Hospital Ventana

En el anochecer transparente, una neblina fina como las estelas del humo del cigarrillo,

las aletas plateadas se estrechan delicadamente coronadas por agujas,

la antena más alta del Empire State exhibe su luz lechosa en medio de los bloques

de departamentos en blanco y negro,

velados por el cielo sobre Manhattan,

las oficinas oscuras recién construidas se reflejan en el cielo más azul –

el Este, los ’50 y ’60 cubiertos con castillos y tanques de agua,

los siete pisos con techos alquitranados de las casas bancarias sobre York Avenue,

a la tarde los verdes árboles de mayo rodean la terraza de cúpula azul del centro Rockefeller—

ciencia geodésica al borde del agua—

los autos corriendo en East River Drive,

estacionados en la puerta oval del Hospital de New York

donde perfectos tuliplanes florecen la salud de miles de almas enfermas

temblando dentro de sus cuartos de hospital.

El puente de Triboro puntiagudo de acero,

los techos naranjas de los departamentos lujosos,

la puesta del sol tiñe el río

y en unas pocas ventanas de Bronx, algunos brillos de vapor de magnesio

manchan los cinco pisos debajo de los bastidores pintados de gris en el puente de la calle 59.

Corriente abajo por el río, como Monet vio el Támesis 100 años atrás,

las chimeneas de Con Edison en la calle 14,

y el puente de Brooklyn cubre tenuemente las nieblas modernas—

las cañerías subiendo hacia el cielo por las nueve enormes, visibles chimeneas—

el Edificio de Naciones Unidas cuelga bajo una grúa naranja,

y las luces rojas sobre las avenidas verticales, debajo de los árboles que se tornan verdes en la siesta de una cabeza con un suave dolor nervioso.

Sombrío Dharma[1], regreso a este espectáculo luego de semanas de ponzoñosa lasitud,
mis muslos, mi panza, mi pecho y mis brazos cubiertos con ronchas de duendes,

los dolores de cabeza repercutiendo en el cuello, la ceja y el cachete derecho paralizados—

de tomar la medicina equivocada, demasiado transpirado en la frente indefensa,

cubierta mi bronca desde la garganta hasta la próstata

con la mandíbula triturada y el ano apretado,

sin liberar el grito lastimero de horror ante el robot Mayaguez

el mismo Mundo con millones de toneladas de pena de metal no descargadas

de Pnom Penh a Nakon Thanom, Santiago y Teherán.

Una brisa cálida y fresca en la ventana, la liberación del día del dolor,

los autos flotan hacia el bastidor del puente

y las incontables ventanas en las paredes de los edificios se multiplican por miles,

profundamente en el alivio del cielo, mi mente vacía delicada como ceniza.

Una gaviota pasa sola desplegando sus alas silenciosas sobre los techos.

[1] Principio del orden cósmico en la religión budista.

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