el chiste

Suele suceder cuando la fiesta se está poniendo buena, alguien dirá:

-Un momento, eso me hace recordar un chiste que escuché. Llevará un minuto y prometo no contar más de uno.

Se inclina hacia delante y comienza a contarlo, y esta es la peor parte porque sabés que no será gracioso, y aún peor que eso, ni siquiera se trata de algo plausible, pero él continúa mientras tu estómago se siente como si hubieses comido un huevo podrido. Alcanzás el remate mucho antes que él. Luego él termina y mira alrededor. Hay un silencio, nadie se ríe, ni siquiera sonríen.

-Esperen –dice él-, ¿no lo entendieron?

-Yo lo entiendo –le dije.

Luego él se reclina, piensa que no tengo sentido del humor, que tuve un mal día o que ha sobreestimado mi inteligencia. Podría tener razón en todo. Sé que a menudo he visto a famosos comediantes que hacen millones contando chistes horribles mientras el público los aclama y en toda la nación infinidad de personas se suman desde sus livings, y yo me siento y pienso “estos chistes son malos, muy malos, hay muy pocas dudas sobre ello”. Y aún algún borracho se sienta conmigo y se ofende porque no me muevo cuando hace una broma que haría recular a los dioses. Pero nunca se ofenden lo suficiente para no volver y lanzar un nuevo chiste tan malo como el primero, o peor, volviendo a contar el primero, habiendo olvidado la anterior agonía. En todas mis décadas de escuchar chistes, apenas escuché uno meritorio, que era así –no, esperen, lo he olvidado. Tienen suerte.

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