Yo, consumidora

por Leila Soto

Llegó la crisis y sus múltiples protagonistas, como ciudad sórdida y egoísta que nos caracteriza, cada uno se preocupa por el propio sacrificio que tiene que hacer. Por supuesto el más visto y oído es el del consumidor, ya no somos (ni nos quejamos) como trabajadores, empresarios, comerciantes, ni tan siquiera ciudadanos con impuestos a cuestas, lo que más duele es el precio de las zapatillas, las vacaciones o la cerveza.

 

Tuve una formación marxista desde más o menos los 16 años, poco después de concluir cualquier interés de entender (y aceptar) el mundo con algo de religiosidad,  me inicio en el tortuoso aprendizaje sobre la perversa forma de organización económica en la que vivimos, he leído bastante sobre la sociedad capitalista, consumista, posmoderna, individualista, etc. Aprendí lo suficiente de sociología como para poder ubicar los distintos actores sociales,  mi condición de clase ha tenido épocas de mayor y menor esplendor, pero siempre de sector medio para abajo. Años de psicoanálisis me ejercitaron en la introspección subjetiva. Las discusiones sobre género no son mis favoritas pero las considero legítimas, especialmente cuando ciertas miradas o palabras machistas penetran en mi cabeza y me hacen despotricar por un mundo organizado con lo peor de lo que supuestamente representa la masculinidad (si es que en verdad existe). Las lecturas también me han permitido tomar una cierta distancia crítica sobre los contenidos de los medios de comunicación, en general multimedios a los que veo con recelo, soy consciente de su capacidad para imponer gustos, críticas, humores y preocupaciones. También en mis tiempos de docente incorporé conceptos sobre los derechos del consumidor, gracias a esa “espléndida” inclusión de derechos que se plasmaron en la reforma constitucional del año 1994, todo un símbolo de la década nefasta que, lo que llegara a rango constitucional sea precisamente derechos del consumidor, algo así como de quienes en verdad existen.

En síntesis, se podría decir que me encuentro entre el estereotipo de un intelectual pero sin ser academicista.

 

Pero nada, absolutamente nada de mi formación me prepara para aceptar dócilmente mi condición de consumidora, la considero más universal que mis derechos, más presente que mis obligaciones. De una naturaleza tan sutil como la condición de género pero de mayor influencia.

Dime qué compras y te diré quién eres.

Tuve ramalazos de conciencia en varias ocasiones, algunas muy esclarecedoras como la vez que quise comprar un libro acerca de la pobreza y su precio era inaccesible para mi bolsillo.

 

Suspiro permanentemente por objetos a los que considero indispensables en mi vida, pero cual triste película del cine mudo, no paso de la ñata contra el vidrio, suspirar, hacer tripa corazón y seguir adelante, dos meses después me doy cuenta de que he podido vivir perfectamente sin renovar mi ropa interior, sin un nuevo pantalón o par de zapatillas. Entonces ¿por qué la angustia? ¿por qué siento la “ausencia” de ese objeto en mi vida? ¿Es posible que lo que no pudo un Dios en el que no creo lo puede una buena campaña de marketing? ¿Las marcas llenan un vacío existencial que quiere seguir vacío? Alguna vez escuché a un filósofo religioso hablar sobre cómo la naturaleza humana en situaciones límites clama, ora, pide, exige o implora a un posible ser superior y con poder para liberarlo del mal que lo aqueja. Decía este buen hombre: si estás en el medio del mar, a punto de ahogarte ¿no vas a pedir vivir, respirar? ¿a quién se lo pedis? Naturalmente a alguien con capacidad de obrar milagros… Como nunca me ahogué sólo puedo suponer que también lo haría o que, fiel a mi naturaleza, pediría un bote, un rescatista, cualquier cosa, hasta algún producto marca ACME. Porque a esta altura ya no dudo que pienso, que existo y que consumo.

A veces, como una católica culposa de la vida, me reprendo estar escasa de efectivo y trato de recordar los “pecados” que me llevaron a esa situación, empiezo a enumerar los helados, cervezas, salidas al cine y libros que me di el gusto de comprar en el corto plazo, pero es inevitable pensar en los taxis, eventos y demás libros que dejé de consumir en el mismo plazo. Es el momento en el que me siento totalmente estúpida porque me doy cuenta que el potencial consumidor de alguien que se autodenomina “no consumista” es monstruoso, gigante, enorme.

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