Historia de Neanderthal

por Hugo Müller

    Sí, aunque sea difícil de creer hoy hay un hombre que se llama Neanderthal, con características y cualidades muy peculiares. Quien le puso su nombre fue su padre, un tozudo botellero y “juntador de latitas”, aficionado a las viejas enciclopedias desechadas por casas burguesas. El padre de Neanderthal era un hombre pícaro y simpático, que en una época donde proliferaban sistemas y alarmas de seguridad sofisticados, se animaba a tocar timbres y golpear puertas para pedir no sólo botellas y latas sino revistas y material de lectura por el que pudieran darle algunas monedas. En la calle era conocido por el sencillo apodo de “Botella”. Pocos vecinos sabían que el padre de Neanderthal se llamaba Wilson Barragán, y que en sus momentos de descanso se atrevía a leer las enciclopedias. “Dése una vueltita la semana que viene, que mi hijo aún no volvió de las vacaciones”, “Se me inundó el sótano y se arruinó todo lo que había guardado durante años, si quiere darle una revisada…”, “Ay, Botella, me vas a tener que perdonar pero ahora tengo que ir urgente a la peluquería”, eran algunas de las respuestas que recibía Wilson en su autodidacta formación.

En sus recorridas por los barrios de clase media Wilson conoció a su mujer, Tita, la madre de Neanderthal. Su verdadero nombre era Estefanía Pereira, y era una gordita de carácter ameno dispuesta a trabajar en cualquier oficio: vendedora en verdulerías, encargada de bajar y sacar la basura en edificios con muchos departamentos, cuidadora de bebés o discapacitados, estando ocupada en esas tareas la mayor parte de sus días. Al principio su vínculo con Botella se restringía a charlar acerca de la temperatura y las peripecias de ciertos personajes de la zona, le caía gracioso aquel hombre que arrastraba su carrito con parsimonia, con el rostro generalmente sonriente, y que en vez de gritar el clásico “botellero, botellero” declamaba “a las enciclopedias, señoras, a las enciclopedias”. Los otros cartoneros eran vulgares, con costumbres nocivas y estúpidas, se embriagaban y pedían monedas a los vecinos, molestaban a las mujeres lindas y arrancaban piezas o partes de automóviles. A Wilson lo seducían las actitudes desenvueltas de Tita, su falta de veleidades femeninas, su andar simple y corajudo. Ella ya tenía dos hijos, fruto de un amor con un carnicero violento. Estefanía había tenido malas experiencias con el sexo opuesto, convivencias infernales, relaciones enfermas. Todos le parecían neuróticos y psicópatas sexuales. Ciertamente ella no era una pinturita: había sido adicta durante años a disversas sustancias narcóticas y tóxicas: cocaína, tabaco, café, ansiolíticos de distinta marca, todo para aguantar sus faenas. Dependió en una época de sus parejas ocasionales, vagos sin ambiciones, seres postrados en la inacción. Su vida cambió cuando el carnicero le oprimió el cuello hasta dejarla sin respiración. Al verla desmayada la llevó a un hospital, la dejó en la guardia y se alejó de ella para siempre. Tardó un mes en recuperarse pero el haberse aproximado a la muerte la despejó y tomó conciencia de que la vida era una oportunidad única para plasmar los deseos del corazón. Abandonó todas sus adicciones y se abocó a conseguir su sustento por sí misma. Trabar amistad con Wilson fue fundamental para su recuperación: él la inspiraba y la apoyaba en todos sus proyectos.

-Si consigo la basura de las dos Torres Rosas hasta podré ir a Mar del Plata el año que viene con mis dos críos –le dijo a su amigo en uno de sus primeros encuentros.

-Perfecto, piba, y si aplico los conocimientos que voy juntando con las encicopedias que me regalan quizás pueda dar clases de historia y geografía, y tener alguna changa adicional en una escuela.

-¡Qué bárbaro, Botella, me encanta tu espíritu!

    Así se conocieron los padres de Neanderthal, poco a poco fue creciendo la amistad hasta transformarse en amor. Tital alquiló un departamento diminuto en uno de los edificios donde trabajaba y le propuso formar una familia.

-Yo no sé, Estefanía, soy un tipo muy complicado, no me gusta la joda como a la mayoría –fue la primera respuesta de Wilson.

-Pero si sos divino, no conocí a otro igual –insistió Tita.

-¿Y te vas a bancar mis berrinches? Mirá que yo a la hembra la quiero siempre dispuesta.

-Seguro.

Un beso largo y profundo certificó el acuerdo y a la semana siguiente Botella mudó su colchón, su carrito y sus enciclopedias a lo de Tita.

-¡Ay, ay, ay! –dijo Tita.

-Tomá, guacha –contestó Wilson.

Y así Neanderthal fue concebido.

    Durante el transcurso de la preñez los enamorados no se preguntaron por el nombre del vástago. Tita prosiguió con sus labores y Botella redobló sus esfuerzos por aportar más dinero y conseguir más enciclopedias. Peteco y Nadia, los hijos de Estefanía, se llevaron bien con su nuevo padre adoptivo, jugaban y conversaban mucho con él. Les gustaba su habilidad para manejar la chapa y materiales descartables, a la vez que se admiraban de sus conocimientos en distintas disciplinas científicas y asuntos de actualidad. Wilson era un tipo culto cotejado con cualquier portero o vagabundo del barrio.

En el departamento cabían muy pocos objetos y el espacio para guardar los enseres elementales era estrechísimo. Constaba sólo de dos ambientes, una cocina oscura y un baño que servía a la vez de lavadero y morada de un perro callejero, un cachorro negro y miserable. Una de las piezas, donde dormía la pareja, servía a la vez de sala de estar. Lo primero que sugirió Botella al ingresar al hogar fue deshacerse de la televisión y de un viejo equipo de música, que le resultaban superfluos.

-En su lugar podría ubicar fascículos valiosos, ceniceros y botellas con bebidas espirituosas para tomar en ocasiones especiales.

Los chicos rechazaron su propuesta.

-¿Estás loco? –dijo Peteco.

-Ni en pedo –dijo Nadia.

Tita trató de conciliar:

-Pero chicos, no sean cerrados. La tele es puro sensacionalismo y la música se recicla como las latas. Hay que cultivarse un poco también…

No hubo caso. Botella debió guardar los pesados paquetes en el carro y llevarlos de vuelta al depósito de la fábrica donde un botellero amigo, que era sereno ahí, le permitía acumular sus bártulos.

La panza de Estefanía creció rápidamente. Sus hijos la cuidaban y protegían, la acariciaban y hacían preguntas acerca del futuro de la familia, cómo se las iban a arreglar con el nuevo hermanito.

-Tendremos que acomodarnos hasta conseguir un lugar más grande.

Al final del embarazo Botella se desdobló para cumplir las tareas domésticas que Tita ya no podía hacer, y ahí demostró toda la bondad de su corazón, dándole un montón de cariño a sus hijos adoptivos. A ella la atacaron feroces contracciones mientras dormía. En ese instante Wilson estaba revisando la historia del hombre en una enciclopedia que había procurado en una biblioteca pública, y al oír sus gritos leyó el título de la Primera Sección: “Neanderthal”.

    La ambulancia demoró bastante en llegar. Peteco y Nadia sosegaban a su madre acariciándole la frente o dándole besitos en distintas partes del cuerpo. Botella les anunció:

-Ya tengo el nombre: Neanderthal o Neanderthala, ¿qué les parece?

-¿De dónde los sacaste? Suenan medio tétricos –dijo Nadia.

Por los dolores, Tita no podía hablar, su cara revelaba una angustia contenida.

-De un fascículo de la Historia del Hombre. Fue un hombre que existió antes que Adán, cuando sobrevivir era mucho más jodido.

Entonces Estefanía aprobó el nombre con su mirada, que destelló un cariño enorme. Peteco dio su parecer:

-Para el varón está bien, pero si es una nena, ¿no se van a burlar de ella en la escuela? Neanderthala se le puede poner a una mascota fea.

-Es verdad, pero creo que será un hombre, y Neanderthal inspirará admiración y respeto –replicó Wilson.

Por fin arribaron los enfermeros, colocaron a la parturienta en una camilla y salieron todos raudos hacia el hospital. El llanto sonó como el de un varón, y la alegría se propagó de un familiar a otro. Una íntima emoción vibró en las almas de Botella y los hijos de Tita se abrazaron hasta estrujarse los pechos. Los médicos salieron de la sala de partos con rostros fatigados.

-Todo fue normal. Ahora ella está un poco falopada y el bebé está chillando. ¿Quieren entrar?

-Por supuesto –respondieron los tres a la vez.

    Neanderthal tenía la cabecita violeta, cejas espesas y un pitito largo. Para aplacar su furia le dieron leche artificial y tibia en un biberón de plástico. Los niños volvieron a mimar a su madre. Agarraron al bebé y con mucha cautela le secaron las lágrimas con un paño esterilizado. Igualmente Tita los reprendía y les indicaba cómo tenían que sostener la cabeza o el culito. Neanderthal se mantenía boca arriba, en la posición de una fiera indefensa. Botella, ebrio de dicha, deambulaba por la habitación acomodando toallas y pañales. El hospital era pobre, tenía un olor a asepsia rancio, a detergente vencido.

El nacimiento de Neanderthal implicó también trámites administrativos ridículos en el registro civil que le hicieron perder a Wilson un día de trabajo. Las autoridades rechazaron el nombre que habían elegido y no lo querían anotar como nuevo ciudadano. Se sabe que Argentina es un país atrasado en varios aspectos esenciales, sobre todo en lo que hace a su desarrollo social y la distribución de la riqueza. La aceptación de un nombre por parte del estado es una cuestión trivial, aunque contemplada con ojos objetivos, debería reflejar la esencia democrática de una nación. Ya la sociedad es controlada con números de documento y huellas digitales, fotos satelitales e infiltraciones de espías del estado, ¿para qué regular el nombre de los individuos?

Hay corrientes de pensamiento que presentan argumentos sólidos: para reafirmar la pureza de una raza o de una nacionalidad, para contrarrestar los efectos nocivos de un consmopolitismo inconducente, evitar actos de soberbia, como llamarse Napoleón, Hitler o Bin Laden, e impedir el escarnio que pueden padecer los hijos de padres snobs, afectados y mentalmente alterados, que los pretenden anotar como Mariquita, Malculeao, Hipopotamus… ¿Hasta dónde puede, entonces, intervenir el estado en esta materia? Que Neanderthal sí, que Neanderthal no, Botella estuvo discutiendo toda una tarde. Juró que para él era un orgullo ponerle ese nombre a su hijo, reconoció que no era común, pero formaba parte de sus derechos y su libre albedrío declarado en la Constitución Nacional. La funcionaria de turno se negaba a entregarle el documento:

-Piense bien, señor Barragán, las consecuencias que puede traer esta ocurrencia. El hombre de Neanderthal era un bruto, un ser salvaje y sin sentimientos humanos, lo que sería hoy un barra brava. ¿No se da cuenta de que lo está estigmatizando de una manera horrible?

-Su visión es arbitraria y poco profunda, para mí Neanderthal representa la candidez y campechanía, la ingenuidad y el coraje que tanta falta hacen en el presente de la humanidad. Justamente Neanderthal será inmune a lo peor de la civilización actual, ajeno al consumismo y al interés por el dinero que guían la vida moderna.

Detrás de Wilson había una fila larga esperando que alguna de las partes cediera, con mucha impaciencia y dando voces de protesta. Las razones que brindaba Wilson dejaron atontada a la funcionaria, quien llamó telefónicamente a sus superiores para consultarlos sobre el caso. Tras un diálogo absurdo fue autorizada la inscripción del bebé bajo el nombre de Neanderthal Barragán.

La educación de Neanderthal


La filosofía de Neanderthal

   

El hígado mágico de Neanderthal



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