Monte hermoso

Ayer los grandes medios de comunicación, con excesiva laxitud, anunciaron que se produciría el fin del mundo, cosa que no ocurrió. Casualmente, la fecha me encontró en Monte Hermoso, un balneario argentino con bastantes escenarios post-apocalípticos. Si la cuestión es creer las noticias, verdad es que me mantengo bastante escéptico sobre lo que aparece en la mayoría de los periódicos, Internet y canales de TV. Sólo me llaman la atención –y esto, porque me parecen reales e irrefutables- los eventos dramáticos que día a día dan cuenta de las guerras, miserias y estupideces que hacen los hombres sobre la tierra. Cuando hay un acontecimiento alegre, festivo y estimulante, siempre me parecerá falso e imbuido de una hipocresía manifiesta. La mayoría de los productores dirá: “Es que tenemos que vender, no se puede vivir del aire, la gente quiere sangre y humillaciones“. Hoy la violencia paga y el progreso social suscita indiferencia.

Por todos lados aclaran que “no era el fin del mundo” lo que se aproximaba sino un cambio de era que se puede palpar en la energía estelar, o al menos eso cuentan algunos expertos que consideraban los mayas, pueblo que continúa ahogado en una sabiduría inútil después de los milenios que han transcurrido desde que fue colonizado por la avaricia del hombre blanco. Así, y con todos los problemas que apareja la existencia en la sociedad moderna, hay millones de personas –la mayoría, mujeres- que están convencidas de que ingresamos en una nueva era. Lo explican planteando que han advertido en diferentes personas actitudes beatíficas sorprendentes, que se está gestando una nueva conciencia universal basada en la solidaridad y el amor. También arguyen que el sistema de la globalización se resquebraja y logra atisbarse una nueva cosmovisión que coloca a la felicidad y el diálogo como ejes vertebradores de la paz mundial. Yo las escucho y no las rebato, me río y opino interiormente que no tienen razón. Para comenzar, las “nuevas eras” responden a simples deseos de modificar realidades turbias o patéticas, interrumpir vicios agudos que afectan a la salud, eliminar de cuajo sistemas informáticos y operativos atroces, dispositivos tecnológicos que apabullan el alma. Se habla, en determinadas ocasiones, de un recambio o una renovación, de nuevos bríos para realizar emprendimientos ciclópeos, como desterrar la pobreza y la ignorancia de un país, o vivir ecológica y responsablemente, consumiendo de manera inteligente los recursos naturales de la tierra.

Monte no es tan hermoso, más allá de algunos alardes de coquetería. Los lugareños son absolutamente conservadores y especuladores, seguros de sus derechos y principios, amigables por conveniencia y brutos cuando mejor les cae la situación. Esa brutalidad es lo que anonada o seduce. Se expresa nítidamente en las reuniones familiares dominicales. Allí se balbucea la idiotez reprimida durante toda la semana, brotan resentimientos y arrebatos de cariño, se deposita la fe en los menores de cinco años, quienes exhiben sus destrezas y aprendizajes como micos bárbaros.

Días pesados y largos de navidad sureña en el devenir crudo de las catástrofes. Es que ahora, luego del fallido fin del mundo, se informa que se han producido violentos saqueos en todo el país. El verano exacerba los ánimos –en vez de aplacarlos- y el vandalismo aflora, sustentado en mafias bien organizadas de gremialistas y “barras bravas” –protegidas por políticos, policías y jueces de la nación-. La mano de obra para estos actos se nutre de los barrios más pobres, donde proliferan jóvenes desocupados a quienes se les paga para que hagan destrozos. Sin aferrarse a definiciones académicas, se puede hablar del clásico lumpenaje o de las frases hechas que lo justifican: “buscan sembrar el caos y la anarquía“, “estamos en un escenario de crisis profunda“, “esto está organizado y orquestado por grupos golpistas“.

Aquí, en Monte Hermoso, la sensación de inestabilidad o descontrol no se percibe: las horas transcurren plácidas, el mar pronuncia en forma constante una música celestial y escupe aguas vivas a una arena poblada de grillos y gatas peludas. Los montehermosinos piensan festejar el nacimiento de Jesucristo con todas las ganas, gastando sumas considerables en arbolitos, nieves, muñecos de Papa Noel y todo el merchandising de las fiestas de fin de año. Y seguramente un tío baboso comentará, respecto de alguna sobrina adolescente: “¡Qué grande que está la nena!

¡Caramba! En este balneario no se ven borrachos o prostitutas, ni siquiera en el casino. Y es imposible hallar una bicicletería. Estamos cercados por familias amplias y cerradas, que constituyen auténticos mini-ghettos. No vale la pena inmiscuirse en ellas para ganar un premio literario o para ser reconocido como un escritor puto.

Más vale focalizar las causas del caos social y de que la gente, por lo general, busque vacacionar acompañada (cuantas más edades alrededor, mejor). Arrancar la raíz de la soledad posmoderna es jodido. Las instituciones sociales, las sectas, los mismos individuos, pueden convertirse en el refugio de la impotencia ajena. Compartir momentos extensos de interacción comunicativa acaba por ser agotador y pueden emerger las broncas, como en la celebrada película “La Celebración“. No sea que las disputas domésticas se diriman a los tiros o garrotazos.

Las obras maestras se pergeñan mientras la clase media (que ha sido felizmente denominada por algún satirista “clase mierda”) se debate entre encuentros domingueros, cuentas bancarias y tarjetas de crédito. La basura y la polución continúan acumulándose en las ciudades. Los deseos y vaticinios de prosperidad para el nuevo año que va a comenzar se multiplican y lanzan sin ataduras. Incluso a las personas o negocios que uno quiere que le vaya mal, se les dice “que se acabe la mishiadura” (en el caso de los ancianos), “que tengas suerte y todo sea positivo en tu vida” (los adultos abstractos), “que el año que viene haya buenas ondas y mucha mierda en tu familia y el trabajo” (los jóvenes más descontracturados, quizás). Y así funciona la dinámica social, a base de premisas completamente equivocadas.

Los provincianos no hacen otra cosa que aburrirnos. Caracoles al pedo, suciedades y olores nauseabundos (dignos del Riachuelo porteño). Dócilmente me embriago para olvidar el ambiente, procuro detectar sonidos heroicos y fluidos. Las voces que cotorrean algarabía findeañera no me hacen mella. El supermercado cooperativista del pueblo abre sus puertas y se puede ir a buscar refuerzos etílicos y gastronómicos. Esa será mi única tarea de este domingo tan insulso como creativo, mi salida al aire puro de Monte Hermoso.

El desolador y agreste paisaje de Monte invita al ensueño. Enormes casas deshabitadas, en alquiler o en venta, muestran los anhelos de hacer dinero de los montehermosinos. Durante los meses de otoño e invierno las cosas se tornan cuesta arriba para ellos, aunque están bien dotados de servicios básicos y recursos de emergencia. Los pobres no se notan, atraviesan su pobreza conformándose con las sobras que descartan los opulentos de sus banquetes opíparos. La Intendencia contribuye repartiendo comida e indumentaria de segunda mano.

Monte depara días de viento demasiado intenso, que presiona y hace temblequear las estructuras de las casas, los negocios cierran firmemente las puertas y ventanas, la ropa se desprende de los tendederos. A pesar de su naturaleza cruda y salvaje, no hay proyectos de parques eólicos, la energía se desperdicia y va a fenecer al mar o más al norte, donde amaina por condiciones climáticas y geográficas negativas.

El concierto de pájaros, viento y mar llega a tener instantes sublimes. El placer que se obtiene en los días claros me arrulla, es más rejuvenecedor que la mejor crema nutritiva de la industria farmacéutica. Los pescadores solitarios escudriñan sus cañas y redes. Los grupos familiares se acercan decididos al Faro, donde la vista abarca la inmensidad del universo. La pasión por los miradores ha sido afectada por Internet. Hoy el mundo digitalizado reemplaza a las aventuras y experiencias personales. Dependemos hasta el gaznate de las máquinas.

La mujer que nos alquiló la cabaña es de las veteranas que entienden a las personas y saben vivir con espíritu afable. Hemos mantenido con ella diálogos picantes y certeros. Los demás montehermosinos parecen insípidos o poco inquietos por el trato humano. Los cuatriciclos son la pasión predominante, esos vehículos contaminantes, caros y ruidosos que destrozan los nervios. Y en las playas, jóvenes y viejos juegan al tejo o hacen windsurf con maquinarias extrañas. Abundan también los corredores y ladrones de poca monta. Todos los vecinos cuidan sus céspedes como si fueran reservas de oro.

De Monte Hermoso se puede salir por varias rutas, es un sitio más abierto que la vulva de una puta. Cuando los instantes serenos amenazan hastiar el alma es posible caminar hasta Sauce Grande o Villa Caballero, que son elegantes mini-reproducciones de Monte. También se puede acudir a las playas donde no faltarán cuerpos para admirar. Si se mantiene el apetito sexual contenido quizás los “cola-less” no surtan el efecto buscado. Un culo al aire no es más que un cacho de carne para enturbiar mentes. Las gaviotas vuelan a otros balnearios cuando se cansan de la belleza hermosina. Argentina tiene mil lugares como éste, tranquilos y bucólicos, que aguardan por artistas que los descubran y los hagan famosos, ansiosos por recibir visitas importantes.

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