Las papas queman

Las papas queman

por Hugo Müller

¿Por qué se la desmerece, tratándola como un producto cualquiera, dejándolas olvidadas en el horno, la sartén o la bolsa para hacer los mandados?, ¿es que acaso el robo y la usurpación de los poderosos va minando su carácter sagrado, vulnerada su esencia por sus armas tecnológicas?

¿Subsisten los campesiones gloriosos de la América Latina luchadora?, ¿volverá la papa a ocupar un lugar vital en nuestras vidas, ser un elemento acorde a las chichas y los vinos más excelsos?

No se trata de organizar una religión ni de inventar ceremonias. El espíritu del papado no tiene vínculo alguno con un alimento como la papa, que es un regalo bendito y concreto de Dios. Además, un Papa alemán o un Papa argentino, ¿qué pueden saber de la papa?, ¿qué nos contestarían? ¿Le pareceremos lunáticos o insolentes?, ¿usarían su lengua para despacharnos? Les escribiremos una misiva, quizás les interese, al menos deben conocer algo de la historia de la Inquisición, algún comentario de un fraile, conquistador y borracho, sobre las papas… De cualquier modo, es cierto que no es la persona más apropiada a quien debemos dirigirnos, por más que su nombre coincida con la papa elemental: el tubérculo precioso.

Acerca del origen de la papa, ha sido materia de debate y conflicto entre peruanos y chilenos, teniendo los bolivianos también alguna pretensión de ser cuna de papas de vieja estirpe y raigambre. Estos son motivos de orgullo simples que forjan una identidad nacional, y que suelen generar respeto en los países social y económicamente avanzados. A veces se utilizan como excusas para iniciar guerras interminables, generar odios latentes o promover conductas miserables. Hay personas que llevan adelante asuntos nimios como si fueran trascendentes o de ellos dependiera la vida de millones de seres humanos. El origen de la papa no puede suscitar ya, en plena globalización, apasionados discursos. El desarrollo de las técnicas de cultivo y tratamiento de suelos y semillas, y las intervenciones genéticas, contribuyeron a que pase al olvido la significación cultural, y hasta religiosa de la papa.

Más allá de los progresos científicos, los tamaños, colores y sabores de las diferentes especies de papa tienen tal diversidad que resulta complejo medir la calidad de una papa, lo que se complica aún más si se les agrega condimento.

A la hora de comer confiamos más en la sabiduría y arte de los campesinos cultivadores de papa que en las técnicas y recursos de los chefs más prestigiosos de Europa. En verdad, la cocina de elite no sólo es repugnante, sino insuficiente y avara desde una perspectiva nutricional.

La abundante cantidad de obesos que hay en Alemania y Estados Unidos se explica porque son sociedades angurrientas, compuestas por individuos que creen fervientemente en la figura del héroe-gordo que se comerá el mundo y, una vez henchido de grasa y tierra, intentará devorarse algún otro planeta. Ellos no esquivan a las papas, las prefieren fritas y saladas, bañadas en aceite y doradas. Cuando les dan papas de plástico no perciben la diferencia: las engullen sin pensar.

En los tiempos que corren no hay tarea más difícil que escribir sobre productos baratos o despreciados. La papa no llega a ser tan básica como el pan, y por eso no puede introducirse en la fórmula “contigo: pan y cebolla”. Quedaría desubicada, fría o insulsa. Pero ella tiene su veta sublime, no le importa que las carnes rojas y los pescados rosados la usen como a una puta desbocada.

Hay algunos cocineros que llegan a decir: “¿Papas? Es lo que sobra…”

Con esas actitudes se hunden la agricultura y la gastronomía dedicas a la papa a nivel mundial. El objetivo de mi escritura es que estas páginas sean un ejemplo y modelo de lo que implica la plantación del mayor tubérculo en plena era posmoderna; ir en sentido contrario de las vanguardias culturales y a la vez, abominar de las instituciones tradicionales y las constumbres conservadoras: significa defender la dignidad del trabajo campesino y la soberanía de los pueblos autóctonos, y que las ganancias de las cosechas se distribuyan en forma equitativa. Se trata de pretensiones que deberían haber sido realidades hace más de dos siglos.

Si las papas arden es porque no están bien cocinadas, o por haberlas sometido a fuegos demasiado intensos. Si tienen un gusano en su interior pueden saber deliciosas, porque el gusano escupe y exuda el gusto de la naturaleza.

¿Y quién sabe más que Dios en materia de sabores? Es recomendable entonces no otorgarle relevancia a los movimientos del gusano. Un atributo de la papa es que refleja casi a la perfección la distribución de clases que se da entre los hombres. En este sentido, se podrá hacer referencia al racismo de las papas, estando las negras, al igual que en el caso de los hombres, en los terrenos y mercados más baratos y menesterosos. A las papas negras las tildan de sucias y podridas, mientras las blancas son seleccionadas para la exportación, acariciadas por amas de casa viejas y gordas. Es por ello que existe una estética de la papa, sistemas de calificación que deciden qué especies conviene sembrar y cuáles dejar como alimento para las vacas o caballos. Es triste que unas papas, por pertenecer a una clase inferior, sean desechadas u olvidadas al momento de la cosecha.

Un tubérculo no puede sobrevivir mucho tiempo enterrado, y si se encoleriza puede provocar terremotos. Los indios, eximios agricultores, conocen esta verdad, y por eso tratan a la papa con deferencia. Saben que de ella puede depender su supervivencia. Los polacos, pueblo noble y con ciertos rasgos de salvajismo, también aprendieron a adorar a la papa hasta convertirse en uno de los principales productores a nivel mundial. Una cualidad valiosísima de la papa es que no necesita aparatos publicitarios y se rehúsa a formar parte de los planes de las grandes empresas multinacionales. La papa evoca la resistencia y la revolución social. Acompañará a los gloriosos hombres en la destrucción del orden vigente. Acompasados en plazas y calles asfaltadas, los revolucionarios llenarán sus cacerolas de papas frescas y picantes, blandas y calientes (jamás harán desastres como la ensalada rusa). Convidarán a todo aquel que se comprometa a cambiar su ser de una forma sideral, a quien se anime a amar a los pobres y desposeídos de la tierra, y una vez que tengan la panza llena, en vez de desacansar asaltarán los palacios legislativos y las casas presidenciales, los cuarteles y las comisarías.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *