El hígado mágico de Neanderthal

Ocio económico, disipación tranquila. El tiempo transcurrió lento y se tornó crónica la lasitud de Neanderthal. Sus deseos eran limitados: vagar buscando pan, ayudar a cojos o ciegos a subir las escaleras de la iglesia, barrer la vereda contigua a su colchón, armar puestos en la feria del parque. Los vecinos se habituaron a su andrajosa presencia y lo saludaban, descubriendo en su figura a un personaje fiel y tierno. Ya pocos se acordaban de su nombre y era universalmente conocido como “Nano”. Sin embargo, él sabía que era un Neanderthal de raza, y ante sus amigos más cercanos lo confesaba. Le gustaba ver su asombro, su reacción.

-Pero dejate de joder, Nano, qué vas a ser un Neanderthal, esos hombres se extinguieron hace millones de años.

Ciertamente, en una borrachera Neanderthal había perdido el documento donde constaba su nombre y no podía demostrar sus aseveraciones. Eso no importaba, tenía buenas relaciones con la policía y nunca lo llevaban a la comisaría, como les sucedía a otros vagos como él. Le daban sobras de pizzas y hasta alguna navaja vieja e incautada para que se afeitase o defendiese de los vecinos cargosos. Su dejadez e indisciplina no impedía que para ciertos asuntos fuera un hombre metódico. Por ejemplo, llevaba siempre un peine que escupía antes de usarlo sobre sus pelos duros y espesos, se lavaba los dientes con licor de anís antes de visitar algún restorán para pedir comida, o cuando se citaba con alguna loca del barrio. Juntaba diarios y anotaba en un cuaderno todos los objetos que le regalaban: sillas rotas, martillos torcidos, cajones de verdura, radios sin antena, marcadores y biromes gastados…, utensilios que cambalacheaba en la feria u obsequiaba a seres más necesitados.

Bajo ninguna circunstancia Neanderthal paraba de beber, la resaca la curaba con más alcohol, las náuseas con respirar profundo, los mareos con salir a caminar un rato. Si se le nublaba la mente buscaba un lugar solitario donde pudiese sentarse tranquilo a pensar sobre los días pasados. Su estrategia para tener buen humor y resistir los embates de la realidad era, entonces, navegar en alcohol y conversar amablemente con los vecinos. Así le resultaba fácil encontrar paz y serenidad. Había heredado de Botella su afición por la lectura, aunque sólo le interesaban revistas deportivas o de prensa amarilla. Tirado en su colchón, en la puerta de su morada, extendía las páginas a su gusto y se enteraba de hechos y proezas de deportistas y asesinos. La política y las inequidades sociales ya no captaban su atención. Vivía en carne propia todas las injusticias del sistema democrático, y las consideraba irreversibles. Sus ilusiones de cambio murieron con la perdición de su juventud. Los ojos le dolían de tanta miseria vista, del esfuerzo por comprender la malignidad y la locura de los hombres. Pero no era una actitud de resignación la que había asumido, porque cuando se acercaba a los jóvenes para charlar los acicateaba para que armaran una revolución. No lo hacía como muestra de un espíritu rebelde sino respondiendo a su estirpe caótica y neanderthaliana. Lo que para un ciudadano común era una penuria, un problema grave, para él era una trivialidad, una circunstancia que ponía a prueba su temple.

Durante las tardes calurosas Neanderthal se acariciaba el hígado y se amodorraba, comportándose como un filósofo chino. No conocía doctrinas religiosas, rechazaba la existencia de ángeles o demonios, se burlaba de los asuntos de hadas y repudiaba las leyendas populares. Opinaba que corrompían a las clases bajas, esclavizándolas y aferrándolas a supercherías crónicas. El tenía su propia mitología, creyendo en etiquetas de botellas, trozos de adoquines arrancados, cagadas de palomas, árboles torcidos, esqueletos vivientes, aviones y helicópteros silenciosos. Todos los días podía virar su objeto de adoración.

-Pero Nano, no podés ser tan ligero con las creencias –le dijo Popeye, un compañero de andanzas, barbudo y ceñudo.

    Neanderthal percibía sensualidad en el andar de las hormigas, en las formas que emergen de los caños de escape de los camiones, en el monótono ascenso y descenso de las escaleras mecánicas…

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