un lugar en Philly

No hay nada como ser joven y tener hambre, estar viviendo en una casa amplia y pretendiendo ser un escritor mientras otros hombres están ocupados con sus profesiones y posesiones. No hay nada como ser joven y tener hambre, escuchando a Brahms, tu estómago chupado, sin una pizca de gordura, estirado en la cama en la oscuridad, fumando un cigarrillo casero y trabajando sobre la última botella de vino, las hojas escritas dispersadas en el piso. Te levantas y caminas sobre ellas, tus obras maestras, aunque sean leídas en el infierno, o quizás roídas por los ratones curiosos. Brahms es el único amigo que tenés, el unico que querés, él y la botella de vino. Cuando te das cuenta de que nunca serás un ciudadano del mundo, y si vivís hasta llegar a ser muy viejo, tampoco serás un un ciudadano del mundo. El vino y Brahms se mezclan bien mientras observás cómo se mueven las luces a través del techo, cortesía de los autos que pasan. Pronto dormirás y seguramente mañana habrán más obras maestras.

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