Exceso de tequila – Capítulo 13

-Pues porque es de mala calidad y no desean ofender vuestro gusto -contestó en perfecto español uno de los yucatecas, soltando una densa bocanada.

Los españoles se miraron patitiesos. Los isleños trajeron vasijas de agua blancuzca. Se la sirvieron de tomar a los remeros con cucharones de madera. Luego de echar un escupitajo de satisfacción, el yucateca prosiguió su explicación.

-En esta época del año no abunda, ya está un poco pasado. Hay que esperar la primavera para percibir su exquisitez, aunque si provienen de Cuba, seguramente ya lo probaron.

En vez de sacarlos de su estupor, a medida que el indio se explayaba, aumentaba el asombro de los conquistadores.

-¿Pe-pe ro qui-quien e-eres? -se animó a tartajear Portocarrero.

-¡Ah! Disculpen, no me he presentado. Hace siete años que no pronuncio una palabra en mi lengua natal, y estoy muy nervioso. Soy Gerónimo de Aguilar y …

El indio, cuyo único rasgo europeo eran sus sobacos abultados con pelos de Judas, cuchicheó en maya con sus compañeros.

-¿Participó en la expedición de Grijalva? -preguntó Cortés.

-Pues sí. Mi carabela zozobró y los sobrevivientes nos fuimos desperdigando por toda la costa. Sé que mis fachas les resultarán raras, pero aquí he conocido a estos hombres -señaló a los otros remeros- y he aprendido de ellos muchas cosas. Siempre me trataron con urbanidad, y puede ser que tierra adentro estén algo revoltosos por atrocidades que cometieron ciertos capitanejos.

-Pues eso se verá -replicó Cortés. -Noto que te entiendes muy bien con ellos. Hemos tenido problemas para hacerles saber a los cozumelanos que nuestras intenciones son benévolas. Traigo a un cubano pegajoso que dice manejar el vocabulario suficiente para comprenderles, pero ya hemos perdido mucho tiempo con sus monadas. ¿Quieres sumarte a mi empresa como intérprete oficial?

-Pues desde luego, ya es hora de que abandone mis hábitos de indio -exclamó Aguilar lanzando a un costado su remo.

-Rápido, Melchor, tráele unos calzones al señor -ordenó el capitán.

-¿Usted es el famoso Hernán Cortés? -preguntó don Gerónimo.

-Así me llamo, y poseo una Carta Real que avala mi incursión por estos parajes.

El cubano buscó unas calzas coloradas y se las cedió apenado a Aguilar.

-Deje que sea su ayudante. Es duro de entendederas pero voluntarioso. Puede enseñarle las lenguas del lugar -le sugirió Cortés al nuevo traductor.

-La lengua, que yo sólo conozco una, y es tan vasta y rica como la nuestra -aseguró contento Aguilar.

La lluvia menguó. Sobrevino un viento tibio bajo un cielo pálido. Los cozumelanos parecían cansados, deseaban que los españoles partiesen enseguida. Así lo manifestaron obsequiándoles todo el tabaco que les quedaba. Agradecido, Portocarrero lo recibió.

-En retribución a su generosidad, les dejamos esta cruz de palo clavada aquí. Sí, ya la conocen pero a esta figurita no: se llama Virgen María y da gran consuelo y felicidad a quienes la veneran -le dictó Cortés a Aguilar, enseñándoles a los aborígenes una estatuilla de la madre de Dios.

De este modo se inició don Gerónimo en sus labores de traducción.

Por la banda del norte se dirigieron a Yucatán. Incursionaron en el río de Grijalva con barcos y bateles pequeños. La tierra se veía rica y verde a ambas orillas, tranquila bajo el celo de los zopilotes. En el primer pueblo que hallaron, los indígenas amenazaron las naves con sus flechas. Se ponía el sol y no tenían a mano las carabinas. Incómodos y apretados iban los españoles en los escuálidos bergantines. Tuvieron que escapar y acampar de noche en un arenal fangoso. Al día siguiente, Cortés, inspirándose en la campaña británica de Julio Cesar, desplegó un dispositivo tipo ‘tenaza’ alrededor del pueblo reacio. Tiros de artillería generaron la desbandada de los yucatecas, y algunos se despenaron de tristeza. Aguilar se mordía las uñas y les rogaba a los indios que se rindiesen, que no hacían falta más muertes.

Eligieron de asentamiento un montículo amurallado. La muralla estaba constelada de musgos e ídolos tallados sobre la piedra. El aroma de las víctimas desangradas se remontaba a los bosques aledaños, cosquilleándole el olfato a los coyotes. Cernícalos suspendidos procuraban disputarles trozos de carne humana. En el suelo estéril del campo de batalla soldados españoles mostraban a los indios prisioneros cómo debían cavar las zanjas donde apilarían los cadáveres de sus parientes. Otros cautivos empezaron a construir el cuartel de Cortés. Asimismo, los clérigos pugnaron por iniciar la erección de una iglesia. Montejo encontró en un palacio derruido piezas esculturales de oro embellecidas con perlas, nada de mucho peso.

Aguilar no apreciaba a Melchor, sus gazmoñerías lo hartaron pronto.

-Regresa a Cuba, que ya aquí nada tienes que hacer -le espetó.

El indio bajó humildemente la mirada y sollozó como un maricón. El intérprete le habló a Cortés al respecto.

-Es él o yo. Sugiero que se embarque junto a la partida que irá a revisar los bergantines. Ellos también necesitarán un lengua que haga comprender a los forajidos de la zona el proyecto evangelizador de nuestro Rey.

Muy temprano, cuando todavía continuaba el banquete de los cernícalos, llegaron al real español cuatro yucatecas con joyas de escaso valor.

-Os juran que obedecerán las nuevas leyes que impongas, y os piden que los dejes volver a su tierra. Pretenden vivir en paz y dignamente, reclaman recuperar sus pertenencias. Uno se refiere al tesoro descubierto por Montejo -tradujo Aguilar a Cortés las inquietudes de los caciques derrotados.

-Pues díles que estoy de acuerdo en parte. Aclárales que nuestras costumbres nos impiden devolver los botines de guerra. Sí pueden retornar con su gente y reconstruir su aldea. Si lo hacen ordenadamente, nosotros los protegeremos de sus enemigos. Pídeles vituallas, que cacen cuyes y nos los traigan. Para reparar los daños necesitamos estar bien alimentados.

Se concertó así una endeble amistad. Don Gerónimo acompañó a los caciques hasta el río. Sus caras preocupadas revelaban un notorio escepticismo.

-Promesas también nos dio el anterior jefe español, y ninguna de ellas cumplió -le confesaron al traductor antes de abordar sus naos.

Aguilar regresó en soledad a la estancia del capitán.

-Dijeron que mañana vendrán con los víveres solicitados -aseguró a los inquietos subalternos de Cortés.

Un día, otro día y otro más. Nada, sin novedades de los yucatecas ladinos. El hambre cundía en el campamentos español. Las raíces de yuca se habían acabado y las barricas de agua estaban vacías. En tres jornadas no divisaron indios merodeadores. Los estómagos de los soldados crujían de sequedad. Los pozos excrementicios no recibían mierda alguna. Los peces del río habían huido ante la sangre regada sobre su corriente. Portocarrero pidió licencia para salir a cazar ciervos. El intérprete advirtió que era peligroso y recomendó a Cortés que lo mejor era mantener una actitud paciente.

-¡No, ni que decirlo! Otorgado, capitán. Llévese diez caballos y doscientos hombres -decidió el capitán.

No había ciervos en esa tierra; sí veinte mil indios armados provenientes de diez provincias. Un mensajero volvió al campamento a todo galope a dar la alarma al capitán. El Joven-tigre encabezaba un escuadrón de yucatecas. Nuevamente los artilleros y arcabuceros pusieron en estampida a los indios. Horror recrudecido, más alimento para los zopilotes. Combates que aumentaron en magnitud provocaron una desolación generalizada. Cantidades inmensas de aborígenes masacrados, el Joven-tigre entre ellos. A pesar de su debilitamiento, sólo veinte españoles terminaron heridos la batalla, y rápidamente fueron curados por Peñate. Miles de nuevos vasallos para su Majestad. Renovados convenios de pacificación ratificaron el dominio militar de Cortés. El menesteroso oro rescatado desanimó a las codiciosas huestes españolas. En cambio, se consiguió maíz, frijoles y diversos frutos.

Luego de estas escaramuzas, se sumaron a la empresa mil esclavos. Los cocineros prendieron brasas y apalearon unos lechones. En la comilona, muchos galillos padecieron atracones. Saciado el apetito de los soldados (hasta los chuchos disfrutaron de raciones dobles), se prosiguió el periplo hacia la bahía de San Juan, según la bautizó Grijalva. Así constaba en unos documentos que guardaba don Gerónimo. Las aldeas que orillaban el río estaban avisadas, sea por el humo de muerte que viajaba desde el oriente a Tenochtitlán, fuera por los veloces corredores del país que, espantados, rompían récords de distancia para difundir por todo el Imperio Mexica el Apocalipsis que había comenzado a desatar Quetzacoatl en territorio maya. El anciano-Brujo y su tribu ya habían llegado a Tlaxcala, donde las técnicas de combate estaban más desarrolladas, y la peste europea aún no se detectaba. Los clanes yucatecas se mostraban más sumisos. Mansamente se apostaron en sus muelles a contemplar el avance de los Barbudos. Cortés les regalaba a los líderes cintas de raso y terciopelo, gorras granates y calzones follados. Los soldados de la empresa cambalacheaban camisas y jubones por exquisitas labores de orfebrería.

El oro mexicano alucinaba las mentes de los soldados hasta enfermarlas. Y encima iba mejorando la calidad y cantidad al progresar la empresa. Vuelta a la costa, la armada acampó en un pueblo con construcciones de paja. Cortés y sus seguidores deliberaron sobre temas urticantes.

-Al diablo con el gordo de Velázquez. El querrá apropiarse de todo. Más vale fundar ciudades, armar Tribunales de Justicia y escribirle al Rey para que aumente el caudal de gente a trasladar a América. Así poblaremos estos señoríos y recibiremos mercedes de los indios cuando, luego de su conversión, se den cuenta de que instauramos una era próspera -propuso Portocarrero.

Cortés lo escrutó con recelo, rascándose la barbilla. Imposible adivinar qué barruntaba, porque abría los labios para opinar algo pero se detenía al primer aliento de su voz. No temía las represalias del Gobernador de Cuba, pero cierto escrúpulo interior le impedía sumarse al entusiasmo de sus subordinados.

-Es una excelente idea, Alonso. No podemos demorar este proceso, Hernán. Elige a quien quieras como alcaldes y regidores. Piensa en la fama que ganarás. Nuestras reales Altezas estarán encantadas. Su imperio debe acrecentarse al compás de nuestra marcha -aconsejó Montejo.

El capitán bostezó con aparatosidad. Todos coincidían en olvidarse de los compromisos asumidos en Cuba. Se formó un murmullo de aprobación que inflamó el corazón de Cortés, quien se levantó de su poltrona para desperezarse. Después pidió a unos esclavos que le sirvieran en su copa el licor amarillento que preparaban los yucatecas. Entonces habló Aguilar.

-Propongo un nombre para esta ciudad: la Rica Villa de la Vera Cruz, y que tenga larga vida por siglos de siglos.

Cortés expresó su conformidad elevando su copa y dijo lacónicamente:

-Así sea pues.

A latigazos y oprobiosas flagelaciones, los sojuzgados edificaron el Ayuntamiento en una semana. Portocarrero y Montejo fueron designados procuradores. Más tarde debían retornar a España, eludiendo las naves de Velázquez que rodeaban Cuba, y depositar a los pies de sus Majestades la quinta parte de lo acumulado en oro y plata. Indios de bezos caídos viajarían enjaulados en la nave Capitana, junto a las provisiones de maíz, ajíes, yucas y patatas. Los escribas concluían el inventario de las joyas, piedras, plumajes y ropas remitidos.

-Con esta mercadería, Don Carlos podrá lucirse ante los otros reyes de Europa -afirmó Antón de Alominos.

-Regresaremos, Hernán, no lo dudes -consolaba Montejo a su amigo.

Entretanto, cuatro espías de Velázquez que surcaban el Caribe fueron capturados y pasados a justicia. Una competencia violenta comenzaba a desatarse.

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