juego nocturno

No hay ningún ángel vengador ni un demonio rojo y ardiente. Sólo estoy yo sentado aquí, a los setenta años, jugando con la palabra. He estado jugando con la palabra por varias décadas. A veces la gente me mira en la calle y se excita. “Calma –les digo-, no es nada“.

Los dioses han sido amables conmigo, no estoy en un geriátrico, en un manicomio o en un hospital, y considerando todo, mi salud es bastante buena. Creéme, jamás pensé que iba a vivir tanto. He planeado una salida temprana y viví en un abandono temerario. No te enojes, no quiero quedarme en el mundo para siempre. Si algo bueno viene, de buena gana daré un paso al costado. Escribiré sólo para mí, que es lo que he estado haciendo todo este tiempo.

Sí, sí, he sido afortunado y todavía lo soy. Me iré algún día, ya no desfilaré por las páginas con mis líneas crudas y simples. Me volveré extrañamente callado y entonces vos podrás relajarte. Pero por ahora, esta noche, estoy trabajando. La música clásica suena otra vez en la radio, boxeo con la computadora, y las palabras se forman y brillan en la pantalla. Hijo de puta, no tenés idea, ha sido un paseo salvaje y adorable.

Ahora lleno mi vaso y me tomo todo: a mis lectores leales que me han protegido de las modas, a mi esposa y mis gatos, a mi editor y a mi auto que espera en el camino para transportarme al hipódromo y a la última línea que escribiré. Ha sido un milagro más allá de todos los milagros. “¡Tenés barro en el ojo!” –como solíamos decir en los años treinta. Gracias.

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