primer amor

Una vez, cuando tenía dieciséis años, algunos escritores me dieron mi única esperanza y oportunidad. Mi padre odiaba los libros y mi madre también (porque mi padre los odiaba), especialmente los que traía de la biblioteca: DH Lawrence, Dostoievsky, Turgueniev, Gorki, A. Huxley, Sinclair Lewis y otros. Yo tenía mi propia habitación, pero a las 8 pm todos teníamos que irnos a dormir. “Un hombre que se acuesta y se levanta temprano será saludable, rico y sabio” –decía mi padre. “Apaguen la luz” –hubiese gritado. Luego cogería mi lámpara y pondría los libros debajo de las sábanas, y con el calor y la luz oculta continuaría leyendo: Ibsen, Shakespeare, Chejov, Jeffers, Thurber, Conrad, Aiken y otros. Me dieron una oportunidad y algo de esperanza donde no había oportunidades, esperanzas ni sentimientos. Me esforcé en ello. La luz se calentaba debajo de las sábanas. A veces las hojas comenzaban a humear. Entonces apagaba la lámpara y la sacaba afuera para que se enfriase. Sin esos libros no sé cómo me las hubiese arreglado: vagabundeo; el asesino del padre, idiotez; desesperanza. Cuando mi padre gritaba “Apaguen la luz”, seguro que temía a las palabras bien escritas, inmortalizadas para siempre en la mejor y más interesante literatura. Y estaban ellos para mí, bien cerca, bajo las sábanas, más mujeres que las mujeres, más hombres que los hombres. Los tenía a todos y los tomé.

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