Exceso de tequila – Capítulo 11

-Son secuelas inmediatas de su parto enmarañado. Mi ayudante Fulgencio cuidará que no cometa excesos en su dieta, puedes estar seguro de que quedará como nueva. Aquí en América, las hierbas son mejores, arraigan con mayor consistencia en los organismos. Seguramente, estos frutos reconstituirán su aparato reproductor -le susurró Peñate al capitán, señalándole una patena rebasante de jugosas especies de pepones y melocotones.

-Sí, mientras no funcione durante mi ausencia, estaré contento. En la isla escasean damas españolas de su estirpe, no sea que un soldadito valentón me la arrebate -le cuchicheó todavía más bajito Cortés.

Catalina casi no los escuchaba. Aún no se le había pasado el mareo del alumbramiento. Torcía la boca pastosa, entrecerraba sus párpados hinchados, tragaba la pulpa de dulzor delicado. Recorrían sus pepitas la figura del ser que había procreado, sus fuerzas y tripas llevadas al límite para engendrar un heredero de la Nueva España. Amor no sentía, no podía sentir amor por algo tan minúsculo. Estaba asombrada pero su cabeza giraba a uno y otro lado, sin poder ocultar la desazón que le causaba la partida de Hernán. Una sirvienta ponía las manos en cuenco para recibir sus gargajos de bilis, tan contrariada estaba. Sollozando, sus hombros crispados, rogó que las tetudas se fueran a amamantar a Hernancito a otro lugar. Se escabulló bajo las sábanas dándole la espalda a los hombres. Ocultó su faz corroída por la ñoñería con un pañuelo de género de Castilla.

-Bueno, los dejo solos -anunció Peñate alejándose hacia la puerta.

Cortés enfundó sus pistolas y se encasquetó el sombrero de tela rústica.

-Vamos, Catalina, deja esas chiquilinadas y salúdame como corresponde a una mujer fiel. Una Penélope de tu talla no puede comportarse así, armando un lío tras otro. Yo retornaré, vamos, dame un besito de los tuyos.

Así Cortés intentaba dulcificar la despedida, agazapándose y tomándole el talle de improviso, haciéndole cosquillas tras sus orejas transpiradas.

Ella accedió desganada a su cariño. Soportó sus besos con olor a chicote amargo y permitió que él apretara entre sus manos, la suya de dedos frágiles y friolentos. Sus guedejas eran hilachas pegajosas, su cutis alacranado, inflamado con sarpullidos violetas. El fondo de su faz no dejaba de ser hermoso, angelical y lascivo a la vez. Aflojó una sonrisa de ramera arrepentida mientras asomaba descolgada en su rostro una pasión rubicunda. En sus hoyuelos se plasmó un deseo carnal. Enseguida se esfumaron sus lacras, y a la vista de Hernán, era un pubis clamando por caricias, un clítoris expectante.

-Es que te voy a extrañar… -le murmuró Catalina entre quejidos de agonizante.

El ruido del acarreo de los cañones invadió los salones de la mansión. Los esclavos cargaban a sus espaldas bolas de plomo de distintos calibres, barricas de pólvora y fardos de alimentos, paquetes con restos de la última cosecha de maíz, magra y amarga, que había dado la isla. Cuando trastabillaban y se les caía algún lío de mechas, candiles y culatas, los capataces los apaleaban redoblando el alboroto. Arrebatado por nervios inexplicables, el capitán desnudó torpemente a su mujer. Dos minutos después ella se incorporó para lavarse.

-Sin tí, la estadía en este páramo se me tornará tediosa. ¿Qué futuro le espera a nuestro Hernancito en un lugar que hiede a ceniza y fiambres de indios acumulados? Con que te tardes más de dos años regreso a España, ¡lo juro por esta virgencita! -bravuconeó doña Cortés, frotándose el trasero con una esponja perfumada sobre su bacinica de bronce.

Cortés todavía tenía que renunciar al puesto de alcalde. Debía escribir una carta, y se aproximaba la hora de partida. Desde el lecho de la convaleciente, pidió tinta y papel a grito pelado. Correa se los trajo luego de cinco minutos en los que dialogó con su esposa. Ella gemía, gimoteaba sin reparos, no le importaba que los guardias oyesen sus exabruptos.

-Además, abandonar a una mujer como yo, codiciada como oro, de abolengo nobilísimo… ¡Sólo a un egoísta, a un orate de remate se le ocurriría!

Su afonía producía gañidos y vociferaciones trabadas, asfixiadas por un sofocamiento frenético. Sus manos atraídas como palancas a su gollete, trémulas, aferrando la espina sentimental que la atenazaba, repiqueteaban encima de la clavija que le apuñalaba el alma. Entonces, sólo retazos y bagazos de la exposición dramática de Catalina podían llegar a los oídos del cronista y los soldados que custodiaban la antesala. Algo así como “¡Cerdo de porquería…! -una tragada de lágrimas, viendo trasgos malévolos revoloteando a su alrededor, continuaba: ¿Quién te has creí que eres? ¡Ya vas … ya vas a arrepentirte cuando me acueste con otros!”.

En Santiago abundaban monaguillos aficionados a los chismes, sacerdotes devotos que para intercalarse entre los indios, eran capaces de andar leguas y leguas. Ciertos lunáticos desertaron de las filas sanguinarias europeas, hasta hubo algunos que se mezclaron con los revolucionarios cubanos, como Gonzalo Guerrero, y otros que desaparecían extrañamente del campamento español. Años después aparecían con las orejas y narices horadadas, y organizando las defensas de los amotinados, de quienes osaban sublevarse a la fe católica. Otros preferían haraganear, ocuparse sólo de abusar de mujeres y rapiñar lo que hallasen en aldeas abandonadas, sustentarse pobremente, sin sueños grandilocuentes. Alvaro, en cambio, anotaba los epítetos de la aulladora en sus apuntes. Tenía una ambigua intención de escribir una novela, y copiaba todas las discusiones que podía oír. Desordenadamente lo hacía. No les daba ningún concierto a sus anotaciones. Era una acumulación de pensamientos sobre temas diversos tomados al vuelo, así nomás, registrar, registrarlo todo como una máquina, luego habría tiempo para otorgarle forma, un embellecimiento que pudiera atrapar la admiración de literatos, clérigos, soldados y comerciantes.

-Aquí tiene, aguarde a que se sequen un poco las plumas -recomendó el cronista al depositar el tintero en el escritorio de Cortés.

Peñate reingresó a la habitación. Acercó un banquito a la cama de Catalina y comenzó a hipnotizarla. Balanceo típico de rosario frente a sus pupilas errantes, idas al sueño a saltitos de realidad. Hernán ya estaba inspirado, reclinando su torso sobre la hoja:

“Ante indeclinables recados de Su Majestad, me encuentro conminado a abandonar una ciudad que siempre amaré. Todos sus ciudadanos reconocen mi trayectoria, el bienestar que comenzó a surgir con mi gobierno, la maravillosa administración que ejercí en sus territorios. Este servidor de Su Majestad y la Santa Fe de Nuestro Señor Jesucristo regresará para donarle todos los beneficios que obtenga en la empresa comandada por nuestro Rey. Os puedo asegurar que lo hará, porque mismo al escribir esta renuncia, recuerdos gratificantes abultan de lágrimas sus párpados. Por lo antedicho, hoy, primero de febrero de 1519, declino mis deberes de Alcalde para embarcarme a descubrir nuevos reinos, jardines de bíblica belleza, sublimes riquezas que engrandezcan el Poder de la Corona Española”.

Tras deslizar su firma de trazos firmes y esbeltos, Cortés enrolló el pliego y lo ató con una cinta naranja. El doctor ya había derivado por un embudo una infusión milagrosa trasegada completamente por Catalina, quien ya estaba roncando a raudales. Sus jadeos estridentes sólo se detenían para darle paso a un carraspeo vigoroso, como si la espina se le estuviera clavando de a poquito. Peñate salió apurado.

-Todavía no empaqué mis muletas. Temo que los esclavos destruyan mi colección de huesos indígenas. Nos vemos en el puerto -lo saludo a Hernán, quien lo acompañó al pasillo.

Enseguida el capitán llamó a un guardia, pudiendo aullar a sus anchas sin que a su mujer se le mueva un pelo.

-‘Llévala a la Alcaldía y déjala en el primer cajón de mi bufete’ -le ordenó a Correa, entregándole la carta.

-Pero capitán. No puede hacerme esto -protestó el despensero con tono desmedido, sorprendido por la misión insípida que le otorgaba.

-¿Cómo osa, Cominos del demonio, contrariar mis mandatos? -se incorporó el capitán, avanzando con la mano asida a la cacha de su arcabuz.

Alvaro se parapetó tras el escaño que había traído Peñate. Al Adelantado lo apiadó su aspecto de pichón indefenso. Después de todo, el cronista le caía simpático, y su resistencia tenía motivos cariñosos. Quería permanecer junto a él hasta el último instante.

-Está bien, Cominos, tienes razón. Deja de temblequear -le pidió Cortés. -Pasa antes de que levemos anclas y nos daremos un abrazo.

-Gracias, don Hernán, Fray Reginaldo me dará permiso -dijo Alvaro sacudiendo sus plumas.

-No te vayas aún. Díme, sabio escriba, ¿a quién puedo encargarle esta misiva entonces?

-Se la doy a Pedro de Candía. El la llevará encantado, a él no le gustan las ceremonias de partida -respondió el cronista retrocediendo entusiasmado.

Cortés se colocó gravemente su capa violeta. Fue hasta la celda de las nodrizas y les pidió a su hijo dormido sobre sus mullidos pechos. Hernancito se quejó cual condenado al ser raspado por los bigotes del capitán. Su llanto resonó en las paredes. Cortés lo devolvió y marchó hacia la salida. Hasta la puerta de la mansión lo acompañó el vibrante bramido del bebé. Afuera, un palafrenero cepillaba el hocico de su caballo. Guardias y mayordomos ya estaban erguidos en sus monturas. Recorrió el adoquinado sendero al puerto con pompa y resolución, recibiendo a su cabalgata vítores y palabras animosas. Un esclavo se le cruzó en el camino y le imploró arrodillado que lo llevase con él. Cortés le hizo señas para que se levante. El indio se aproximó lentamente al caballo. Era un bautizado que había aprendido el español. El zagal cubano paró su oreja en los labios movedizos del capitán.

-Veré si queda un escondrijo en la nave de Montejo. Consigue algún esquife, haz como que perdiste el rumbo y nosotros te recogeremos -lo invitó a sumarse a su compañía.

-¡Suelten amarras! -comenzaron a vocear los contramaestres.

Cortés ya estaba en la explanada que comunicaba su nave al muelle, unos troncos ligados con juncos. La costa pantanosa estaba apelotonada de esclavos, arrastrados al agua por la guardia de Velazquez. Desde una base cenagosa ayudaron a izar los bártulos de los viajeros. Ya habían terminado de jalar cuerdas punzantes con todos sus músculos. Puntualmente, el cronista había acudido a la cita, y él fue el que le dio el último consejo a Cortés, antes de que girara su cadera para escalar al estribor de la nave capitana.

-A ese indiecito que pretende ser traductor no le haga caso. Deje que se hunda, no confíe en sus palabras. Es un embaucador, puede echar toda la conquista de Nuevos Reinos a perder -le advirtió.

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