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Mentalmente desgarrado por completo, conduciendo por las calles al mediodía, parando en los semáforos, viendo a la gente caminando por las veredas, es la realidad, pero una realidad que se desvanece. Vos sabés que tu juicio está desvariando pero te importa un carajo. Demasiado tiempo en la tierra, eso es, ese es tu problema. Una historia contada demasiadas veces. La luz del semáforo cambia y cruzás la avenida, te metés por una calle lateral, atravesás las casas pequeñas y tristes, no tienen corazón. El asfalto hierve bajo las ruedas, y no hay lugar a donde ir, ninguna sorpresa, ningún encantamiento. Demasiado tiempo en la tierra, perro viejo, estás ensuciado con vida. Retornás a la avenida, estacionás frente a una casa de comidas. Salís, caminás a la caja, esperás. Una chica pesada se acerca, se detiene, te mira. Simulás que estás bien.

-Café –decís-, chico, negro…

Ella te sonríe, la sonrisa dice “sé que estás loco pero está todo bien”. Llevás el café al auto. Enfrentás una pared sucia y amarillenta. Sorbés el café: bazofia horrible y amarga. Bebés medio vaso, lo arrojás por la ventana, salís de ahí y luego vas hacia el oeste.

Un psiquiatra no ayudará, un psicólogo no ayudará, un dios no ayudará. La bebida y las drogas lo hacen peor. Sólo estás manejando tu auto. Por siglos y siglos. Tu cabeza trastornada elevándose a través del sol, el techo colgando del largo cuello de una serpiente, sonriendo una sonrisa sangrienta, el paraíso al final.

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