mi peor rechazo

Llegó cuando yo vivía en aquel patio de Longpre. Era del director de una revista de sexo de la Avenida Melrose. “Escuche Bukowski, usted es un buen escritor, ¡pero jamás vuelva a mandarnos una historia como esa! Ningún hombre se acuesta con tantas mujeres en un día, o en una noche y un día, ¡especialmente alguien viejo y feo como usted! Nos habían encantado sus anteriores trabajos pero por favor, por favor, por favor no macanee de manera tan descarada, el lector nunca le creerá, y aquí ya nos sentimos insultados y estamos hartos de sus condenadas exageraciones”.

Bien, releí la historia y la encontré perfectamente precisa en el sentido fáctico. La dejé caer al suelo y fui a servirme un trago. Cuando estaba a punto de salir alguien golpeó la puerta. Era una mujer joven. Se quedó parada ahí, esperando, desarreglada.

-¿Qué estás haciendo?

-Nada.

-Bueno, estoy llevando a Nina a visitar al padre y vengo enseguida.

-Oh, muy bien nena.

Ella se dio vuelta y corrió a su auto, lo oí rugir alejándose por la calle. Me mandé el trago y luego sonó el teléfono.

-Hola –dije.

Era una voz de mujer.

-¿Qué estás haciendo?

-Nada.

-¿Estás tomando?

-Sí.

-¿Hay una mujer con vos?

-No.

-Ibamos a cenar juntos y a pasar la noche, ¿te acordás?

-Seguro, cariño, estaré ahí a las siete.

Ella colgó. Me senté con mi trago. Lo terminé. Luego me levanté y me serví otro. Me senté allí. Entonces golpearon la puerta. Era la matrona de la casa. Ya estaba colorada por lo que había bebido.

-Okey –dijo-, tengo un whisky en la heladera, ¿vas a bajar?

-Más tarde…

-¡Mejor que bajes, viejo hijo de puta y cornudo!

-Oh, ya voy…

Se fue. Yo miré mi historia rechazada en el piso. Está muy mal cómo piensa la gente: que sólo a los hombres jóvenes y apuestos les toca toda la acción y yo ni siquiera deseo acción. Era algo entre mi máquina de escribir y yo. Es cierto que había días en que nadie me molestaba. Entonces a veces me masturbaba. Esos eran los días en que lograba hacer mi trabajo. Recogí la historia y la volví a introducir en el sobre para dejar que el tiempo pase. Más adelante, se la enviaría a alguien con más sentido común.

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