Exceso de tequila – Capítulo 10

Ella no se salvaba de las vejaciones de principitos nobles que se le aproximaban. La hacían trabajar catorce horas diarias en sus telares y cuatro en tareas de traducción. Muy poco podía hacer en lo que le sobraba del día. A veces, la interrumpía Catzontzin o uno de los nobilísimos potonchanos antedichos, y se la llevaban en sus lujosas canoas, la embriagaban con elixires mágicos, y allí perdía la conciencia, la ciencia de la realidad. Retornaba anestesiada a su cueva, porque ella afincaba junto al río. La despertaban luego los siervos eunucos de Paloantzin, sacudiéndola de cada brazo, jalándola como a una mártir cristiana. Tenía relación este despertar con sus sueños y visiones. Envuelta en rocío y espuma, hojas y ramitas de guanábana adornándole su túnica, Malintzin se escurrió los ojos. Tenía las pestañas agotadas de tanto entrelazar hilos y expresiones, la voz encrespada por la ausencia del licor que la había dejado pasmada, los cachetes con ronchas de picaduras de hormiga. La cabaña de su tío era un estropicio, y ella prefería usar una hamaca. Así, mientras la arrastraban los ágiles capataces del cacique a lavarle la cara, de a poco recayó en que había bebido algo. Estaba al pie de una gran cascada, ajumada y desnuda, parpadeando imágenes cristalinas, y tragando el líquido que tanto la acunaba, envolviéndola en un vaivén de émbolo relajado, como lo hacía Coaxchitl cuando ella era una pequeña venerada. Los nobles cuerpos se acercaban y la tocaban provocándole agradables escalofríos. Era lo único que se acordaba. El agua dulce y fría la despabiló.

-Catzontzin te necesita, quiere que le expliques lo que balbucea su amante mexica.

El elegido la humillaba a cada instante. La hacía participar de sesiones amatorias con mujeres deformes. Por cierto que Malintzin sufría. Empezar el día de este modo le daba asco.

Al concluir sus duras labores, las esclavas se juntaban a parlotear. En un ambiente recluido y oscuro se compadecían de sus sufrimientos. Malintzin siempre intentaba borrar la congoja de sus talantes, haciéndoles notar que, de acuerdo con sus sueños, cabía una posibilidad de liberación. En el entorno confidencial donde se aglutinaban, los desparejos breñales potonchanos que estaban al otro lado del monte, la intérprete era la esperanza de la casta. Corrían varias leyendas sobre su carácter de ungida, de seleccionada como protagonista de la historia por el destino azaroso que gobierna los acontecimientos del mundo. Entonces se olvidaban de la tirria que les suscitaba, y la consideraban como una líder indiscutida, predestinada a cumplir proezas inigualables.

-Sí, compañeras, los he visto -les arengaba. -Son hombres de piel amarillenta, con pelos grotescos en sus caras. Lo he consultado con los mejores adivinos del pueblo. Ellos me aclararon el sentido de las visiones. Lo anuncia también la aparición del cometa Remolino Escupido. El futuro se representará en el cielo. Que ocurra hoy no es una simple coincidencia. Los sueños que les cuento los tuve ayer. Llegaban estas criaturas justicieras a implantar un reino de conceptos teológicos ajenos a nuestro entendimiento. A sablazos y fuegos poderosos arrasarán la tierra para establecer sus principios lunáticos. La figura del astro que surcará el firmamento a medianoche será la de un animal grande y distinguido, el que montan estos héroes extranjeros. ¡Oh, cómo podría explicar su potencia y lealtad, sus formas esbeltas y a la vez, desencajadas! Su paso por la Tierra nos convendrá, porque no traerán mujeres, y nosotras seremos imprescindibles para instaurar sus leyes forasteras. La procreación que le dicen…

Malintzin hizo una pausa para tomar un cuenco de horchata. Las que la agraviaban clandestinamente se comportaban ahora como sus más fieles seguidoras. La aplaudían a rabiar, colmaban la cueva con frases de apoyo.

-¡Sí, Malintzin! Tú eres la Elegida. Hundidas en quejas no lograremos revertir nuestra suerte. Sácanos de esta vida postrada. Creemos en tu Sabiduría -dijo una.

-¡Por supuesto! Sólo vaticínanos cuándo arribarán. Entiende nuestra impaciencia. ¡Oh, Malintzin, nosotras te serviremos como a Tigresa de Cerro! El próximo Reino de la Providencia será tuyo, y tal vez, dure eternamente, como el eco de un tambor marcando el ritmo de nuestra galaxia -afirmó otra.

La trujamana manejaba a su antojo la Junta de Esclavas. Ninguna se animaba a reprocharle que era una acomodada. Luego de aliviar su paladar con el dulce jugo que habían preparado sus camaradas, Malintzin colocó su mano derecha perpendicular a las cejas, efectuando un visaje de visionaria. Atisbó nubes de enfermedades pustulosas que mermarían la población de Potonchán, hombres blancos no exactamente ángeles salvadores.

Había un fondo bucólico en la religión que profesaban los brutos libertadores. Confundida, la profetisa improvisada divisaba un solo Dios, no la típica congregación de divinidades que consultaban los ancianos-Brujos de su tribu adoptiva. No tenía formas, ni siquiera un contorno definido. Tampoco era su Quetzacoatl, sino que su concepción era mudadiza. Apenas aferraba una imagen de su cuerpo, ésta se esfumaba en una materia polvorienta. Le quedaban ideas vagas que armaban el porte de un comerciante mexica de baja ralea, un bicho trepador como los que abundan en los pantanos de los alrededores. Pero tenía que presentarlo de mejor manera. No podía cejar en su afán de alzar el ánimo de sus compañeras.

-Sí, arrasarán la Tierra, aunque germinará después una era de paz. No van a pasar más de doce lunas, y los tendremos entre nosotras. Tienen un solo Idolo. Es medio invisible, aunque si una aguza la mirada, puede entrever sus cualidades benignas: ama a los pobres, consuela a los condenados, premia a los obedientes, castiga a quienes amenazan su Poder con extremada saña.

En tal ocasión, llegaron otros hombres que conocían de modo más palmario, piel a piel, latigazo a latigazo. Su trote ciego no fue percibido por la oradora. Se deslizaban como iguanas furtivas. Paloantzin los había mandado. El amo estaba inquieto, sospechaba que estaban tramando una conspiración. La Asamblea de Nobles Potonchanos no ignoraba la ascendencia painalense de la esclava principal. Temían sus dotes de ilustrada en varias lenguas, su conocimiento de un sinnúmero de dioses. Ella podía encabezar una revolución y guiarlas a otras comarcas. Podía instarlas a sacrificarse y perecer por una causa insulsa, fruto de las turbadas premoniciones que accedían a sus ojos cuando retornaba de sus escapadas al río, los días que el nanacaste estaba más depurado. En las épocas de feria, al establecer contactos y trueques comerciales con los caciques de pueblos aledaños, los adalides potonchanos temblaban, recelosos de que Malintzin confabulara con ellos, y acaso les arruinara suculentos negocios con su verbosidad infatigable.

-Bueno, ¡esto se acabó! ¡Muévanse, esclavas, esclavas malditas!

Eran los sicarios de Paloantzin. El que les gritó era un cachicán de Catzontzin. Se introdujeron en un corro de brazos endurecidos, vientres ultrajados a toda hora, tetas que daban de mamar sin pausa, piernas robustas de cultivar los plantíos de sus señores. Las corrieron como a ganado pachurriento. Empujaban a las atrasadas, las hacían rodar por cuestas cubiertas de plantas espinosas.

Ya la noche despuntaba luminarias irregulares, estrellas titilando a destiempo, tecolotes que graznaban al vacío. El aire estaba condensado y lento. Los ayotales no se meneaban. Las cosechas parecían congeladas y hacía calor. Las oscultaba una bruma escarchada. El sudor petrificaba los pasos de las esclavas. Iban descalzas sobre sendas rocosas. Algunas chupaban sangre de las heridas que les producían los azotes de sus celadores. No podían detenerse a buscar raíces para curárselas, debían avanzar hacia el núcleo del pueblo, la calle de los Resucitados, frente al palacio de Paloantzin. Allí los adivinos habían plantado sus teodolitos. Bien calculado tenían el ángulo de aparición del cometa. Ellos lo habían apodado Remolino Escupido. Lo primero por su desordenada cabellera, y lo segundo por su aspecto de esputo de Dios Oriental. Ahí estaba la nueva Era que se avecinaba, en aquella burda representación sideral.

Nadie dudaba de los versos que recitaban los hechiceros potonchanos. Como augures de raigambre, su caldo de nanacastes lo acompañaban con un mezcal fermentado en sus laboratorios (en verdad, no contaban con los medios para exportarlo de Tenochtitlán). En cualquier caso, rogaban al cielo que no les hiciera pasar como embaucadores ridículos. No deseaban que los príncipes los tomaran por chabacanos o absurdos. Esperaban que las señales del Remolino Escupido reflejasen todos sus pronósticos, pero el carácter nefasto de los mismos les paralizaba el habla. Si se equivocaban, sus lenguas serían desmochadas. Por eso querían apurar el momento, pero los astros no respondían. Repiqueteaban sus parches las formaciones de percusión. Las chachalacas respondían desde sus vuelos nocturnos con chillidos extensísimos. Los vigilantes de Paloantzin arrastraron a las esclavas por la vía de la resurrección, y las entregaron a los adivinos, quienes enseguida les distribuyeron instrumentos de madera para que se plegaran a la tocata. Quizás el ritmo aumentado se metía por la panza del dios, le subía por el tubo digestivo, y se escapaba después de su boca en forma de babosidad saltarina.

Los caciques se entretenían con la función. Se manifestara o no el Remolino Escupido que anunciaba el desastre, disfrutarían de la velada, sea contemplando un evento único y espectacular, la máxima demostración de la astronomía potonchana, el dibujo de los cielos con las voces entrecortadas de los Brujos, o, si sus trucos y zarabandas fracasaban, mandarían extraer unas cuantas lenguas, actividad que requería corazones sólidos y ojos atentos.

Para observar el fenómeno, a Potonchán habían acudido tabasquinos de aldeas vecinas, representantes de Yucatán, y los cubanos que ya habían visto en vivo el cometa que brotaría de la Nada gigantesca. Su campaña de prevención había tocado varias zonas. Se expandían y advertían a los pueblos sobre cómo debían guerrear a los hombres blancos. Sus mensajes se dirigían a las grandes ciudades, el poderío del adversario exigía la intervención de todo el continente. Paloantzin los había invitado a su palacio. No podía comprender su idioma caribeño. Los vocablos eran demasiado danzantes para él. Ansiosamente aguardaba que se presentara la amada de Catzontzin. Ella hallaría la manera de comunicarse más allá de sonrisas amistosas y expectantes intercambiadas por protocolo. El cachicán traía a Malintzin tomada del brazo, remachándole el codo con sus uñas picudas. Le soplaba al oído juramentos encarnizados. Antes de largarla, le rasguñó suavemente un cachete del culo.

-Hola, Tigresa del Monte, Intercesora ante Potencias Extraterrestres. Te necesito. Sólo tú puedes despejar mis confusiones. Saluda a estos cubanos y procura entender su lengua -dijo su amo.

Tenepal acató las órdenes pero el léxico cubano era infranqueable hasta para ella. Los guerrilleron isleños quedaron entonces apartados.

-Dínos, oh, Tenépal. ¿Cómo saben los adivinos, cómo se dan cuenta de lo que acaecerá? -inquirió Catzontzin.

Antes de que pudiera responder, Remolino Escupido los dejó a todos sumidos en una mudez de ultratumba.

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