Picadillo de carne cubana

La vaca solitaria dejó de existir. Bolas de sebo reemplazan los nutrientes alimenticios. Gritos desesperados de los perdedores anuncian beisbolistas fracasados. Los ciudadanos buscan eludir las prerrogativas del Estado. Ser cubano es un ejercicio de solidaridad y picardía, aunque en los últimos años prevalecen las intenciones más malignas.

En “Playa” (el municipio donde residí), se vive incluso con holgura y sin contratiempos. Se presenta el tedio de la vida moderna y a los jóvenes se les desdibuja el horizonte. Se llegan a adorar las complicaciones y argumentos de telenovelas argentinas y brasileñas de exportación que huelen a basura. Este olor se expande por toda la ciudad e invade los hogares que tienen televisor. Este es un mal latinoamericano de compleja curación. El subdesarrollo es una circunstancia feliz cuando no afecta a aspectos básicos de la vida humana. Mientras el progreso no se cristalice habrá motivos para pelear y aspirar a una buena calidad de vida, con carne de primera. Se debería aconsejar a los campesinos alejarse de los aparatos electrónicos, pues hacen mucho daño, como los ídolos falsos. La carne en descomposición no puede rescatarse, debe entregarse a los cerdos, condimentada con restos de productos caducos. El espíritu de Hemingway está fuera de mi alcance, la inspiración escasea y los tónicos alcohólicos son caros. No se puede penetrar el alma cubana a través de la carne. Sólo la palabra puede dar un atisbo de esperanza. Insistiré como un escritor muerto que contempla los gusanos y las moscas merodeando a su alrededor.

Ernesto se suicidó pero vivió intensamente: su decisión demuestra una cabal entereza y un excelente dominio de su escopeta. Dicen que el suyo era un problema hereditario, pero en verdad fue una cuestión humanitaria. Los genios deben sacrificarse de esa manera, o sostener una existencia extensa y agotadora, austera, escondidos en cubiles miserables. Hoy convoco a Ernesto, deseo que resucite y me transmita su fe, su visión del hombre. ¿Qué opinaría del estado del mundo?, ¿le vendrían ganas de vomitar? Seguramente repudiaría la decadencia de la cultura contemporánea y participaría activamente en algún movimiento terrorista, ya sea en su patria natal o en la misma Cuba. Hallar razones para vivir le costaría más que encontrar un cubano antipático y cerril, o un buen pedazo de carne en el mercado clandestino (no debe olvidarse que los cubanos privilegiados acceden a manjares y servicios exquisitos).

Angustias grandes me atosigan mientras oigo música celestial. Es mentira que Cuba es un experimento o un laboratorio social, esa es la mirada hipócrita del escéptico o el engreído. Es una humilde isla caribeña donde se intentó plasmar cierta justicia social, reducir situaciones de explotación y asegurar derechos básicos a todos los nativos. La suerte que se tuvo en la concreción de tales objetivos se puede calificar de mediana, aunque en el plano ideológico, su posición siempre será heroica comparada con la de los países desarrollados. Su período de apogeo ha concluido, siendo aún un bastión de nobles ideales.

La muerte es un cobijo dulce, me apresuro para alcanzarla pero aquí, en Cuba, hay muy pocos homicidios y no se concede fáciltmente tan benéfico castigo. La policía no me detendrá por ser antirrevolucionario, por más verdades revulsivas que procure dar a conocer al mundo. Una cubata con una cubana en un hotel lujoso: en eso consiste la felicidad para el cubano medio. Unas nalgas rebosantes de carne negra y ondulante, movimientos pélvicos convulsivos y sensuales. Uno de los atractivos que más se promocionan en la isla es la prostitución –y esto se observa con claridad en las cercanías de los principales hoteles-. Puede afirmarse con tranquilidad que el principal interés del turista europeo es catar la carne humana (femenina o masculina), obviando la rica historia y la gesta revolucionaria.

Aquí todos son compadres y descarados, se afronta cualquier desafío con atrevimiento (acosar a una mujer, timar a un turista, ascender en la burocráctica jerarquía estatal, hacer una hora de cola para comprar un helado o un cartón de leche en polvo, aguardar la guagua que llegará repleta y calurosa). Las edades más disfrutables –la infancia y la ancianidad- son protegidas en Cuba. Jamás vi niños tan libres o contentos, ancianos con tanta energía y devoción por participar en la vida cotidiana de su país.

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