, llevando varios perros a la rastra, o cargando changuitos de supermercados, ataviados pobremente. Ariel los oía pero ya estaba inconsciente y feliz. En los sueños podía olvidarse y reposar de la maldad humana y la sinrazón permanente por la que canalizaba su Cirrosis. El vino dejó de revolverse en su estómago. Su mente entró en un abismo lindo. En cualquier momento se podía detener su corazón. Cataratas y torbellinos comenzaron a arruinar sus visiones. Haces de luces violetas y opacas lo confundieron. Tuvo la profunda certeza de que se estaba quedando ciego. Se mareaba con los ojos cerrados, calientes y blandos sus párpados. De pronto, su campo visual adquirió una negrura que lo soegó un tanto. A través de la oscuridad podría llegar al entendimiento. El cansancio ya era una circunstancia lejana, una pesadilla que se apagaba… ¿Dónde estaba su vida? Toda puesta en el estudio del alcohol y su relación con el ocio y la desocupación, al servicio de su sagrada vocación docente. Era sarmientino en tal aspecto, aunque en lo profundo se consideraba esencialmente bárbaro. Sí, en efecto su barbarie lo hacía adoptar múltiples conductas antisociales, de esas que van mucho más allá de echarse una meada en un parque público, de las que atentan contra los sistemas de seguridad de la civilización, como cuando en una marcha de sus colegas piqueteros participó en lindas golpizas a policías asesinos… Ariel permaneció dormido dos horas, reparándose parte de su aparato digestivo. El practicaba algunos trucos que le servían para atemperar la resaca. De ese tema charló un montón con el cartonero que recomendó como profesor en la terraza del laboratorio.

Carlos Carrera, el rector de la Universidad, estaba sentado en su despacho hablando por teléfono y firmando numerosas resoluciones. Su secretaria las encarpetaba, cruzando sus piernas en forma seductora.

-Sí, sí, seguramente –decía el rector con bastante optimismo en la voz. –El año que viene tendremos que poner cupos y determinar un límite de vacantes. Varias prestigiosas universidades del exterior nos contactaron, interesadas en conocer nuestros planes de estudio y establecer programas de intercambio estudiantil. Imagínese las experiencias que se pueden rescatar del Ocio y la Desocupación de otros países.

Carlos asentía con la cabeza mientras escuchaba a su interlocutor. A su turno, exclamaba al borde del grito los beneficios que le traería su proyecto a la juventud de todo el mundo. El diálogo telefónico se extendió bastante, trazando el rector sus firmas con prontitud y justeza, sin leer el contenido de las resoluciones que había dictado su ayudante principal, Fidel López, titular de la Cátedra de Materialismo dialéctico (confiaba en él plenamente). En uno de los lapsos en que el director se callaba alguien golpeó la puerta del despacho. La secretaria cerró la carpeta, se acomodó la pollera hasta moldearse un culo hermoso y fue a abrirla.

-Disculpe –dijo un hombre roñoso pero de buenos modales-, vengo a ver al señor Carrera.

-¿Por qué asunto es? –preguntó la secretaria, suponiendo que era un alumno despistado que había faltado a las inscripciones.

-Vengo a postularme como titular de Cirrosis II, para el semestre que viene.

-Ah, aguarde un momento por favor, el señor Carrera está hablando con el rector de la Universidad de Salamanca. Tome asiento allí –dijo la secretaria señalándole una banqueta que usaba para apoyar los pies.

-Cómo no –dijo el cartonero.

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