un muchacho por $15 y $1500 un ataúd

-Te puedo conseguir un bonito muchacho con voz de soprano para que cante detrás de una cortina púrpura por sólo $15.

Y yo dije:

-Está bien, está bien.

Y mi tío dijo:

-A los hombres les gusta la caoba, tenés que conseguir la caoba.

Y digo, “¿no se dio cuenta de que el hombre está muerto?”

-Está bien –le dije.

-El ataúd de caoba sale $1500.

Un día o dos más tarde, afuera del locutorio, encontré al mejor amigo de mi padre tomando un café. Me contó todos sus problemas y le dije:

-Mirá, Alberto, odio interrumpirte pero creo que se me hace tarde.

Y crucé la calle con Alberto detrás. Seguro que me estaban esperando. Me senté y comenzaron. La tapa del ataúd estaba abierta y mi muchacho de $15 comenzó a cantar. Pero siempre odié a mi padre y todavía lo odiaba. Luego se alinearon para pasar junto a su ataúd. Siendo el hijo, yo era el último. “Debería escupir su cara de hipócrita” pensé. Pero entonces su novia, que estaba justo delante de mí, comenzó a llorar y lamentarse, y levantó la cabeza muerta del ataúd y besó aquella cabeza muerta, aquellos labios muertos. Bueno, el viejo muchacho finalmente se convirtió en el hombre de una mujer. A mí, en verdad, no me importaba, pero me acerqué y separé las cabezas, la cabeza muerta y la cabeza viva. La empujé a ella, y observé cómo la cabeza del viejo volvía a hundirse en el ataúd, no tan delicadamente, las manchas del rouge y el maquillaje, el algodón de la quijada corrido. Las líneas y la edad exhibiéndose. Sabía que pronto estaría muerto también, pero qué manera jodida de hacerlo, con un muchacho de $15 y un ataúd de $1500. Cuando todos sabían lo hijo de puta que había sido. Y cuando bajaba la escalera la ví otra vez, luego de besar la cabeza muerta de aquel hijo de puta. Me agarró, me besó, sollozando me lengüeteó y se las arregló para decir:

-Sos igual a él.

Eso me volvió loco. La empujé hacia abajo por las escaleras, la conduje a Santa Anita, y con una ganancia de $185 nos fuimos hasta su casa. Comimos bifes y ensalada. También tomamos whisky y cerveza y hablamos. Nos encamamos y lo hicimos varias veces.

Eso fue hace algunos años. Ahora, cuando paso por la calle donde vivía –Irolo Street-, todavía recuerdo sus besos a la cabeza muerta, el sueño del caballo triunfador, el buen día en el hipódromo. Condenados sean los tíos de caoba. Trabajás con las sobras y te olvidás del resto, que es la mejor manera de vivir para todos nosotros.

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