Crónicas cubanas

Crónicas cubanas

por Hugo Müller

Estoy paralizado en un mundo viejo, donde pueden suceder cosas hermosas y apreciarse personas y paisajes maravillosos. Sin embargo, cuando se recorren los lugares céntricos de La Habana es difícil cerrar los ojos y creer en la magia del socialismo o en la proyección del “hombre nuevo”, porque todo es prostitución y miseria, distintas clases de degradación humana fomentadas por un turismo tan inmundo como proxeneta. De cualquier modo, no se puede plantear que toda influencia exterior es nefasta. Es la misma isla, con la gran educación y alimentación que se le da al pueblo, se crían seres tan monstruosos como en la babilónica Miami, estafadores, pendencieros y lameculos. Sí es cierto que son una minoría, pero capaces de arruinar los momentos más armónicos o gloriosos de la Revolución. Son los “comemielda” que se apostan en recovecos para violar las leyes más sagradas del sistema (“no serás fraternal con tus prójimos sino que los combatirás, te burlarás de ellos e intentarás humillarlos” –ese es su credo-).

Los cubanos no son uniformes ni regulares, sus conductas son complejas y requieren un análisis individualizado (de ahí que falle la pretensión de compartirlo todo o de formar patriotas bucólicos bajo un sentimiento y una cosmovisión comunes). El tiempo obliga al cambio y el país está estancado. Ayer, en el siglo pasado nomás, era un prostíbulo o una colonia super-explotada por Estados Unidos. Cincuenta años después, la super-explotación llega por otras vías –asfixia económica y segregación política (coerción en la uniformidad de pensamiento). Entonces, si bien ostenta valiosos méritos en materia de salud, educación y tecnología, existen grandes diferencias entre las clases sociales, y muchos problemas derivados del cálculo de divisas. Es lento, muy lento, casi imperceptible, el proceso de cambio (si es que se está dando…).

Aquí escasea el papel higiénico, el pueblo tiene que limpiarse el culo con papel de diario o de cuadernos, o algún otro material similar descartable. Ocurren hechos raros o se aprecian escenas extraordinarias, en torno a la búsqueda y venta de verduras o productos básicos que se han tornado inasequibles. Al analizar esta situación, alguien pregunta hasta qué punto esto es atribuible al bloqueo económico. Nadie le responde, su duda queda flotando en la eternidad, y entretanto las elites gobernantes gozan de diversos privilegios sin mostrar el menor espíritu de sacrificio. Estos desbarajustes políticos y socioeconómicos son tristes hasta el patetismo, dan rabia e impotencia. En términos criollos, la gente vive apechugada, se vuelve rastrera cuando no entran en la desesperación. Hay cuestiones asumidas como normales que son injustas e inexplicables, no pueden tener ningún sustento ideológico o moral, ni siquiera invocando el carácter sagrado de la Revolución. Encima, cuando uno quiere escapar de la queja o el dramatismo se topa con negros o blancos muy necesitados, mal alimentados o prematuramente seniles.

Cuba es el país de los salarios bajos, al punto exremo de la ridiculez y el cinismo. Los desocupados ganan más que los trabajadores y superan incluso a los profesionales. Se relacionan para atraer y cazar turistas lerdos y tontos que depositan sus valiosas divisas (“fulas”) en sus manos. Por ejemplo, el mercado negro de tabaco podrido o de borrachos mueve miles de euros, sucediendo lo mismo con el ron y las artesanías cubanas. Si bien en estas esferas se trabaja con temor y cautela la clientela es variada y sabe dilapidar su dinero. En definitiva, la mayoría cuenta con salarios e ingresos que aquí son inimaginables, de 2.000 dólares para arriba.

Maravillas abortadas

 

Picadillo de carne cubana

 

Cita a ciegas en La Habana

 

Talento para la poesía cubana



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